El otro día fui a sacarme el pasaporte…
Supongo que me dejé llevar por ese terror psicológico al que uno es sometido por amigos y familiares: “Debes tener tu pasaporte vigente, marico, uno nunca sabe si revienta un peo y debas salir corriendo de aquí”. Eso nunca lo he entendido, ya que si me veo en esa hipotética situación, es seguro que tardaré más en conseguir el dinero para comprar el pasaje que sacándome el jodido pasaporte. “Ya uno es viejo, ya uno tiene que morir aquí; en cambio tú eres joven, inteligente y profesional, no mereces pudrirte en el comunismo, así que si este loco termina de joder al país, agarras tus tres peroles y te vas”. Supongo que se refieren a que agarre mi LCD de 32”, el Ps3 y las cornetas Bosé. El peo es que no sé en donde coño enchufaré todo eso. Me veo deambulando por las calles, empujando un carrito de supermercado con mis tres corotos más preciados metidos ahí, buscando algún tomacorriente abandonado de columna de plaza. Sí, al menos me divertiré en esos momentos, seré un indigente feliz disfrutando de sus juegos bélicos favoritos.
Además, ¿adónde iré? ¿A trabajar en qué? ¿Vendiendo artesanía en la rambla de Barcelona? ¿Escondiéndome de los “Mossos d’Esquadra” para que no me deporten? ¿Echando mamertos bolivarianos en el Mercadillo de Camden en Londres? ¿O limpiando retretes sin guantes en algún elegante café de París? No, que va, no lo creo.
Consideré más bien que era importante sacarlo para irme de viaje con mi novia y poder comprar cosas electrónicas baratas y luego presumir ante la sociedad. Sí, ustedes saben, como esas personas que restregan su Ipod comprado en 130$ a alguien que lo compró aquí en 2.500 Bs. Uno siempre consigue a algún güevón de esos jactándose de sus acertadas compras en el exterior, indicando indirectamente al oyente que es un perdedor por no viajar. “Marico, y tú pagaste 3.500 Bs. por el Playstation 3? Yo lo compré en 245$ y me trajo cinco juegos”. Sí, pendejo, lo compré en 3.500 Bs. porque vivo en esta aldea inflacionaria y no tengo dólares para comprarlo afuera.
Y así fue, cómo con la ilusión de averiguar qué se sentía fanfarronear como un idiota, me metí en la página del SAIME a pedir mi cita. A las pocas horas me llegó un correo indicando que en cuatro días me dirigiera a la oficina. Y eso hice.
─Hola, buenas tardes, me indicaron que mi cita es a las 3:30 p.m. ─dije a un vigilante que portaba una barriga que pronto obsequiará un ataque cardíaco a su portador.
─Te llaman por tu número ─señaló, al tiempo que me entregaba una pequeña lámina de cartón con un “43” grabado en color rojo.
Hay algarabía. Una señora comparte con los demás de la cola una triste historia de todo lo que ha tenido que hacer para obtener su pasaporte, ya que vino de Barlovento sin cédula ni cita. Hay un perro callejero que luce un par de heridas frescas en su cuello. Está en la cola, seguro es mascota de algún indigente que quiere llevárselo de viaje con sus papeles en regla.
─¡Cuarenta y tres! ─gritó el intento de vigilante con obesidad mórbida que en pocos días morirá al frente de un plato de mondongo preparado por la comadre.
─Soy yo, señor.
─Pase con la muchacha de allá.
Me acerco a un escritorio protegido por una morena que mira su reloj con desprecio, como si éste le dio una noticia no grata.
─Hola, buenas tar…
─¡Cédula laminada en mano! ─me ordenó sin sutileza.
─Ok, tome, señorita.
─…
─Esta cédula está vencida, así no podemos recibirte los recaudos.
─Coño, no empiecen, vale… ¿Cómo que está vencida?
─Está vencida…
─¿Cuándo se venció? ─pregunté.
─En agosto de 2011.
─Señorita, estamos en agosto de 2011, hoy es 23.
─Por eso mismo, está vencida ya ─indicó.
─Interesante… Es decir, ustedes toman el comienzo del mes de vencimiento; ya en el día uno, automáticamente pierdo mi identidad, dejo de ser quien soy, y esta cédula sólo servirá para abrir puertas ajenas y para sacarme la mugre que se esconde bajo mis uñas.
─Correcto, señor, tomamos el día uno.
─¿Y por qué no el día 31?
