La otra noche soñé con una tuki…
Yo me aferraba firmemente a su estrecha cintura, nunca me han gustado las motos. Estoy seguro que se trataba de una “Bera” o “Empire“, era de color roja. La locación que adornaba mi estado onírico era La Guaira; recuerdo que su cabello me molestaba en los ojos: eran unas greñas maltratadas, pintadas de amarillo chillón, y en su núcleo despedía un dulce y empalagoso olor a gelatina “Rolda” que taponaba mi nariz; la gran velocidad a la que conducía mi compañera, alborotaba a este intento de cabello seductor, golpeando mi rostro, sin permitir que detallase con minuciosidad la situación a la que era sometido, sin embargo, en ocasiones recuerdo que podía observar la playa desde la montaña que aún bajábamos.
El sueño no era desagradable, al fin y al cabo, estaba rumbo a la playa, con una mujer conduciendo, y yo, agarrando y hundiendo mis dedos en su delgada cintura sudada por la humedad, más específicamente en los “posapulgares” reposaban. Debo confesarles que en ese momento, en pleno viaje, ya tenía intentonas de erección, por lo que con disimulo me echaba un poco para atrás, recuerden, apenas la estaba conociendo de espalda, uno nunca sabe si se trata de un espécimen “güevocontirro”, así que preferí no alborotar a la nutria antes de tiempo.
La moto de repente disminuyó su velocidad, mi nueva amiga orilló la moto a la derecha: estábamos en una licorería de La Guaira. Apenas me bajé de la moto, yo mismo en pleno sueño me dije “bicho, muévela y píllale la cara a ver qué tal está la loca esta“. Ella se bajó con calma y seguridad, tenía el casco de la moto en el codo (así lo usan los moto-taxistas de mi país, por lo que ese detalle me pareció absolutamente trivial y común). Se trataba de una jovencita mulata, bastante delgada; cargaba unas botas peludas, como las que usan en invierno. Llevaba puesto un short de jean ajustado, era color rojo y bastante corto, es más, se notaba que ella misma lo picó con tijera. La chama arriba cargaba la parte superior del bikini solamente, era blanco y estaba manchado de tierra (supongo que la levantada por los vehículos), también tenía manchas negras de grasa (imagino que antes de bajar le hizo servicio ella misma a la moto).
La chama no era fea del todo, sin embargo me daba miedo la forma en que hablaba. Con un “bueno, catire, ¿te vas a quedal buceando?, mueve ese culo pa’ comprarnos una cañita” me hizo reaccionar. Mi desaliñada amiga agarró dos botellas de anís, una de jugo de naranja, dos cajetillas de cigarrillo y un bronceador natural a base de zanahoria. Nos incorporamos nuevamente a la moto, no me dejó llevar las bolsas, ella las puso sobre el manubrio, señalándome “tú no tienes fuerza, sifrinito, deja, que yo me apodero de la culda aquí”.
El sueño en este momento dio un salto rápido, de repente aparecí en una habitación de motel playero, se oían las olas reventar, podía sentir la brisa húmeda y cargada de salitre. Estaba de pie, al frente de una cama sin sábanas, las botellas de anís yacían tiradas y vacías en la cama. Me veo en el espejo colocado al frente de la cama: me percato que estoy completamente desnudo. Sentía muy real el sueño, mi olfato capturaba también un hedor a cigarrillo. Repentinamente me tocan la espalda, al voltear está mi amiga tuki, con los senos reposando libremente; tenía cada pezón perforado por un arete dorado. Eran pezones erectos, instalados en el mero centro de un par de areolas 3/4, de esas que conquistan y se apoderan de una gran extensión del terreno de los senos, al legendario estilo de la mujer indígena.
Teniéndola de frente, desnuda, pude detallar manchas blancas causadas por hongo de playa, resaltaban bastante en su piel oscura. También le acompañaban marcas de costras arrancadas por picadas de zancudos; el asunto me comenzaba a dar asco, sin embargo, debo confesar que, en el sueño y en la realidad, estaba siendo víctima de una erección de madrugada: la conocida y poderosa “guaya e’ teleférico”. La tuki estaba borracha completamente, echó un último sorbo de un vaso de plástico que contenía la desagradable bebida y procedió a botarlo al piso, mientras se dejaba caer en la cama con los brazos abiertos, expresando libertad, aterrizando de nalgas sobre el sucio colchón sin sábanas. Ya echada boca arriba, con los ojos cerrados, únicamente se limitó a flexionar levemente sus piernas, al mismo tiempo que las abría, exponiendo a plenitud una agresiva cavidad morada, brillante, con acuosidad babeante deslizándose en el tobogán de su entrepierna. “Ven, papi, hazme el amol, mételo”, era lo que repetidas veces salía de su maleducada boca.
Me dirijo al colchón, decidido sólidamente a fijar ambos cuerpos, observando con algo de repugnancia a mi desnutrida mulata, pero a la vez podía ver en el sueño esa mirada mía, ésa que delata deseo, ansiedad y malicia: un tigre que observa con sigilo a la cebra que atacará en breves segundos de un sólo salto. Me arrodillo en la cama, justo entre sus piernas, a la altura de sus pies, que muestran uñas largas que podían rasguñar el piso si camina con sandalias, un águila en un colchón, un gavilán borracho sin plumas esperando una penetración. Extrañamente me inclino cual monje, dirigiendo mi boca a su sombrío nido; acoto “extrañamente” ya que, sólo en sueños se me pudiese ocurrir beber de ese pestilente y desatendido caldo vaginal.
