Conversaciones #4: La panadería
─Corazón, que no esté tan tostada la canilla, por favor ─ordenaba a la chica que se encontraba detrás de la barra de la panadería.
Siempre se me queda mirando con picardía, haciéndose la sorda para que le vuelva a repetir lo que deseo. Yo, por el contrario, me hago el pendejo y dirijo mi mirada hacia los dulces viejos del estante inferior. En ellos, las abejas y moscas encontraron vivienda digna, revolcándose alegres sobre el almíbar de los diferentes intentos de postre que se niegan a ser botados. Mi vista se cuela entre los Milhojas, dejando ver a través del vidrio los pies de mi despachadora. Carga unas cholas maltratadas; una suela totalmente desgastada así lo confirma. Puedo observar un dedo gordo reposando sobre el piso. Tiene una escuálida uña que parece que no fue cortada con cortauñas, más bien fue comida con los dientes en algún ataque de hambre de madrugada. Emulan a unos tequeños sucios que fueron recogidos de una alcantarilla. Es una empleada cómoda y viciada, no hay duda.
─¿Qué pasó, papi, quieres alguno en particular? ─dijo.
─No, ni de vaina quisiera uno de ellos. Quédatelos, la ausencia de algún dedo del pie perjudica demasiado el equilibrio.
─No te entiendo, amor. Te estoy preguntando que si quieres algún dulce.
─Ah, coño, no; a esta hora poco me provoca comer alguna mosca o abeja, ellas caen pesadas en la noche.
─Sí eres tontito, gordo, esos dulces están fresquitos, son de hoy.
La inteligencia de uno es subestimada hasta por una despachadora de panadería. Te dan una canilla que pudiese ser usada como bate en alguna caimana de béisbol, pero “está fresca”. Te dan un dulce que lleva en su lomo a dos moscas follando sobre una alfombra de hongos, pero “está fresco”. He llegado a pensar que tanto trabajo pasan en su vida, que comer alimentos en esas condiciones es realmente para ellas comer algo normal, algo fresco y saludable. Es eso, o que con toda la desfachatez e intención pretenden hacernos comer alimentos que parecen ya de utilería. Creo que es la cobarde manera que encontraron para vengarse de la sociedad.
─Toma tu canilla, ojos lindos ─dijo, al tiempo que extendía mi futura cena de carbohidratos.
Tomé la bolsa. Nuevamente ocurría lo de todos los días: una canilla de más me estaba dando. No me molesta que me regalen comida, mucho menos con mi triste situación económica; el problema es que todo eso es una emboscada, un “niño envuelto”, una estafa, un timo. Ellas no plantean un trueque cualquiera, no, ellas sólo desean sexo a cambio de regalarte la comida de su patrono. Ellas te dan un pan canilla; tú, debes llevártelas a un rincón del depósito, quitarles el precario pantalón pestilente de orina y frenazos de bicicleta, sacarte el pene, asignarle una misión suicida y estrellarlo sin misericordia alguna en una vagina que rompió relaciones diplomáticas con cualquier tipo de jabón. Es la vida de tu pene por un trozo de pan. Este escenario no es negociable para mí.
─Mira, príncipe, ¿cuándo nos escapamos por ahí? ¿Cuándo vas a dejar que te enseñe el depósito?
─No, chama, yo paso y gano con eso del depósito; gracias por la invitación ─dije.
─¿Por qué? ¿Soy muy poca cosa pa’ ti, sifrinito? ¿Es eso? Habla claro, pues…
─Puedes verlo como te dé la gana, chama, pero lo más cercano que estarás de mi cuerpo es cuando me entregas el pan; y te confieso, hasta haciendo eso tengo miedo. Veo cómo te comes las uñas hasta la base de ellas; veo cómo rematas metiendo tu mano en el interior del pantalón y rascas con ahínco el festín de parásitos y bacterias que tienes hospedados en tu inmundo ecosistema vaginal. Más bien deposito demasiada confianza en ti dejando que agarres la bolsa que lleva mi pan.
─¡Odioso, sifrinito de mierda! Hazme el favor y dame la canilla extra que te regalé.
─No me jodas, esa mierda es un regalo ─dije, mientras apretaba con firmeza la bolsa con los panes.
─¡Dámela o llamo al dueño y le digo!
─Dale, me parece una buena idea, llámalo y así aprovecho y le comento sobre la sucia ninfómana que tiene de empleada, que usa indefensos panes como medio para obtener beneficio sexual de algunos pobres miserables que sólo por llenar su estómago con algo de comida son capaces de meterlo en alguien como tú.
