La ley del monte

agosto 2nd, 2016

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Maneja su Malibú rojo del 79. Un cassette de Vicente Fernández va sonando en el reproductor. Un sol de mediodía forma en el interior del carro una niebla pegajosa y tibia que le hace desear una siesta en el asiento de atrás. Pero hay responsabilidades de las que uno no puede escapar. Conduce ahora recostando sus escuálidos antebrazos en el volante, para así poder quitar el papel de aluminio que esconde la mitad de una canilla rellena de jamón y mantequilla.

Se mira en el retrovisor para chequear que el efecto de la gelatina no se estuviese perdiendo con el sudor. Y no, su peinado hacia atrás se mantiene intacto. Se regala una sonrisa y descubre un pedazo de pan justo en el hueco donde se supone que uno de sus colmillos debería estar, así que se mete la uña larga del dedo meñique y luego le pasa la lengua para no perder nada de comida. Suena «La ley del monte». Le sube volumen y comienza a cantarla a todo pulmón, superponiéndose a la voz del cantante. Su codo es ahora una quilla que reposa asomada por la ventana y va cortando el viento con armonía.

Parece que esta calle le gusta, así que va bajando la marcha y comienza a orillar su carro con parsimonia. Le baja el volumen a la canción, pero de forma progresiva, no le gusta cuando el silencio invade de golpe su cabeza al apagar el carro. Saca los lentes de sol de la guantera y se pasa un pañuelo por la frente y el cuello. Se echa una última ojeada en el retrovisor, acaricia su bigote con delicadeza y se da una señal de aprobación.

Mueve a un lado el caucho de repuesto desinflado que tiene en la maleta y alcanza su caja de herramientas de plástico. La abre y va sacando, uno a uno, todos los destornilladores disponibles en ella, poniéndolos por orden de tamaño sobre un periódico lleno de grasa que sirve de alfombra. Tamborilea sus dedos en un costado oxidado de la carrocería, mientras evalúa cuál sería la decisión acertada. Se inclina por uno mediano, de estrías, con mango antirresbalante de franjas amarillas y negras que le vendría perfecto para mejorar el agarre con esas manos tan sudadas. Lo toma con firmeza, simula estar sacándole un tornillo al aire. Se lo mete en el bolsillo de atrás del pantalón y pone el resto de vuelta a la caja. Enciende un cigarrillo y se sienta en el capó del carro; si algo le ha enseñado la experiencia, es que ser paciente y saber leer el entorno es la clave para un trabajo impecable. Y a él le gustan las cosas bien hechas. Leer el resto de esta entrada »

Si Mozart suena

mayo 2nd, 2016

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Si Mozart suena, Christian está preso.

Largos muros se erigen ante los ojos de él, que miran impotentes desde el centro del patio. Con sus pies desnudos, Christian acepta que es otro día más de su desdichada vida en cautiverio. Ya no siente ansiedad, ya no se mueve; no busca, como solía hacer en el pasado, luchar y oponer resistencia a las paredes que se elevaban a su alrededor.

Una canción nace del cielo y es escuchada, pero a los pocos segundos es callada. La siguiente no es interrumpida. Pudiese decirse que esto le afecta más a Christian, sí, mucho más que el terrible hecho de estar preso. Se puede ver cómo sus labios se tuercen y sus manos van formando dos puños que tiemblan y encierran una ira desmedida y reprimida desde hace tiempo. Es como si alguna fuerza externa y misteriosa supiera que esa tonada hace más miserable la existencia y el castigo de él.

Y aparece su captor, asomándose desde allá arriba; lo mira, le sonríe, como si disfrutara en silencio y de forma enfermiza el ser el creador de todo ese sufrimiento ajeno llevado dignamente en silencio. Luego le permite varios sorbos de agua, tan solo buscando mantenerlo con vida el mayor tiempo posible. Christian lo agradece y pide más con impaciencia, mientras muchas gotas corren por su cuello y se pierden en la franela llena de mocos y saliva.  

Se la había regalado su padre, meses atrás, en una de tantas visitas a su celda. Sobre la tela blanca de algodón se mostraba la figura de un brillante y pulido carro rojo, sonriendo, con dientes perfectos y unos grandes ojos azules que irradiaban enorme felicidad. Una que no conocía Christian, por supuesto.