─…
─Por ganas de joder la vida, ¿no?
─…
─Ok, señorita ─esbocé una sonrisa hipócrita─. ¿Qué puedo hacer para que la historia cambie y esta cita no haya sido un ridículo paseo caprichoso y un permiso de trabajo inútil?
─Bueno, debes sacarte la cédula en algún operativo especial de cedulación, luego regresas. Para que no tengas que pedir una nueva cita, se te pueden captar las huellas hoy, pero no se te recibirán los recaudos; éstos, debes entregarlos cuando vuelvas con tu cédula vigente.
Miro con asombro cómo mi planilla de solicitud que llevé era rayada con un lápiz de grafito mordisqueado y aún húmedo de saliva de la empleada.
─Disculpa, ¿no estás jodiendo mi planilla?
─No, estoy señalando a mis compañeros que no te reciban nada.
─Ah, bueno, peor…
─…
─Una pregunta… ¿SAIME no significa “Servicio Administrativo Identificación Migración y Extranjería”?
─Sí.
─¿Y entonces cómo es que no puedo renovar mi documento de identificación en una oficina de Servicio Administrativo de Identificación? ─pregunté.
─No sé.
─Ok, mejor olvida eso. ¿En dónde quedan esos “operativos especiales” de cedulación?
─Debes consultar en la web del SAIME; pero por ejemplo, hay uno en Parque del Este todos los días, en horario de oficina.
─Señorita, ¿y qué de “especial” tiene ese operativo, haciendo cola al lado de las focas muertas de un parque usado como motel natural gratuito?
─…
─Olvídalo también. Que me capten las huellas, pues…
─Tome asiento por allá, será llamado por este número en aquellas pantallas. Lo atenderán en alguno de esos cuatro cubículos ─indicó, señalando con una afilada uña acrílica del dedo índice unos televisores planos fijados en la pared.
Estaba derrotado y desmoralizado. Aflojé el nudo de mi corbata, luego me quité el saco y lo lancé al asiento contiguo. No sé por qué todo esto me cayó de sorpresa, ya debería ser perfectamente normal para mí que ninguna diligencia con el Estado pueda ser concretada en el primer intento. Yo y mi ridícula ilusión de viajar, comprar cosas electrónicas afuera y luego fanfarronear y burlarme de los débiles que gastaron veinte veces ese precio en bolívares. Yo y mis ganas de tomarme fotos en museos y plazas de postales que no me importan en lo absoluto, para luego subirlas al Facebook y todos me den Likes y comenten cosas chéveres en ellas. Nunca comentan en mis fotos; puede deberse a que no son de viajes y rumbas en donde salga mostrando una botella de whiskey y una mirada intensa con la lengua afuera de lado, simulando que el momento era un nirvana de placer y diversión.
Faltan tres números para que me atiendan. Intento pensar en qué voy a hacer con mi inservible planilla. En el primer cubículo atiende una señora con algo de sobrepeso. Aparenta unos cincuenta años; también estar lidiando con un acentuado abandono sexual. Se le ven grandes ojeras y ojos hinchados; posiblemente de tanto llorar por su marido que la dejó por una más joven y sin tanta protección adiposa para épocas de frío. Me le quedo mirando con deseo, por lo general esas cincuentonas son mala conducta, sinvergüenzonas y fantasean con jóvenes como yo. Me torció los ojos.
Dirijo mi mirada al segundo cubículo. No luce muy cordial la que calienta el asiento. Me está volteando los ojos, creo que pudo leer mis pensamientos. Puedo ver cómo sobresale de su cartera la punta de una toalla sanitaria, mejor conocida entre las mujeres bajo el código de “galleta” o “Gayetón”, a pesar de que ningún Gayetón viene con sirope de fresa, menos aún de sangre.
Descarto este cubículo enseguida: si mi novia no me soporta cuando tiene el período, ni de vaina lo hará una empleada pública que no tiene nada que ver conmigo.
Al tercer cubículo lo mando al carajo sin contemplación alguna: un pendejo que carga una chapa de Herbalife es el que atiende, y desde ahí me sonríe con cara de querer ser mi amigo. Me niego a que me ayude un niño loro de esa especie.
Ya era un hecho, todo estaba completamente perdido. Hasta que pude notar una mirada que antes ya había visto. Sí, era una mirada de deseo, de hambre; muy parecida a esa que me lanzan los peluqueros de Sandro cuando andan paseando por el centro comercial. Hay cierta gesticulación sospechosa, llena de histrionismo y femineidad, pero que provienen de un hombre, aproximadamente de unos treinta años.
