El otro día fui un héroe anónimo…
El jueves estuve caminando solo por el C.C. Sambil. Era un paseo de compras variadas, inmerso en mis pensamientos con el respectivo Ipod de compañía incondicional. Caminando en uno de estos pasillos, me pasa corriendo a gran velocidad de frente un niño como de unos seis años, confundido y viendo para todos lados con desesperación. Me volteo para ver como se pierde entre la gente, infiriendo que está perdido al ver su cara de miedo. Sigo mi camino, pero al cabo de unos dos minutos el mismo niño me pasa corriendo al lado en dirección a la que yo iba caminando, esta vez ya preparado y sin pensarlo dos veces lo agarré por la franela deteniéndolo por completo, y enseguida lo abordo con un “epa epa, ven acá, ¿qué ocurre, te perdiste?”, el niño mirando para todos lados y con la misma adrenalina de antes me responde “sí, me perdí y no encuentro a mi mamá y mis hermanas”, dicho esto comienza a llorar un poco.
Como si de un hijo que aún no tengo se tratase, y peor aún, como si fuese a entender lo que digo, me agacho y hablándole calmadamente le digo que se tranquilice, que nunca con ansiedad y dispersión podrá pensar claramente. Le pregunto en qué parte estaba la última vez con su familia y me señala que el pasillo de al frente, así que dándole ánimos le digo que estámos en la dirección equivocada, me levanto y tomándolo de la mano le digo que vayamos a buscarlos.
Así será la “contaminación” que uno va sufriendo en el pensamiento a medida que va creciendo, que justo en esa escena, caminando agarrado de la mano con un niño, pienso por segundos que ni de vaina el cerebro mío colocado en el cuerpo de ese niño hubiese aceptado jamás que me agarrara de la mano un extraño caminando con rumbo desconocido; supongo que eso es lo divertido y lo mágico de ser niño, la no privación de las acciones por pensamientos ridículos; estás limpio, eres un disco duro recién formateado, ya tus padres y la sociedad irán preparándote para que seas el nuevo neurótico del mañana, pero, por los momentos te mantienes inocente, puro, y dispuesto a confiar en el otro sin cuestionar, sin juzgar, sin orgullos pendejos de que alguien te ayude o te tienda la mano.
Mientras caminábamos le digo que se concentre y me diga qué fue lo último que hablaban sus familiares antes de que él se diera cuenta que ya estaba solo en medio del río de gente. Entre tanta dispersión y miedo que el niño pudiese tener, me impresionó que contestara mi pregunta con algo conciso y muy seguro: “mis hermanas tenían ganas de orinar”.Ya con esa respuesta, acelero el paso y voy dándole empujoncitos con la mano al niño animándolo y le digo que antes de avisar a algún vigilante del Sambil haremos una prueba.
Llegando al pasillo de los baños le digo que por su edad él goza de “inmunidad diplomática”, que no lo podía acompañar, pero que lo esperaría afuera, así que indicándole cuál era el baño de mujeres le dije que entrara y gritara el nombre de su mamá. Grata satisfacción sentí cuando al cabo de unos cuarenta segundos, el niño salió contento, diciendo que ahí estaban todas en el baño; le dije sonriendo “perfecto, amigo, vaya a lavarse la cara entonces y no se separe de la manada”, y procedí a retirarme sin esperar a ver a todos reunidos. Sólo recuerdo que volteé antes de reincorporarme al río de gente y vi salir a sus familiares, que se detuvieron a esperar al niño enfrente del baño de hombres. Posiblemente ni la mamá se enteró que el niño estuvo perdido por unos minutos, ni que le ahorré algunas lágrimas a ella y sus familiares, pero bien, el agradecimiento no era la esencia de ese momento, por eso decidí retirarme y no conocer ni hablar con su representante. Ya con ser el responsable de transformar el llanto y desesperación del niño, en alegría, me bastaba, eso era lo que debía reforzarme; ésa era mi recompenza, y así fue.
Etiquetas: a veces tambien soy heroe, heroe anonimo, no soy tan mierda, rescate en el sambil de un niño perdido