La misma mano que le dio agua ahora permitía la entrada de los guardias de turno. Una enorme esponja amarilla con zapatos negros lustrados era colocada en una esquina. Una sonrisa llena de gozo dejaba al descubierto sus dos únicos dientes, y de una forma obvia que no se podía disimular, el morbo y disfrute que su trabajo le proporcionaba. Esta persona se refirió a él llamándole Bob. Leer el resto de esta entrada »

Linchamiento de amor

abril 5th, 2016

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Lo más común es que se trabaje en equipo. Por lo general se trata de dos buenos amigos visionarios que emprenden el proyecto juntos. Se va a medias en todo, por supuesto. Los más desconfiados o tímidos optan por hacerlo solo. Pero solamente unos pocos tienen presente que estrechar lazos y mantener viva la llama del amor es fundamental. Y eso solo se hace compartiendo momentos; invirtiendo tiempo de calidad a tu pareja, pues.

Y a Mireya le encanta salir en la moto con su novio. Se siente tomada en cuenta, amada, cómplice, socia. Y a ver, si te dicen que además de estar al lado de la persona que amas, compartiendo y fortaleciendo la relación, te dijeran que vas a ganar buen dinero, ¿no lo harías? Por supuesto que lo harías, no hace falta ni que respondas.

Entonces a las nueve de la noche ya estaba activo el toque de queda en La Urbina. Bueno, desde hace dos horas, para ser exactos; a las siete de la noche, en punto, hasta las ratas se han recogido para dormir o compartir con su familia en las alcantarillas y bolsas de basura. Solo se atreven a salir los reyes de la calle, los príncipes en moto que están de pesca en sus botes de dos ruedas, esperando que algún pescadito ande en la calle confundido.

Y ellos dos venían remando juntos a toda velocidad desde Petare, viendo si la noche les tenía algún regalo. Entrando a La Urbina se percatan de un hombre que va en su carro a poca velocidad, con el vidrio abajo, discutiendo por celular con su esposa. Ese hombre es Jaime. Se quedó hasta tarde en la oficina porque a última hora el gerente general le pidió preparar unos reportes. Está arrecho. Leer el resto de esta entrada »

Tranquilo

marzo 20th, 2016

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Ya no quedaban más fichas en el pequeño saco verde. Augusto escondía sus manos temblorosas debajo de la mesa para evitar que Manuel, su hijo de catorce años, reparara en el hecho. Una foto de ellos sonrientes y abrazados era resguardada por un portarretratos en el centro de la biblioteca de caoba, la cual era testigo de otra agobiante partida en la sala de la casa. Por primera vez, en más de dos años que llevan jugando Scrabble, lograba tener una clara ventaja de 51 puntos. Le quedaban solo cuatro fichas en el atril, y ya tenía pensada su siguiente palabra. Se obliga a controlar su respiración, al tiempo que intenta disimular la sonrisa que se le va formando y las ganas terribles de soltar una carcajada de burla y celebración, como esas que tanto llegó a disfrutar de joven cuando jugaba dominó con sus amigos.

Su hijo paseó el dedo índice sobre el borde de sus fichas, haciéndolas sonar con sutileza, pero con intención. Esto distrajo a Augusto y lo sacó de su debate interno sobre cuáles chistes humillantes lanzaría finalmente, haciendo que sus miradas se encontraran y chocaran, y no le gustaba en lo absoluto el brillo que veía nacer en los ojos de él.

Manuel comenzó a vaciar su atril, abandonando sus fichas, una a una, al lado de un artículo neutro que fue dejado en rondas anteriores. «Tranquilo», era la palabra formada en la parte inferior del tablero. Y una voz adolescente que dejaba escapar un agudo rompió el silencio ante los ojos saltones de su padre:

Bueno…, a ver, papá… Aquí tendría uno, dos, tres, cuatro…, más cinco serían nueve, más uno, dos, tres, cuatro…, pues serían trece. Pero… aquí abajo tengo este triple tanto de palabra —explicaba Manuel, mientras desplazaba la ficha y dejaba leer la casilla premiada—, así que, trece por tres serían 39 puntos; y, como ya sabes, por haber usado todas mis siete letras me gano el bono de 50 puntos… Lo que quiere decir que he hecho 89 puntos… ¡y que has perdido de nuevo, viejito! —dijo mofándose. Leer el resto de esta entrada »

