Manuel y yo organizábamos fiestas falsas

Transcurrían los años noventa, mi pana Manuel y yo cursábamos bachillerato en el colegio San Agustín. Una época de abandono; toda mi vida se resumía a los videojuegos, las pornos, dormir y buscarle a todo un chiste. Asistir a clases era como cumplir sólo un protocolo, porque la verdad, es que mi cerebro entraba en piloto automático en horas de clase.  Esa rutina, donde la desidia era la gran compañera de mi vida, duró solamente dos años. Luego en otro post explicaré esos detalles.

Manuel era un poco más centrado, él cumplía con sus tareas, intentaba prestar atención y era más formal; el peo es que como siempre ocurre en la juventud, nunca falta un amigo parásito que te arrastra a la vagancia y al mundo donde no hay responsabilidades ni preocupaciones. Yo era ese amigo parásito. Recuerdo el asunto  como si fuese ayer; en los recreos, entre toda esa flojera, dispersión, gentío y distracciones, Manuel y yo podíamos estar echando vaina, pero ya desde esa edad perfilábamos la capacidad de observación y crítica que en el futuro desarrollaríamos.

Sentados en el recreo, comiendo las respectivas arepas frías de nuestras madres, con un par de maltas calientes y batidas del morral, ahí estábamos nosotros, observando a los diferentes personajes que siempre existen en los colegios. No podíamos aún precisar o analizar en esa época por qué nos causaba un poco de aversión, lástima y risa la conducta de los compañeros nuestros que serían los paviperros del mañana, o sea, los de hoy. Ellos eran los malotes, los que ya a los 12 años habían probado un cigarrillo, jugado a la botellita con “latas y piquitos” y podían comprar bebidas alcohólicas al salir. Debo reconocer, que los cerebros de uno aún eran muy jojoticos, y, que en momentos de confusión, podíamos llegar a querer ser uno de ellos, o al menos tratar de encajar en esos grupos; llámenlo curiosidad adolescente, averiguar por qué coño las carajitas tenían sus primeras mojadas siempre con una piltrafa de éstas con vicios y cara de culo todo el día.

Lo importante es que siempre triunfó ese cerebro crudo, no caímos en vicios ni estupideces por aceptación de grupos o por querer llegarle a una chama; por el contrario, creábamos proyectos para joder un poco la paciencia de los demás y sabotear un poco la dinámica de la sociedad y por supuesto, de nuestra escuela.

Un proyecto que recuerdo con cariño es el organizar fiestas falsas. Redactábamos en la computadora una convocatoria a una fiesta, ofrecíamos barra libre, descuentos a mujeres, minitecas de moda, seguridad y mucha diversión. De todo eso, salía una suerte de flyer, con poco color, pero con mucho contenido y suficientes palabras claves para seducir a decenas de idiotas. Los llevábamos escondidos al día siguiente en el morral y los comenzábamos a pegar en las paredes sin que nos vieran, los dejábamos tirados intencionalmente en escaleras y pupitres. Luego, reunidos en los recreos , haciéndonos los pendejos comentábamos a los demás, “¿verga, pillaron que hay unos  volantes por ahí de una rumba, van pendiente?” De esta manera sondeábamos si todos estaban enterados y con ánimos de asistir. Para satisfacción nuestra, todos estaban al tanto y con mucha emoción cuadrando para ir. Esa logística la desarrollábamos como por unos 4 días, para asegurarnos de que corriera muy bien la voz y la “fiesta” fuese un éxito total en asistencia.

Al cabo de esa semana de “trabajo”, llegaba finalmente el día viernes, el día de recoger los frutos, de buscar el regalo debajo del arbolito, de ver cuántos güevones salían de sus casas perfumados para asistir a nuestra “fiesta”. Nos manteníamos en comunicación desde nuestras casas,  invadidos con una risa macabra llena de ansiedad, esperando el momento de la cita. Ya a las 9 PM era el momento de  inspeccionar camuflados la locación de nuestra gran rumba. Lo demás ya lo deben imaginar, y así ocurría. Carros parados dejando a sus hijos, gente afuera zamureando el edificio, esperando que milagrosamente se prendieran las luces y sonara alguna canción de “Los Ilegales” o “Proyecto Uno”. Los más desesperados tocaban el intercomunicador al conserje, pedían con volante en mano explicaciones del evento y el porqué del retraso.

Por nuestra parte, Manuel y yo sólo reíamos soltando lágrimas, ahogados de risa entre la penumbra, felicitándonos mutuamente por otro proyecto impecable, que ya iba mostrando el panorama que se avecinaba de nuestras peculiares personalidades.

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  • Verg!

    Nombres. Suelta nombres y detalles!

    Ze

  • qué vaina tan buena! o sea en realidad no es “buena” pero sí divertida… pobre de quienes cayeron..
    yo lo que organizaba eran clubs de juegos, donde los niños me pagaban por jugar con SUS juguetes xD

  • Irina

    JAJAJAJAJAJAJ !! Un plan del cual los creo demasiado capaces, y mas! ajajajajajaja desde pequeños ya con esa mentecita vale! jajajaja Excelente gab!

  • dorangel

    Las palabras sobran ante semejante fechoria juvenil. Tan solo recordar el momento traigo imagenes de empanadas de cafetin, zapatos Airwalk, carajitas con pantalones apretados, morrales con chapitas de anarquia-maticas de marihuana, fuchi-ball, entre otros. Lo más importante no creo que sean las victimas (Ni que seamos PTJ o cuerpo de investigaciones policiales), sino lo que significaba aquella trampa maestra para capturar y hacer fuerte crítica indirecta a todas esas manifestaciones que nos inundaban en la adolescencia y de las que nosotros mismos fuimos protagonistas, tales eran: hormonas palpitantes, sebo en el rostro, testiculos hinchados por leche acumulada, busqueda de reconocimiento, aceptación, pertenencia, respeto, Pamela Anderson en Diskette de 3 1/4, fiestas de quince años, Alcohol, cigarros, ropa de marca, zarcillos, minitecas (The coco´s / The Layer´s). Agradezco por haber pasado esa epoca y no haberme quedado pegado.

  • Ariana Malpica

    jajajajajajajajaja me gustó este post!!! Que ratas, si así eran de adolescentes cmo serán ahorita. Cmo me hubiera gustado hacerle eso a los paviperros y las futuras madres (en aquel entonces) que ‘estudiaban’ conmigo en el liceo.