La chica del dedo…

El común denominador de todas mis relaciones amorosas han apuntado al fracaso desde el comienzo por una simple razón: la personalidad de ellas me aburre garrafalmente, haciendo que más bien estorbe con mis actividades diarias, forma de pensar y estilo de expresión. Me limitan, me joden la creatividad y hacen que yo mismo me vea aburrido y fuera de contexto. Retrospectivamente hablando, solamente tres mujeres han logrado dar con la fórmula, no me importa si de forma natural o con una magistral actuación, el punto es que lograron tener mi respeto, lograron que las pensara una y otra jodida vez en mi cabeza, ganándose un inmortal puesto en mi memoria. Una de ellas fue Ana, la chica del dedo. Rememorar el final de mi historia con ella me hace ver como un completo miserable, un neonazista, un grandísimo hijo de puta. No puedo cambiar eso.
Transcurría el año 2006, estaba terminando ya mi carrera en la universidad. En alguna noche como cualquier otra, estaba yo fastidiado en la computadora, no recuerdo si jugando ajedrez online o qué carajo, pero conocí a una chama por internet. Un paréntesis personal importante a señalar, es que curiosamente las tres mujeres que han logrado encajar con mi personalidad las conocí primero de forma escrita, no personal. Esa noche que nos “conocimos”, hablamos durante unas 4 horas, la vaina fue química desde la primera línea lanzada. Ana vivía en Valencia, Edo. Carabobo. En todo ese proceso me mandaba fotos de ella y, debo confesarles, lo más difícil Ana ya lo había logrado: me había capturado de forma escrita. Era una chama culta, con mucha conversación e intereses parecidos a los míos; así que, el físico no representaba un gran problema para mí a esas alturas, ya teniendo uno aceptable, oler bien, tener buen aliento y verse limpia, era suficiente.
Pasaban los días, Ana y yo hablábamos todas las noches, nos escribíamos por celular, pero, en ningún momento se tocó el tema de que alguno sintiera atracción por el otro, el asunto fluía de forma natural y punto. Al cabo de unos meses consideré la idea de lanzarme a Valencia para conocerla personalmente. Eso hice, agarré un morral, me monté en mi carro y me lancé con aspiraciones de materializar la ilusión engendrada por miles de líneas y decenas de noches con síndrome de túnel carpiano.
A mi carro le pareció oportuno dejarme sin frenos en la autopista. No me rendí tan fácil, llevé al pequeño roedor de acero sin frenos a un taller y esperé las 4 horas que tardó la reparación, pagué y de nuevo arranqué a mi ansiado destino; un carro no jodería mi primer encuentro con Ana, ésa sería mi noche, nuestra noche.
Llegué a Valencia a las 11 pm. Me encontré con ella en un centro comercial famoso de la ciudad. Había algo de nerviosismo en ambos; una vaina es hablar por MSN, otra el pegar los cuerpos con un abrazo, el vernos a los ojos y averiguar qué pasaría con nosotros. No tenía dónde quedarme, eso era lo primero que debíamos resolver. Los hoteles estaban llenos, así que terminé en un matadero y pagué la noche completa. Ella entró conmigo a la habitación, nada estaba acordado, todo se daba de forma natural. Aquí viene un fenómeno interesante: dos “amigos” acostados en la cama de un motel, conversando, riendo y viendo televisión. Así sería mi interés en Ana que no quise forzar la barra, no quería destilar ansiedad y torpeza de ataques inoportunos comandados por mi pene. Nos cayó el amanecer, la devolví a su casa y yo me regresé a descansar, ya vendría otro nuevo día.
Al despertar tuve que recoger mis cosas, me botarían al mediodía. Agarré mi carro y me mudé de hotel. El nuevo era un espectáculo, con una habitación totalmente sugerente: tenía un balcón con jacuzzi, cama redonda y espejos que permitirían contar hasta el último pliegue radiado del ano de la mujer que deseara abalanzarse sobre mí. Al caer la tarde nos encontramos en el centro comercial, almorzamos juntos y aproveché de conocer un poco de Valencia, ciudad que visitaría con mucha regularidad si lograba concretar mis intenciones. Llegó la noche y terminamos en mi nueva habitación, recuerdo que compramos unas cuantas cervezas y dulces para acompañar nuestro incierto futuro.