Grados de indignación

marzo 7th, 2016

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La policía ha capturado al violador de una chica de treinta años. Caminaba en leggins, sin ropa interior, y estaba muy rica. Lo atrapan porque los indigentes que lo miraban violarla bajo el puente, una vez terminaron de masturbarse, cayeron en cuenta de que estaba mal lo que disfrutaron minutos atrás y salieron a pedir ayuda.

Lo trasladan al Internado Judicial de Carúpano, pero horas antes una llamada les había informado de quién se trataba. El director trancó la llamada y asintió al guardia que estaba en su despacho sudando la borrachera de la noche anterior. Cinco minutos después el guardia pidió perdón por interrumpir la película que veía el pran, para luego entregar el importante recado.

Y el boca a boca hizo su trabajo, así que todos se comenzaron a preparar la punta del taco para no quedar mal ante sus compañeros. En tan solo horas la fiesta estaba prendida y largas colas se hacían para sodomizar al nuevo recluso. Cada uno espera por ser juez sin título y llenarse el mazo de sangre para castigarlo como bien se merece. Luego le meten un desodorante por el ano y lo obligan a dejárselo mientras camina por el recinto. Es imperdonable una violación, esto es bien sabido, es cultura popular.

Como malandro puedes tener un prontuario policial de cincuenta homicidios, pero eso no te hace una mala persona frente a tus compañeros. No, para nada. Eres una rata, pero no un mal sujeto, pues. Tomar la vida de alguien no está mal, siempre y cuando le respetes sus orificios. ¿Le perdonaste la vida pero la violaste? Pues te equivocaste, reventarán tu ano con cogidas interminables y luego le meterán un desodorante de bolita.

Y me parecen curiosos todos estos códigos morales implícitos. El que fue privado de libertad, por quitarle la vida a alguien, decide que no estuvo bien lo que hizo otro que está siendo encarcelado y sentencia que hay que castigarlo. No puede con tanta indignación y asco.   Leer el resto de esta entrada »

No todos te salvarán

febrero 14th, 2016

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Porque una cosa es ser devota; otra, muy diferente y penosa, ser pendeja.

Entonces veo cómo muchas personas se encaprichan con santos equivocados o representaciones inútiles de nuestra Virgen María. Sí, lo sé, son palabras duras y más de una amiga dejaría de hablarme si leyera esto. ¿Acaso creen que no tengo miedo escribiendo esto? Pero las cosas como son; además, considero que puedo aportar mi grano de arena en evitar fatalidades por veneraciones inservibles.

Seguro que ya me andan señalando y tildando de satánica o atea. ¡Pues déjenme decirles que jamás sería seducida por el diablo o ninguna basura científica de depravados que dudan de la palabra de nuestro Señor! Es más, allá afuera hay una cuerda de ateos ignorantes sueltos que nos tildan de arrogantes y ciegos. Una vez escuché a uno diciendo que cada persona religiosa se siente exclusiva e intocable gracias a su Dios personal, y que si yo veo a cinco católicos rodeados de tragedias y fatalidades, yo me sentiría lejana a todo eso, teniendo la certeza de que mi Dios no me abandonaría como hizo con ellos.

Y todo eso es basura, por supuesto. Ojo, yo sé que a millones de creyentes y sinceros feligreses les ocurren cosas malas, eso yo lo sé. La cosa es que los motivos yo los tengo claro. Y no me siento intocable por arrogancia o ceguera, me siento así porque sé que hago las cosas como debo hacerlas, y que no caigo en tontos errores comunes en los que el resto cae.

Yo me autodenominaría «católica pragmática». Es decir, creo con infinito fervor en nuestro Señor Jesucristo, la Virgen María y algunos santos; sin embargo, en mis sesenta años de vida he notado cómo la adoración no debe ser realizada sin fundamento, de mala gana o con pichirrez, ya que romperías el vínculo, la comunicación efectiva, las buenas relaciones y la protección que habías ganado con cualquiera de ellos. Es peligroso. Yo lo veo como jugar a la güija (que jamás la he jugado, por supuesto) y dejar un portal abierto con algún demonio que luego te hará oír voces y poseerá tu cuerpo para hacerte matar personas. Pruebas de esto y películas hay de sobra, no son inventos míos.