Con el ceño fruncido voy descendiendo, saco mi lengua, apunto a la zona en que aterrizaré. Me freno milímetros antes de hacer contacto lingual: veo pequeños brumos de sangre escondidos en los arbustos negros que protegen el perímetro. “Papi, tengo la regla. ¿Tú no le paras bolas a ese beta no?, dijo babéandose de anís la demacrada e inmunda invasora de sueños. No contesto. Cambio de parecer. Meto la mano en un oportuno y conveniente bolso echado al lado de la cama, saco un condón “Durex”, blindo al miembro para protegerlo de todo ese mejunje vaginal añejado en la dejadez y desidia.
Respiro profundo, aprieto firmemente mi “puñal”, le doy ánimos para que no se acobarde ante esta sucia batalla que se le avecina. Él me responde, asiente con un leve saltico, me asegura que está irrumpido de sangre, que la rigidez lo acompaña y que no tendrá piedad con el adefesio que he osado presentarle. Sonrío orgulloso. Gateo hacia ella, la miro con maldad. Me preparo para el banal e insustancial ensamblaje de órganos que está a punto de ocurrir.
Tropiezo con sus muslos, extiendo mi mano a su sexo, con los dedos comienzo a tantear sus oscuros labios. La penetro sin aviso previo, escucho un alarido: “¡aaayy, papi, me vas a reventar la chocha, chico! ¡Vamos, métela toda!”. Sentía el pegoste en cada separación de mi pelvis, estaba empatucado totalmente de ella, de todo su hediondo néctar.
Alguien me detiene frenándome por la espalda, y oigo la voz de mi mamá: “Gabriel, no uses “Durex” que ese le irrita la vagina, lo sabes bien, toma, ponte uno “Natural Lamb” que esos son los que te gusta usar”. Obedezco a mi progenitora, le quito de la mano un condón, como si se tratase de un chicle que me está convidando. Me lo pongo, ella certifica que ya me lo coloqué y procede posteriormente a retirarse. La tuki me pide que vuelva a rellenar el vacío que dejé en su cavidad y, con un celular en la mano, procede a colocar una pista de reggaetón de fondo para arruinar más este lúgubre momento. Invadido de lástima por mí mismo, me reincorporo al sucio colchón, doy unos ligeros mordiscos a los contaminados pezones con aretes oxidados, penetrándola al mismo tiempo, moviendo mi pelvis al ritmo de esta monótona música, dando inicio a un funesto y fatídico festival de insultos a mis sentidos.
Este extraño sueño sólo puede significar tres cosas:
1.- Mi felicidad se esconde al lado de una tuki. Debo dejar entrar en mi vida a alguna, seguramente seré muy feliz y conoceré el amor sincero e incondicional.
2.- Debo ocultar mejor mis condones, mi mamá posiblemente está manejando mucha información mía que no debe manejar.
3.- No debo acumular por largos periodos de tiempo el semen en mis testículos, hacerlo trae consecuencias terribles: sueños en los que copulo con familiares, animales salvajes o, peor aún, con seres insólitos, dantescos y aterradores como el de mi sueño.
Gabriel Núñez
-Glosario corto de términos de este post-
1.-Bera / Empire: moto económica muy popular en Venezuela, tiene fama de tener una corta vida útil. Muy usadas para atracos, sobre todo “motobanqueos”.
2.-“Guaya e’ teleférico”: poderosa e impetuosa erección que ocurre involuntariamente en horas de madrugada mientras dormimos. En la mayoría de las veces siempre estará presente al abrir los ojos en la mañana; como consecuencia de eso nacieron los espectaculares y exquisitos “polvos mañaneros” (sexo en la mañana al levantarte). Ésa es la razón, mis estimadas lectoras, de que las levantemos misteriosamente y con insistencia en una que otra mañana; ya que nos sentimos con más poder de lo normal.
3.-“Güevocontirro”: hombre que tiene problemas de identidad sexual, metafóricamente se pega el pene con tirro para evitar que se le vea un bulto a través del pantalón ajustado o falda. Se viste como mujer, es un transexual en silencio; busca a veces rasparse hombres sin decir nada, es un cazabobos suelto.
4.-“Posapulgares”: son dos pequeños orificios que se pueden ver todavía en algunas mujeres como consecuencia de la estructura del hueso sacro . Están en período de extinción. No necesariamente son visibles en mujeres flacas, se han detectado extraños casos de mujeres rellenitas que los portan con orgullo. Los posapulgares permiten un mejor agarre en determinadas posiciones sexuales, siendo la más elegida la famosa “doggie-style” o “perrito”. El hombre de esta manera puede firmemente enterrar los pulgares ahí, siendo una suerte de “fijadores antirresbalantes” que permiten un movimiento pélvico de confianza y de ritmo más rápido.
5.-Rolda: gelatina, gel para fijar el cabello muy famosa y vendida en Venezuela. El uso frecuente de la misma trae diversos efectos secundarios: irritaciones al cuero cabelludo, caspa, picazón y un aroma dulce que atrae a las moscas y abejas.
6.-Tuki: si leíste el escrito, te puedes hacer una idea de qué es. Se puede encontrar escrito también como “tukki”, “tuky” o “tukky”; da igual, es la misma cagada, mismo olor, pero diferente color.
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