Las pantallas son mis enemigas, éstas mantienen una lucha por ver cuál es la que arroja el número siguiente. Necesito que alguna de ellas me asigne el cuarto cubículo, por primera vez quiero ser atendido por un homólogo de los desatados peluqueros. La ansiedad se apodera de mí; pero del empleado público también, puedo ver cómo no me quita la mirada de encima, al tiempo que mordisquea sus labios.
Mi número ha aparecido en la pantalla y me ha asignado el cubículo cuatro. Es mi oportunidad; sólo debo ser amable, ser como aquellas compañeras de clase que eran ejemplares puticas interesadas que solamente me llamaban para que las incluyera en los trabajos.
─Hola, buenas tardes ─dije muy sonriente.
─Hola, toma asiento, ¿cómo estás?
─Bien vale, un poco acalorado… ¿Y tú? ─pregunté.
─Divino, ¿no me estás viendo? No te digo que te quites la corbata porque no quiero que salgas feo en la foto.
─…
─Cuéntame, ¿trajiste todos tus recaudos? ─preguntó, mientras se metía la borra del lápiz Mongol en la boca.
─Bueno, traje todo pero hubo un pequeño problemita, que espero me puedas ayudar a solucionarlo. Te explico: tu compañera de trabajo rayó mi planilla, alegando que mi cédula está vencida. Se vence en agosto, y como sabes, todavía no termina el mes. Para ella ya no existo en el planeta, ya perdí mi identidad como ser humano. Yo vengo de muy lejos, mi pana, se me hace difícil regresar otro día con una cédula nueva ─expliqué con tono de lamento y ojos enternecidos a propósito, consecuencia de unas lágrimas falsas que dejé nacer y asomar tímidamente.
─Chico, ¿pero tú no sabes que las cédulas se vencen? ¿Qué edad tienes tú, vale?─preguntó, y a la vez pasaba su dedo pulgar repetidas veces sobre la foto de mi cédula, como si la estuviese sobando.
─Tengo 28 ─respondí, mientras pestañeaba con magia y armonía, regalando el mejor ángulo de mis ojos.
─¡Niño, qué nota! ¡Te conservas exquisito!
Asentí con la cabeza, al tiempo que inspeccionaba disimuladamente mi alrededor, asegurándome de que no hubiesen testigos escuchando esta ridícula y comprometedora conversación de la cual era víctima. Ya el empleado había sido engatusado con mi impecable actuación, así que era momento de averiguar cuál sería el destino de mi planilla llena de grafito.
─Disculpa, ¿cuál es tu nombre? ─pregunté.
─¡Ay, pasado! ¿Me conoces desde hace unos minutos y ya me preguntas cúal es mi hombre? Tengo muchos, pero no le digas nada a mi novio…
─No, creo que me oíste mal; pregunté por tu nombre, no por tu hombre ─aclaré.
─¡Ah, bueno, así sí! Mi nombre es Ricardo, pero puedes llamarme Ricky.
─Ok, perfecto. Bueno, Ricardo, quisiera sa…
─Ricky.
─¿Cómo?
─Que me llames Ricky.
─Bueno, pero me dijiste que “podía” llamarte Ricky, es opcional, ¿no? Es decir, si prefería llamarte Ricardo podía hacerlo.
─¿Y por qué querrías hacerlo? Ricky suena más bonito y delicado; además, es el nombre de mi cantante favorito, un gran luchador por nuestros derechos. ¿No lo crees?
Caí en cuenta de algo: mi actuación había flaqueado. Mi masculinidad había saboteado a mi nuevo personaje; mi espíritu troll se imponía y estaba arruinando mi plan maestro.
─Por supuesto, Ricky, discúlpame. Claro que suena más cuchi y bonito tu nombre así. Además, ¿cómo no me va a gustar Ricky Martin? Él es nuestro líder; es el Chávez de nuestra causa, es un verdadero gay revolucionario.
─Sí, realmente lo es ─dijo Ricardo con orgullo─. ¿Cuál es tu canción favorita de él?
─Hmmn… Bueno, me gustan muchas, es una pregunta difícil, Ricky ─respondí, mientras se formaba una cara de molestia en Ricardo.
─No es difícil la pregunta, respóndeme.
─¡Coño, Ricky, no tengo cabeza para eso ahorita! Entiéndeme, estoy nervioso, me rayaron mi planilla como si fuese un crucigrama; la jodieron, Ricky, la jodieron.
