Conversaciones #5: La pulsera de la amistad
Ella rasguña mi antebrazo con su pezón erecto. Lo arrastra una y otra vez, como si estuviese lijándome la epidermis. Oigo voces con gran intensidad. ¿Será que lo estoy haciendo en público? Bueno, qué coño, eso igual siempre me ha parecido excitante. Todavía recuerdo aquel legendario mamerto que me dio Beatriz en el buscama de Aeroexpresos Ejecutivos; nunca ir a Barquisimeto de noche fue tan placentero. También recuerdo con nostalgia todas las veces que me la follé en las escaleras del piso cuatro de su edificio, mientras nos acompañaba de hilo musical las tertulias de pasillo de amas de casa jubiladas del látigo de sus maridos. Sí, vaya que se me pone duro cuando recuerdo esas andanzas. ¡Mierda, me estoy ahogando, auxilio! La muy desconsiderada intenta meter su seno completo en mi boca, su largo pezón ataca a mi campanilla. La derrumba, intenta acceder a mi tráquea. Comienzo a toser con desespero. Respiro profundo; de foma acelerada también. Maldita sea, estaba soñando. Trago varias veces, aún el buche de saliva que se fue por el camino incorrecto está entre el mundo respiratorio y el digestivo. Sigo en este carrito por puesto de mierda, maldito tráfico caraqueño. ¿Pero qué mierda es ésta, vale?
─¡Coño, chama, me estás clavando esta vaina desde hace rato! ─digo, al tiempo que alejo de mí la punta de un gancho de ropa casi enterrada en mi brazo.
─Ah, verga, mala mía, catire ─dice una pequeña preadolescente afrodescendiente, con una voz chillona y de difícil soportar; con un cantadito malandreico, que suspicacia a cualquier policía podría despertar.
Está sentada al revés, recostando su mandíbula en el espaldar del asiento, pudiendo así mantener una cháchara sudada de cinco de la tarde con sus amigas sentadas en el asiento de atrás y el contiguo. Todas tienen como elemento común una camisa manga corta de color azul liceista. También un olor a sudor de recreo, sin baño en la mañana antes de salir de casa.
─Éste es el mundo, chamo, nuestro planeta. Cartelúo, ¿no?
─¿Esa pelota de anime manchada con escupitajos de tempera es la tierra?
─Sí. Dígalo que está arrecha, el mío.
─…
─¿Y el gancho de ropa con el que me estabas arrancando el brazo, más o menos qué viene a representar? ─pregunto con una ligera mirada de asco, dirigida a la escuálida maqueta.
─Marico, el gancho de ropa es un satélite en el espacio.
─…
─Quedó pavo, ¿no?
─Sí, chama, es una obra de arte ─respondo fríamente, mientras vuelvo a cerrar los ojos y echo para atrás mi cabeza.
Me obligo a dormir, siempre he pensado que es la mejor forma de escapar a la mierda. Como cuando raspé nueve materias en octavo grado: mis padres iban a buscar la boleta esa mañana; yo sólo me dispuse a dormir y no pensar en la coñaza que me esperaba en pocas horas. No logro dormir, cierta verborrea tukituxoide representa un castigo auditivo inclemente.
─Ay, güevona, yo a Noexis me lo quiero coger sabrosito, vale ─expresa una de la pandilla mutante estudiantil─. Ese chamito es bello, vale, es full inteligente… ¡Las de tercer año han dicho que el carajo sabe palabras en inglés y todo!
─Marica, pero Angelí me contó que se lo mamó en la verbena del domingo pasado y que tiene el güevo chupadito, como de unos seis centímetros.
─Ay, güevona, por Dios, seguro no se lo supo mamar como es. A los hombres si no los excitas bien, no se les para como es. Te hablo claro, yo a esa paloma me la meto en la boca y mínimo le saco unos quince centímetros por el buche; ustedes saben que yo no hablo paja, yo doy mamertos como Dios manda, no ando como esas pendejas que se lo meten en la jeta y les da ganas de vomitar. Yo me lo meto completico y lo parto en dos con la lengua.
─Jajajaja, ¡pajúa, sí eres guarra!
─Yo sí, chama, y si se trata del güevo de Noexis no sólo se lo mamo: me trago la leche, la vomito, me la vuelvo a tragar y se lo vuelvo a mamar. Y si acaba de nuevo, ya sabes que me la vuelvo a tragar.
Abro los ojos violentamente, los clavo en la experta catadora prematura de líquidos seminales.
─Disculpen, ¿qué edad es que tienen ustedes? ─pregunto.
─Tenemos doce años, amor. ¿Por qué?
─Ah, no, por nada… Es que me sorprende que unas niñas con tan poca edad hagan maquetas de geografía tan bonitas.
─Pa’ que tu veas, el mío, somos las cuadro de honol, las pranes de la clase.
