La inmortal falacia de la familia…
Aproximadamente hace unos 12 años comencé a pulir lo que actualmente represento en pensamiento. No es algo para tomar como ejemplo en libros que auxilien a los padres en cómo criar a sus hijos o formar una ejemplar familia. Tampoco es un vasto galpón de información relevante que genere envidia en los demás; pero, a estas alturas, con 27 años, está más que formado; es implacable y poco flexible.
Recuerdo que una de las primeras cosas que me cuestioné a los 17 años fue el asunto de la “familia”. Veía bastante incongruencia en el tema, por no decir hipocresía. Jueguitos estúpidos, envidia, competencia, puñaladas traperas, comentarios con veneno, conversaciones que se suicidaban a los 5 minutos de haber nacido. Hice mi mejor intento, la verdad lo hice. Pero, ya en una etapa donde no me atemorizaba acercarme a una conclusión que rompiera con lo usual o aceptado socialmente, entiendan que no dudé en despachar a los miembros de adorno mal llamados familia.
“Es tu familia, son la misma sangre, debes quererlos”. Patrañas. Una falacia lógica absurda y totalmente conformista que te lastima; una triste negación a la realidad. Me oriné encima de la falacia. Estrangulé a la negación. Agarré una bolsa de Central Madeirense y procedí a meter a todos mis primos, tíos políticos, a un par de tíos, a una abuela materna alcohólica. Acto seguido: defequé en la bolsa; sí, para dejarles un verdadero miembro de familia, de su misma auténtica sangre. Boté el contenido séptico. Más nunca existieron para mí.
Mi familia quedó fuertemente reducida a menos de una decena y, cada año salen nuevos aspirantes a ser cubiertos por mi lluvia de heces. No hay problema, en este festín de limpieza hay cupo para todos los que deseen mostrar su verdadera cara.
Quisiera dar el beneficio de la duda a algunos miembros claves que quedan. Pudiese tratarse de inseguridad mía, quién sabe. Pudiese ser algún berrinche de infancia mal curado de falta de atención de mis padres que cargo todavía en mi lomo. Ejemplifico la situación: estos pocos familiares que quedaron vivos para mí, han oído, ya sea por terceros o por mí mismo y mis trasnochos, de los proyectos en que ando. En mi cara he presenciado como alguno de esos terceros (buenos amigos de ellos) les han recomendado ver algún video mío o siquiera pasearse por este indigente blog. ¿La respuesta de ellos? Total rechazo e incredulidad. Recuerdo que cuando mi escrito “Quiero copular con tu cerebro” salió en el periódico Urbe, quise compartir la noticia con ellos y les traje un ejemplar: menos mal que había papel en el baño, de lo contrario hasta el culo se hubiesen limpiado con el escrito. Para fortuna mía no tenemos perro, porque si no hubiesen usado el periódico para recoger sus cagadas de la acera al pasearlo. Cero apoyo.
Creo que esta faceta de “intento de escritor”, de realizador de videos con aspiraciones a entretener y divertir es un decepción para ellos. Creo que no es la faceta que les hace sentir orgullosos. Si tengo un libro en la mano sencillamente estoy perdiendo el tiempo. Si ando grabando o editando videos en la computadora, pues ando “jugando”. Si estoy escribiendo, pues lo mismo, “no ayudo en nada y lo que hago es darle al teclado”.
El problema está en que para ser un hijo perfecto tendría que hacer una vaina bien bizarra: debería ponerme un pulcro delantal al levantarme en la mañana, cocinar, barrer a cada hora, limpiar los muebles todos los días, sacar el excremento pegado en las pocetas con mis uñas; en fin, ser la mejor ama de casa de Venezuela.
Creo que escojo ser la oveja negra, la decepción de la casa, el vago, el que no ayuda en nada, el amargado, el que es fiel a lo poco que cree, el que no se vende, el que no es conformista, el implacable, el insensible, el indigente con libros y su consentida computadora. Vengo a caer en cuenta con gran desilusión que la vena artística no es bienvenida en mi familia. Es dedicación de bohemios, de zarrapastrosos derrochadores de tiempo, de intensos, de gente que habla y piensa extraño, que no se enrollan por trivialidades, que les gusta ver películas diferentes, que oyen música rara y misteriosa.
¿Cómo haríamos, familia; cuéntame? Me niego a ser la putica señora de servicio… y me sobran bolsas de Central Madeirense aquí en el cuarto.
Gabriel Núñez
Etiquetas: familia, guarden bolsas de central madeirense, los primos no sirven, tener la misma sangre no significa ser familia