Por ejemplo, Martica, mi vecina. Tú entras a su casa y ves la mesa central de la sala forrada de estatuillas de San Judas Tadeo y el Divino Niño. Sí, dice que le encantan desde chiquita. ¿Pero cómo es la pintura que cubre esas figuras? Pues un asco, y me disculpan la sinceridad. Se ve que son baratijas compradas en alguna visita de vacaciones que hizo al pueblito de algún monte venezolano; la pintura fuera del área, gotitas de un color que se secaron corridas encima de otro color. Un desastre, pues, ya deben imaginarse la cosa. Y luego vas a su cuarto: una peinadora bien bonita, su camita arreglada con un cubrecama blanco que ella misma cosió. Sigues paseando la vista por la cama y justo arriba de la cabecera ves a nuestro Jesús en la cruz. ¿Y cuál es el problema?, me dirán ustedes. Pues bueno, que no es ni siquiera de madera la bendita cruz. Una vez le dije que me prestara el baño y fui rapidito a su cuarto, cargué la cruz y eso no pesaba es nada, eso parecía cartón. Leer el resto de esta entrada »

La felicidad te mata

enero 25th, 2016

Y entonces nos encontramos en plena sobremesa, tomándonos un café y hablando de trivialidades de nuestras vidas. Y mientras la escucho, tengo mi mano acariciando su nuca, con su cabello reposando en el dorso de mi mano. En cada sorbo que ella da, acudo con rapidez a quitarle con un beso la espuma restante del capuchino en sus labios. Ella ríe cada vez que lo hago y sus ojos brillan y me muestran su mejor cara. Esa donde se ponen de acuerdo su cabello, sus labios, sus ojos; esa en la que la inclinación de la cara es la ideal y todo ocurre con armonía en el mismo segundo. Como si ella lo supiese, como si ella lo hubiese practicado por días frente a un espejo y sabe cuándo debe hacer que todo eso ocurra.

Cinco minutos después le digo al oído que quiero que nos vayamos a casa para hacer el amor. Luego le paso la lengua por la oreja y finalizo con un suave mordisco al lóbulo. Pago la cuenta, y estoy tan contento que decido dejarle propina al mesonero. Él me sonríe y se queda viendo con admiración. O puede ser algo de envidia. Pero no porque desee tener mi vida o mi novia: quiere es mi felicidad.

Y no puedo ayudarlo, la verdad es que no hay secreto. Muchos te dirán que sí, y buscarán venderte libros y te recomendarán frases para que te repitas mientras te enjabonas; otros, te mandarán enlaces con charlas de Ted para que te sientas motivado y le encuentres algo de sentido a la vida. Pero no es así de fácil.

Y nos montamos en el carro, entre risas y algunas metidas de mano. Ella sigue dándome de la magia que ocurre en su cara, y aquí es cuando mi sueño se convierte en pesadilla:

Estamos parados en un semáforo, esperando nuestra luz para atravesar la oscuridad y llegar a casa. De pronto aparecen dos motos a nuestros costados, golpeando con la cacha de una pistola el vidrio de mi lado. Yo bajo el vidrio y les digo que se lleven el celular, pero los parrilleros lo que quieren es montarse con nosotros en el carro y hacernos compañía en nuestra velada. La escena siguiente es que nos tienen en el asiento de atrás, con un cable de red abrazando nuestras manos y piernas. Inmovilizado, solo veo la cara de ella y siento una profunda tristeza. Ella llora y sospecha que estamos jodidos. Y lo estamos, en el sueño nos matan al rato porque llaman a nuestras familias y no se logra reunir ni el 5% de lo que exigen. Leer el resto de esta entrada »

Solo quiero gritar su nombre

diciembre 5th, 2015

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Me perseguía. Era como una pesadez en el pecho que me obligaba a no quedarme quieta. Entonces movía la cabeza de un lado a otro, como esquivando algo que se dirigía hacia mí y no terminaba de llegarme a la cara. Las manos me comenzaban a sudar. Era un sudor muy frío. Yo me las secaba pasándolas por el pecho y, haciendo un esfuerzo por actuar de manera natural, me aseguraba de sentir todavía el bulto del celular.