─…
Volteo en busca algún asiento disponible en la unidad. No hay ninguno. Decido trabajar la paciencia… Sí, esa paciencia que perdí una vez y resultó en dos coñazos que clavé en la cara de un vendedor de Herbalife que intentó medirme la grasa corporal. Me quedo sentado con las pranes del mañana.
─Miren, las mías ─dice una del grupo desde el asiento de atrás─, ¿van pendientes de comprar más pulseras de la amistad? Traje nuevos colores…
─¡Plomo, marica! Pásalas pa’ ver qué es lo que es.
─¡Bueno, agarren pa’ que vacilen la merca! ¿Y tú, bello? ¿Vas pendiente de una? Pa’ la amistad, chamo, pa’ la amistad.
─No, y discúlpame la negativa ─indico con un lamento hipócrita─, pero ya mis amistades agotaron los cupos para nuevas postulaciones… En otra ocasión será. O en otra vida.
─Tú sí hablas raro, catire, haces unas pausas todas fantasmas y gallas sin sentido ─dice la vendedora de pulseras, la única blanca del grupo.
─Sí, debo estar errado en la vida; la causa pudiese ser que nunca encontré el camino de ustedes, el de la sapiencia.
─No joda, a nosotros nadie nos dice sapas, diablo. Sapo serás tú.
─…
─No le pares al escuálido este, marica, tus pulseras son un lacreo; además, esa cruz emástica es un paveo ─sentencia la que está a mi lado, mientras saca un moco con la uña sucia del dedo meñique plagado de marcas de picadas de zancudos rascadas agresivamente.
─Coño, ustedes me tienen que estar jodiendo… ¿En serio son tan brutas? ─pregunto con sincera preocupación; no por el futuro de ellas, sino por tener presente que en poco tiempo ellas se reproducirán como conejos y traerán decenas de niños desafortunados con la inteligencia de un ácaro de almohada.
─¿Y tú por qué nos insultas, chigüire?
─Coño, pana, porque esa vaina no es ninguna cruz de amistad, esa vaina es una jodida cruz esvástica.
─¿Y qué coño quiere decir eso?
─Quiere decir que cargas una cruz que lamentablemente perdió su esencia, su significado inicial; sufrió una mutación interpretativa, adoptó un estigma de mierda que jamás se podrá arrancar. Con el símbolo, sólo despiertan asociaciones negativas de odio, rencor, guerra, sufrimiento y poderío blanco absurdo. Posiblemente sea una hermosa iniciativa la de ustedes, en la que protegidas por el manto de la ignorancia, intentan recuperar el pasado benigno de este símbolo, señalando la torpeza cultural de muchas sociedades al vetar su uso; sin embargo, creo que esta dura misión no debe ser ejecutada por ustedes, ya que en el trajín, serán víctimas de burlas y señalamientos, serán el sinónimo viviente de la palabra “ironía”.
─¡Mielda, chamo, tú estás frito! No entendí ni papa… ─dijo mi acompañante de puesto.
─¡Este chamo está tostao del coco, maricas, no le paren bolas! ─exclama la vendedora neonazista encubierta.
─¡Coño, vale, identifica a Alemania en tu bola de anime! ─ordeno.
─…
─Coño, no me jodas, ¿no sabes ni siquiera qué carajos es Alemania?
─Bueno, sabemos que así le dicen a las salchichas que son más golditas y grandes en el perrero del liceo.
─…
─¿No?
─Olvídalo, pana, te lo diré en criollo: ustedes tienen a una infiltrada en el grupo. Esta infiltrada las quiere muertas, sin dientes, con muchas moscas revoloteando en sus bocas. Pero no las quiere muertas de forma rápida. No, ella quiere torturarlas al máximo en vida, humillarlas públicamente y pisotearles la dignidad. Ella las quiere extinguir del mundo, de esa bola de anime llena de tempera que tienes en la mano. ¿No pueden entender esto? Reconocer a la infiltrada no es tarea difícil, basta con ver quién es la que les lava el cerebro y les vende estas pulseras de mierda ─digo, mientras miro fijamente y con arrechera a la vendedora, que se comenzaba a poner nerviosa.
─Jajajaja, ¡uno goza un bolón con este carajito loco! ─exclama una de ellas.
─¡Carajo, entiendan que ustedes no deben usar estas pulseras! ¡Es como ver a Leopoldo López vistiendo una franela con la cara de Mario Silva! ¡Lo de ustedes es algo jodidamente enfermo, irónico, estúpido y bruto! ¡Comprendan, coño, reaccionen!
─Ay, no, deja la intensidad, piazo ‘e gallo, a nosotras nos gustan nuestras pulseras de la amistad.
Guardo silencio. Volteo, miro fijamente a la dealer neonazista infiltrada. Asiento con la cabeza, con un lúgubre rostro que descubre mi derrota y resignación.
─¿En cuánto las vendes?
─Cincuenta bolos, chamo.
─Dame una.
Gabriel Núñez
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