Quería atacar; créanme, quería hacerlo, pero ahí estaba ella, hablando feliz, riendo, con ojos brillantes, con espuma de cerveza en los labios. Todo era como demasiado perfecto para venir yo a arruinar el momento con alguna absurda propuesta de penetración. Borré la idea de mi cabeza, decidí que la disfrutaría plenamente esa noche de esa manera, sólo observándola y escuchándola. ¿Cuesta creerlo? Pues créanlo, dos noches seguidas, dos personas heterosexuales en una habitación de motel, hablando y viendo televisión, sin devorarse una a la otra.
La mañana siguiente me regresé a Caracas, nos despedimos muy complacidos de habernos conocido. Posterior a ese viaje las conversaciones seguían presentes con más frecuencia, y ya se presentaba una que otra punta e indirecta de las intenciones que nos teníamos adicionales a nuestra amistad.
No tardé mucho en planificar otra visita, pasado un mes y medio regresé; Ana me reservó una habitación en el mismo hotel. Llegué directo a su casa para buscarla, compramos algunas tonterías y nos fuimos a la habitación de mi temporal refugio. Esta vez ya las cosas estaban más claras, nos pusimos a conversar y ver televisión, pero en el momento que consideré adecuado me lancé al ataque sin vacilar. Nos besamos intensamente y por primera vez preferimos honrar el silencio, sólo deseábamos oír el agradable sonido de las lenguas jugando y revisando las cavidades bucales. Yo iba dispuesto a todo, pero Ana marcaba límites, dejando sólo el terreno de los besos disponible en esa visita. Así se nos fue el fin de semana: un par de salidas a comer, dormir juntos y besarnos hasta que la lengua nos doliera. También hablamos de nosotros, y de cómo haríamos para vernos mensualmente sin importar el vivir en diferentes ciudades; éramos formales, serios, gallos, de corte clásico y tradicional, idealistas, amantes del amor formal, a su momento y con todo el cortejo y tiempo que requiera el madurarlo.
Llegó el día de mi partida, me invitó a su casa a desayunar unas arepas y conocer a su familia. Reíamos, hablábamos y ya nos extrañábamos en silencio. Minutos antes de marcharme preparó café para los dos. Maldita sea el momento que acabó con la efímera felicidad, con la ilusión que apenas tenía dos días de nacida. Maldita sea mi neurosis, mis mañas y mi jodida personalidad. Y maldita sea la escena que fue capturada por mis ojos: un dedo por la mitad.
Sí, Ana agarraba su taza de café, y el jodido dedo del medio de su mano derecha estaba por la mitad. Con una prudencia y habilidad ninja extrema sólo intentaba aclarar si era una necedad de mi visión clamando por visitar al oftalmólogo, un mal chiste de mi cerebro, alguna ilusión óptica como las que pasan por correo a veces en presentación de Powerpoint. No, no era una jodida presentación de Powerpoint, le faltaba medio dedo a Ana. Tragué muy grueso, me enfrentaba a algo con lo que nunca había lidiado. Juro que pocas veces en mi vida he sentido algo similar, era una lucha interna de proporciones bíblicas, en la que yo como observador omnipresente ya sabía de antemano el triste resultado, sabía cuál de mis “Yo” perdería. Fingí, seguí hablando incoherencias durante unos 5 minutos. La besé, me despedí con un “nos vemos pronto” hipócrita y nervioso. El regreso se me hizo eterno en el carro, cargaba una sensación de duelo, de profunda tristeza, yo mismo sentía asco y lástima por mí.
Nunca tuve el valor de decirle lo que ocurrió, perdí la amistad y la más corta relación de noviazgo que he tenido: 2 días. Tan sólo me fui retirando cobardemente, dejé de escribirle y me desaparecí; pensé que era lo más correcto para no herirla con esa clase de rechazo tan ridículo e infantil.
Discúlpame, Ana, en verdad discúlpame; tuviste el infortunio de tropezarte conmigo, una persona que tenía las mejores intenciones de estar a tu lado, pero que vino a descubrir contigo el gran asco irreparable que siente hacia cualquier clase de mutilación humana.
Gabriel Núñez
Etiquetas: amor, amorosa, dedo, distancia, mutilacion, relacion, sin dedo no hay paraiso