─¡Ok, chico, pero cálmate, que te me va a dar un soponcio! Dame esa planilla para revisar ─dijo.
Ricardo guardó silencio, mientras mostraba una suerte de mirada detectivesca, como si analizara el expediente de un delicado caso.
─Esto es grave, Gabo… Te puedo llamar Gabo, ¿no?
─Sí, Ricky, por supuesto.
─Ok, perfecto. Esto es grave, pero no imposible para mí de solucionar. Imposible sería traer de vuelta al papacito de Freddy Mercury; pero esto… Esto sí tiene solución.
─¡Excelente, Ricky, qué bueno escuchar eso! ─exclamé.
─¿Lo de resucitar a Freddy? ─preguntó con emoción.
─No, lo de mi planilla.
─…
─¿Qué debo hacer entonces, Ricky?
─Bueno, dime tú, ¿cómo me pagarías el favor? ─preguntó, pasando su lengua por el labio superior.
─Ehhm… Puedo darte algo para que te tomes un café, ¿te parece?
─No, Gabo, no me parece. Tengo muy buenos beneficios trabajando para el gobierno, así que dinero para un café no me hace falta.
─Qué raro, por lo general a los chavistas les encanta la platica fácil, así sea para un café.
─Respétame, trabajaré para el gobierno , pero no soy ningún chavista lambucio, ¿ok?
─Ok, disculpa, Ricky, no quise ofenderte ─dije con lamento falso, por supuesto.
─Espero por tu respuesta, Gabito… ¿Cómo me vas a pagar el favor?
─Ricky, si no quieres dinero, no sé qué querrías; es decir, no te conozco, no sé cuáles son tus gustos.
─Me gustas tú, por ejemplo ─señaló.
─…
─¡No me digas que eres penoso! ─dijo en tono de burla.
─Sí, un poco.
─Dime algo, Gabo… ¿Eres activo o pasivo?
─Activo, Ricky. Me levanto bien temprano, salgo a trabajar todo el día y en la noche al llegar hago ejercicios ─dije.
─No te hablo de eso, tontico. Te lo pregunto de otra forma: ¿te gusta comer o ser comido?
─No, Ricky, no apoyo ningún tipo de práctica canibalista, pero respeto tu postura al respecto.
─Me estás haciendo arrechar, Gabriel. ¿Te gusta penetrar o que te penetren?
─Ya va, Ricky, creo que esto se está saliendo de control; discúlpame, pero vengo de una familia conservadora, no estoy acostumbrado a ir tan rápido.
─¿Qué quieres decir? ─preguntó.
─Que si realmente te gusto y quieres estar conmigo debes darme un tiempo e ir con calma. Ayúdame con mi problema, demuéstrame que puedo confiar en ti; luego conversamos por celular, te invito a cenar en un buen restaurante, nos conocemos bien, y de ahí, pues que la noche decida lo que será de nosotros. ¿Qué tal te suena esa propuesta? ─pregunté con total seguridad y serenidad, tomando nuevamente el control de la absurda situación.
─Me agrada tu propuesta, Gabito, es nice. Acepto, mi niño, y discúlpame por presionarte, por ser tan brusco, se ve que eres un chamo sensible.
Ricardo borró el grafito de mi planilla, ingresó mis datos al sistema y luego engrapó algunas hojas.
─Solucionado, Gabo, es hora de tomarte la fotico. Ponte por favor delante del pendón blanco que está al lado de la silla.
─¡Perfecto, Ricky!
─¡Gabo, no seas tan mamarrachito, vale! Ven, ponte el saco y déjame acomodarte esa corbata, está todo abierto ese nudo.
─…
─Me permites acomodártelo, ¿no?
─Sí, Ricky, adelante…
Algunas personas pudieron presenciar el cuadro. Sí, ése en el que me dejaba arreglar el nudo de mi corbata por el empleado público; el mismo que luego me quitó las pelusas del saco dándome palmaditas. Dejo claro a esas personas que recuerdo perfectamente sus rostros, así que no quiero volver a ver esos cuchicheos erróneos en la calle: podría ponerme violento.
─¡Listo, saliste como un príncipe! ¡Los ojos se te ven muy bonitos en la foto!
─…
─¡Ya hemos terminado el proceso, Gabo! ─dijo muy entusiasmado Ricardo.