Me lo había traído Samuel, mi muchacho, mi hijo adorado, en la última visita que me había hecho seis meses atrás. «Es inteligente, mamá, de última generación. Te enseñaré a usarlo para que podamos hablar todas las noches por Skype», me dijo, mientras me daba un beso en la frente y se reía al verme volteando el teléfono para investigar en dónde tenía las teclas ese aparato tan grande.  

Y aprendí que estos teléfonos no las tienen; o al menos no como botones. A los tres días Samuel se metió al baño y me mandó a ir a mi cuarto con el teléfono en la mano. El rostro de mi hijo apareció en la mitad de la pantalla, acompañado por un gracioso sonido. Comencé a hablarle pero la música no se callaba y no podía oír nada del otro lado. Entonces Samuel entró y me explicó cómo debía desplazar el dedo en la pantalla para escucharlo. Al tercer intento lo logré. No solo podía oír a mi hijo: lo podía ver; él estaba ahí, al lado de los adornos del baño de la casa. Recuerdo que corrí a abrazarlo mientras gritaba su nombre por todo el pasillo.

—Cuídalo mucho, mami, y mosca con dejarlo por ahí tirado, que esta vaina vale aquí como treinta salarios mínimos —me dijo mi niño al oído, mientras me abrazaba, justo antes de montarse en el taxi para irse a Maiquetía a tomar su vuelo.

Treinta salarios mínimos…, ¿ustedes saben lo que es eso? Yo no entiendo cómo se llegó a esa locura en el país, en serio que no. Y mi Samuel me daba ese bendito aparato…, ¡qué nervios, Dios santo querido!

Mi Ramón, que Dios me lo tenga en la gloria, antes de venir a la cama siempre pegaba la llave detrás de la puerta y la giraba para dejarla descansar a lo horizontal; decía que de esa manera no podrían tumbarla al meter del otro lado alguna herramienta o llave maestra si intentaban meterse a la casa. Nos encantaba estar en casa, nos sentíamos protegidos. Y pues eso hacía. Ya encerrada y viendo que estaba sola en nuestro pequeño hogar, sacaba el celular de mi sostén. Leer el resto de esta entrada »

La vida no es así de fácil

octubre 31st, 2015

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Raúl estaba en lo cierto: el patio del salón de fiesta era un charco de sangre en el que se confundían las prendas de Daniela y sus órganos blandos. La vaina era un completo desastre, y el calor de mierda de ese mediodía lo hacía aún más desagradable.

Él sabía de mi historia con ella, así que en el mensaje me advirtió que ni por el carajo fuese a asomar mi cabeza por ese lado de la cuadra, ya que todas las amigas de ella estaban conglomeradas en la puerta del edificio y ya mi nombre había sido traído a colación.

Y no es mi culpa, en serio.

Aquella noche nos estábamos colando en una fiesta en La Urbina. Yo me encontraba un tanto borracho y, apenas entré, un rostro que nunca había visto me agarró del brazo y me dijo que pasaría la noche bailando conmigo. Peor borrachera debió haber sido la de ella, de tan solo pensar que yo era capaz de bailar más de dos canciones seguidas.

Ella no lucía nada mal. De hecho, algo extraño ocurría en mí y mi cabeza se estaba moviendo al ritmo del merengue. Sonaba «25 horas», de Proyecto Uno, y sentía una necesidad vergonzosa de bailarla. Apenas cruzamos la entrada del salón de fiesta la tomé de la mano y nos perdimos entre la multitud maloliente y vaporosa.

Por fortuna, bailo mejor borracho que sobrio; así que, aferrándome a esa delicada cintura, iba repasando y sacando del baúl mis mejores vueltas y habilidades en el tema del baile, las cuales son bastante pobres.

Daniela se mareó, supuestamente, en una de tantas vueltas que dimos, así que me dijo que iría un momento al baño.

—Eso es paja, marico, es una punta que te está lanzando para que la alcances en el baño —dijo Raúl mientras se servía más ron en el vaso de plástico y un ojo se le iba para un costado.