─Mira, mardito, no vuelvas jamás por aquí, ¿me oíste? ¡Ve a comprar pan al coñísimo de tu madre!
─Hablando de comprar… Ve a ver si compras unas cholitas nuevas, que ensucias el piso de la panadería con tu dedo gordo mugriento que arrastras alegremente. Chao, percusita.
Dejo hablando sola a la despachadora. Me dirijo al área de charcutería. Por suerte el gordo que atiende ahí no regala comida ni está pendiente de que se lo metan en el depósito. Tomo un número para ser atendido; el gordo está abollado, hay varios clientes recostados del mostrador. Otras cuatro personas llegan al área también: un niño de unos ocho años y su padre; del lado contrario una anciana con su perro, un Cocker Spaniel, todavía cachorro. Cuento al perro como persona; creo que es lo mínimo que puedo hacer luego de conocer a un personaje como la panadera fanática del trueque sexual; es más civilizado y limpio, no duden de ello.
Siempre he sospechado que el gordo charcutero tiene dos trabajos. Así lo confirman sus uñas, con un pronunciado marco de grasa mecánica. Debe ser un buen mecánico; es muy dedicado y trabajador, se puede ver cómo caen gotas de sudor de su frente.
─¡Siguiente! ─gritó el presunto mecánico.
─Épale, gordo, dame por favor 250 gramos de queso Paisa ─dije en tono de complicidad y camaradería.
Es un charcutero chapado a la antigua, formado en la vieja escuela. No cree en guantecitos de bolsita plástica ni ninguna otra mariquera; lo suyo es agarrar con determinación el trozo de jamón o queso y rebanarlo con furia, como si seccionara en la máquina cada fracaso de su vida, cada historia de amor que pasó por él y decidió quedarse castigándolo en su memoria.
El dueño le ha reclamado varias veces su falta de higiene y delicadeza en sus labores. Él, hace caso omiso, sabe que es una leyenda en el gremio charcutero, pocos rebanan como él. Ya todos podemos apreciar cómo el queso Paisa que protagonizará mi cena es rebanado en finas lonjas, al tiempo que minúsculas gotas de grasa mecánica diluidas en sudor de su mano van invadiendo cada lámina cuadrada que aterriza en el papel parafinado. Lo sigo sosteniendo: es un mecánico profesional.
Un ladrido de Cocker rompe con la concentración del charcutero, interrumpiendo a su vez el hermoso espectáculo que todos admirábamos con emoción.
─Papá, ¿ese perrito es hembra o macho? ─preguntaba el inocente niño a su padre, un señor alto y atlético.
─Es hembra, hijo, es hembra ─contestó su padre viendo con rapidez a la mascota, pero sin devolver la mirada a su hijo.
─¡Qué rabia! ¿Por qué siempre los machos son los bonitos? ─gritó el niño con tono de pataleta e inconformidad con la vida─. ¡No es justo, papi, siempre son machos los que me gustan!
Un silencio demasiado incómodo invadió el recinto panadero. A un señor se le cayó un cachito de la mano y se ahogó con el jugo de naranja que tomaba. Mis ojos saltaron de la impresión. Lentamente dirigí mi mirada hacia el niño, viendo cómo con desespero este crío esperaba respuesta de su padre. Una pequeña sonrisa muy discreta nacía lateralmente en mi rostro; no pude evitarlo, yo intentaba contraerla, pero ella insistía en estirarse. Lentamente mi mirada subía al encuentro con el rostro del padre; yo también quería escuchar esa respuesta. Sus ojos se clavaron con arrechera acentuada en los míos; borré mi sonrisa de la cara por precaución. El gordo me silbó y señaló mi bolsa con el queso ya rebanado, colocado sobre el mostrador. Lo tomé, fui a la caja y pagué. Salí de la panadería, pero sé que dejaba algo pendiente, así que abrí la puerta y me paré en el medio de la panadería.
─¡Señor! ¡No sea mal padre, vale, cómprele un macho a ese niño! ¿No ve acaso lo triste que está?
Arranqué a correr, soltando la carcajada que tenía retenida. Escuché en medio de la algarabía a la Cocker ladrándome: creo que entendió el chiste.
Gabriel Núñez
Etiquetas: conversaciones, nunca aceptes ir al deposito con una despachadora, pan canilla, panaderia, recomiendo el queso paisa con grasa fresca de motor, todas las despachadoras usan cholitas de goma

