Conversaciones #3: Preámbulo laboral
Otra divertida mañana en cumplimiento del preámbulo de otro rutinario día laboral. Con corbata bien amarrada espero en la parada de autobús. Me quedó un poco larga, pero no me importa, así cuando vaya a orinar me seco el saldo pendiente de orine con la punta de la misma. Escoger el carrito por puesto ideal es un arte, no todos están preparados para ello. Elegir a los de butacas minúsculas, con respaldo bajo, es una total novatada: no podrás quedarte dormido cómodamente, y si lo haces, echando tu cabeza para atrás como un contorsionista, te ahogarás con tu propia saliva, o peor: te fracturarás el cuello y te bajarán muerto en la última parada. También debes estar alerta con el tema de los escapes internos de monóxido de carbono. Los choferes son inmunes a estos dañinos gases, así que nunca te compares con los organismos blindados de ellos; nosotros respirando esa basura por una hora, llegamos mareados, intóxicados y aletargados al trabajo. Ellos no, ellos se hacen más fuertes, reforzando con dañina combustión a su sucia virilidad.
También debes bajarte si escuchas alguna radio prendida. No te confíes con noticias o reportes del tráfico, en pocos minutos ya serás víctima de una castigadora y depresiva bachata de Aventura; y estemos claros, ya bastante duro y triste es hacer frente a un nuevo día de trabajo en una economía donde nuestro sueldo se irá en un par de idas al cine, no nos hace falta más pesares en nuestra vida para ponernos a oír los infortunios amorosos de un pendejo que intenta cantar en dos idiomas. Es preferible que llegues tarde al trabajo y te boten.
Me asomo por la puerta de uno que se detiene: percibo un olor a ropa mal secada, a remojado con pequeñas ráfagas de sudor de obrero del día anterior. No sé, ese olor es de los pocos que me inducen al vómito en el acto, y por más que he intentado tolerarlo, siempre fracaso. Prefiero oler un pañal recién cagado. Lo dejo ir. Se detiene otro con buen aspecto. Todo parece estar en orden, así que subo.
─En ese puesto no te puedes sentar, mi pana.
─¿Por qué, ocurre algo? ─le respondo al chofer.
─El puesto de copiloto es pa’ los culitos, mi pana, pa’ ir cuadrando con ellas antes de llevarlas al motelito.
─Coño, viejo, ¿a esta hora a quién coño te vas a coger?
─Bueno, el mío, uno nunca sabe. Así que tú decides, si te sientas, es bajo tu propio riesgo.
─Es decir, que si me siento ahí encorbatado, ¿automáticamente paso a ser tu putica?
─Sí, menor…
─¿Te gustan los hombres?
─No se trata de eso, préstame atención, chamín: a la persona que se siente ahí lamentablemente debo cogérmela, son mis víctimas, de una mi machete las marca con una “X”. ¿Ves todos estos pañitos de Piolín colgados? Bueno, son las mujeres que se han sentado ahí, por lo tanto, todas han llevado por ese culo. ¿Ves esos cuatro peluchitos llenos de polvo? Esos simbolizan a cuatro pendejos que me retaron y se sentaron de copiloto. Así trabajo, mi pana, y así me ha ido bien en la vida, no me quejo, y no me vas a venir a joder la suerte. El que ponga su culo ahí, terminará cogido, quiera o no. Por cierto, en la casa tengo un peluchito de Johnny Bravo que se parece mucho a ti, pudiese quedar bonito aquí en la camioneta…
─Mejor me siento atrás, gracias.
Yo no busco un asiento que tenga al contiguo vacío. Eso es un error, y demuestra inexperiencia en el transporte urbano, poco fogueo. Cuando te apoderas de un par de asientos para ti, correrás el riesgo de que tu futuro acompañante sea una empanadera que con su sudado y grueso muslo te arrincone a la carrocería oxidada. Lo correcto es percatarse del pasajero más flaco o peor alimentado de la unidad, y sentarte a su lado. Es oportuno el dicho: “mejor viejo conocido que nuevo por conocer”.
Por lo general, los pasajeros de peor aspecto viajarán más lejos; por consiguiente, se bajarán en las últimas paradas de la ruta. No me pregunten el porqué. Creo que es sencillamente la dinámica tan ingrata y retorcida de la vida: mientras más hundido en la mierda te encuentres, más vendrá la vida a pararse sobre tu cabeza para hudirte más. Es como aquel perro callejero que está totalmente desnutrido, cojeando de una pata, y vienen un par de perros ociosos y le caen a mordiscos para joderlo más todavía. Así pasa con esa persona que tiene mal aspecto y cara de jodido: tiene siete hijos en el rancho, uno de ellos es drogadicto y azote de barrio, debe acostarse a las once de la noche ayudando al pequeño de la casa a hacer tareas; luego, la vida considera que una pizca de infelicidad adicional no le cae mal al guiso, permitiéndole solamente conseguir trabajo en el otro extremo de la ciudad.
Pero esta vez me jodí por estar hablando pendejadas con un chofer. Me quedo de pie al final del pasillo, maldiciendo la estúpida regla de camioneta por puesto que jode los derechos y la virginidad anal del copiloto que desee sentarse. Ni modo, tocará un viaje de una hora sin sentarme. Oigo algo, y no es bachata. Es peor, son dos desaliñadas jóvenes que conversan mientras liman sus uñas y comen un chicle barato de desayuno.
─Marica, y entonces, ¿ya todo bien con Alexander?
─Bueno, sí, marica, ya la puta de la ex no ha jodido más. Mi Alex me prometió no verse más con ella, él me dijo que era ella que lo llamaba y perseguía. Yo le creo, chama, Alex está encucadísimo conmigo, me coge divino; además, le encanta como se lo mamo, ni una gota le dejo derramar en ese güevo.
─Qué bien, amiga, me alegra mucho, ustedes se merecen estar tranquilos. Pero dime algo, esa estúpida de la ex, ¿qué coño hace?
─Nada, marica, es una pobre güevona sin aspiraciones, trabaja ahí en el Subway de La Urbina, preparando panes la muy gafa.
─Ahhhh ok. ¿Y tú ahorita en qué andas amiga? ¿Sigues trabajando en la peluquería de El Llanito?
─No, marica, me ladillé de estar todos los días ahí. Ahora ando ahí en Petare, vendo tarjetas de Digitel en la entrada del Metro. No cumplo horarios ni nada, chama, soy mi propia jefa.
─¡Qué bien, marica, toda una empresaria, pues!
─¿Y tú que ves, mamagüevo? ¿Se te perdieron dos como nosotras?
─No, por suerte jamás he tenido a dos como ustedes ─dije, al tiempo que me volteaba y caminaba rápidamente hacia el chofer.
─Disculpa, mi pana, ¿y en dónde pondrías el peluchito que se parece a mí?
Gabriel Núñez
Etiquetas: conversaciones, cuando el perro esta cagado hasta los gatos lo mean, nunca te sientes de copiloto en un autobus, si ven un carrito con un peluche de johnny bravo pues es por mi, tomar el carrito ideal es un arte, un camionetero gana mas que un ingeniero