─Excelente, Ricky, muchas gracias. ¿Ya entonces no hay forma de que me rechacen eso?─pregunté.
─No, Gabo, tranquilo que ya no te rechazarán nada por eso de la cédula; deberías recibir un correo en unos diez días en el que te dirán para que lo retires. ¿Cómo quedamos entonces? ¿Te llamo al celular que pusiste en tu planilla para que cuadremos nuestra cena?
─Correcto, contáctame por esa vía; ya verás que tendremos una bonita amistad, la pasaremos muy bien en nuestra cena ─dije.
Intentó despedirse con un beso, pero lo detuve a tiempo y le indiqué que no doy ni siquiera beso en el cachete en mi primer día, que esperara y tuviera paciencia. Él nuevamente dijo que yo era un chamo muy sensible.
Llegué a la casa agotado y con dolor de cabeza, no es fácil ponerse a hablar tanta mariquera junta por un jodido pasaporte. Me bajé los pantalones en el baño, mientras sostenía la cédula vencida entre los dedos. Recordé que no había cagado en todo el día, y eso colabora sustancialmente a ese dolor de cabeza al final de la tarde. Mientras defecaba, comencé relajadamente a sacar el sucio que se escondía bajo mis uñas con la cédula. Estaba orgulloso de mí, debo confesar, no siempre se hace una diligencia con el Estado en el primer intento. Guardé la cédula en el bolsillo del pantalón, y en el mismo viaje, aproveché y saqué el celular. Ya tenía un mensaje en él: “fue hermoso conocerte, Gabito”. Ni me molesté en apagar el celular, quité la tapa y saqué la batería sin el menor cuidado. Extraje la tarjeta SIM y la sostuve con los dientes. Me limpié el trasero, me puse de pie y lancé la tarjeta a la poceta, clavándola en un mojón que logró asomar parte de su cuerpo; luego bajé la palanca y sonreí viendo cómo desaparecía entre aguas turbias.
Luego vino una espera llena de suspenso. Por momentos creí que no me procesarían la solicitud, que no llegaría ningún mensaje; pero debía creer en la palabra de Ricky, todo saldría bien. A los nueve días me llegó un correo electrónico que indicaba que pasara por la oficina a retirar mi pasaporte.
─Tome, Sr. Núñez, aquí está su pasaporte ─me indicó una amable señora─, fírmeme en esta casilla como constancia de recepción.
─Perfecto, muchas gracias ─dije mientras firmaba─. Aquí tiene, hasta luego.
─¡Gabooooo! ¡Chico, te he llamado como loco todos estos días y nunca me cae ese teléfono! ─gritó Ricardo en el medio del recinto, sorprendiéndome, frustrando mi plan de escape ninja silencioso.
─Épale, viejo…
─Entonces, Gabito, ¿qué pasó con tu celular?
─Nada, Ricardo, sólo que mi línea debe estar nadando entre canoas de mierda en el Río Guaire… Sólo eso.
─¿Ricardo? ¿Por qué no me dices Ricky?
─Porque no tengo interés en hacerlo; y aprovecho la oportunidad para aclararte: no tengo ninguna canción favorita de Ricky Martin; siendo sincero, Ricky Martin apesta exponencialmente, tanto como el mojón de mierda que cagué y dio santo sepulcro a mi antigua tarjeta SIM que tuve que sacrificar por tu culpa. Soy activo, me gusta es penetrar, pero a una buena vagina bien mojada y caliente; y soy de los que come, pero a un buen par de tetas y nalgas bien sudadas. Si te gusto, efectivamente debes ser paciente y darme un tiempo prudencial no menor de ochenta años, que garantizan que ya no existiré y me resultará imposible asistir a nuestra cita. Soy un tipo de palabra, así que toma un cupón de descuento de Wendy’s, para que vayas y te comas la cena de la que hablamos, es válido para canjear por un Wendy’s Lunch.
Menos mal que Ricardo tenía compañeros solidarios y con hombros empáticos para darle apoyo… Hubiese sido inhumano de mi parte haberlo dejado llorando solo.
Gabriel Núñez
Etiquetas: a los tickets de metro se le doblan las puntas en la segunda sacada de sucio de las uñas, creo que el saime es una de las pocas vainas que sirven del gobierno, cuando me toque renovar el pasaporte ire a otra oficina por si acaso, gobierno bolivariano de venezuela, las cedulas sacan mejor el sucio de las uñas, revisa tu cedula se vence el primer dia del mes de vencimiento