—¿Tú dices, bicho? —pregunté, para luego tantear las caras del resto de mi grupo y sacar conclusiones.

Solamente un borracho se atrevería a seguir los consejos de otros borrachos. Así que, saqué una tarjeta de teléfono de la cartera para abrir esa puerta y, abriéndome paso entre la multitud sudada, me dirigí al baño donde ella, según mis panas, me esperaba con su cabeza y brazos recostados en la tapa de la poceta, y sus nalgas abiertas, felices, dándome la bienvenida y aplaudiendo para que las tomara. Leer el resto de esta entrada »

Entrevista 5to concurso colectivo panfletonegro

agosto 3rd, 2015
¿Por qué te gusta escribir? ¿Qué significa para ti?

Intentaré explicarlo lo mejor posible. Escribir para mí es una suerte de escape donde logro sacar todas las ideas, nombres, personas, lugares, sentimientos y pensamientos que andan como en un remolino aglutinados en mi cabeza. Si no los saco, así sea en simples notas en una hoja, es algo que queda manifestándose en mi cabeza por días, semanas, meses.

El proceso comienza luego cuando reviso el morral y mis bolsillos y encuentro decenas de éstas y, dependiendo de la etapa que esté viviendo y mi estado de ánimo, suelo conectarme con alguna y sentir una motivación inagotable por desarrollarla. A veces me encapricho demasiado con una de esas ideas, así no le vea forma o sentido alguno al comenzarla. Por ejemplo, “Ella está divina” fue uno de esos casos. Venía en el avión de regreso a Londres (andaba de vacaciones visitando a mi familia en Venezuela), y no dejaba de pensar en los personajes y en todos los giros que requería para llegar al final que ya tenía en mente. A eso entonces le añades la etapa que atravesaba de mi separación, y pues el resultado es una obsesión por un argumento, y un duelo y una catarsis que duraron más de dos meses.

Y es por ello que siempre se lee ficción “entre comillas”; porque jamás la hay en su totalidad. Nada está en el papel por casualidad. En cada personaje y situación encontrarás rasgos y manchas del autor. Si lees minuciosamente podrás descubrir migajas de sus creencias, temores, pasiones, miserias, aversiones, valores, cualidades. Qué tiene en su vida, qué anhela; lo que quiere ser como persona y, por supuesto, en qué jamás quisiera convertirse. Y me encanta eso.

Así pues, para mí escribir es un escape, un desahogo y un gran registro encriptado de mi vida. Nadie puede leer y entender de la misma manera cada línea colocada ahí. Cada guiño, cada simbolismo soltado adrede para representar lo que pienso, lo que vivo y siento. Así que no siempre depende de cuán cercano al autor seas, sino cuán hábil eres leyendo y uniendo todas las piezas quebradas que ha dejado el autor.

¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad autobiográfica hay en tu texto?

Me ha causado gracia que algunos seguidores, y hasta conocidos, me han escrito preguntando si lo narrado es realidad. Es decir, que decidí públicamente reconocer y compartir al detalle el cómo me convertí en tremendo malandro y levanté todo un imperio en Reino Unido. Decidí ahorcar a la gallina de los huevos de oro, pues.
Cosa diferente es lo que planteas, ya que das por sentado que sí existe ficción y realidad. Detectaste fácilmente que conviven ambos. Y si te pidiera que me dijeras un elemento claro de ficción del texto, estoy seguro de que me responderás: no estás robando ni jodiendo a nadie en Londres.

Un problema al que diariamente nos enfrentamos como humanidad es la incapacidad de su mayoría para detectar sarcasmo. Ahora bien, necesito compartir contigo el siguiente enlace, lee los comentarios y ahí comprenderás la magnitud de un nuevo problema más serio: personas que leen relatos de ficción y asumen que todo lo planteado es realidad.

Link donde me lanzan piedras por ser malandro en Londres.

No voy a hacer una lista diferenciando qué es ficción y qué es realidad, ya que se le quita diversión e imaginación al lector; solamente diré que jamás robaría o haría daño a una persona inocente, así eso significara quedar viviendo en la calle. Leer el resto de esta entrada »