Divagaciones sobre Aruba…
Cuando la revisaba en Google Maps se veía pequeña. Juraba que era tan minúscula que la recorrería con Elena a pie. Esto fue bien soñador de mi parte, ya que en persona la vaina es otra historia. No es que sea imposible, pero vamos, te costaría unos buenos callos en los pies y unos cinco potes de protector solar.
Llegamos al Holiday Inn. Nos quedamos en la habitación más económica, pero haciendo honor al pelabolismo y la inocencia, debo destacar que jamás me había quedado en un sitio con tantas comodidades juntas. Teníamos nevera, cama king, televisor lcd de 32″, caja fuerte, sofá cómodo para leer -u otras cosas-, mesa redonda con dos sillas, un balcón con dos sillas de mimbre y otro pequeño mueble para poner los pies y descansar. No puedo dejar de mencionar algo destacable: mesa de planchar y una plancha. Elena vio unos videos de gente que doblaba la ropa con una técnica especial para que no se arrugaran en la maleta. Nada de eso sirvió, toda la ropa llegó como un origami. Así que bueno, se pueden imaginar: yo planchando en las noches antes de salir y Elena burlándose por mi neurosis con las arrugas en la ropa.
La vista del balcón era una de las cosas que más disfrutábamos de la habitación. Déjenme contextualizarlos: sitúense en el medio del balcón, con la mirada al frente. Luego agréguense algo de estrabismo. Bueno, con el ojo izquierdo mirarían al C.C. Paseo Herencia y a las pulcras aceras del Palm Beach, adornadas por áreas verdes bien cuidadas. Con el ojo derecho, que debe dar mucha grima verlo porque está desviado y situado en todo el rincón que apunta a la oreja del mismo lado, verían la espectacular playa de Palm Beach, con una arena ligera y clarísima, que permanece custodiada por mayúsculas palmeras inquebrantables ante la dura y fresca brisa.
Nuestra habitación fue la 5756. Si algún día van y les toca esa habitación, ya saben que estuvimos ahí. Hay restos de nosotros esparcidos en todo el cuarto; atención especial al sofá y la cama. Con suerte, si no tienen gripe y olfatean con detenimiento, podrán oler nuestro sudor impreso en las telas.

El clima de Aruba es sencillamente espectacular. Fuertes vientos alisios se encargan de mantenerte refrescado en todo momento. Pero a su vez el sol también se encarga de atacarte en cada minuto, es traicionero. Hay que estar pendientes con eso; la temperatura de Aruba es de “cazabobos”: no sudas, no tienes calor, pero en tres horas ya sufres una insolación si no te cuidas.
Creo que muchos gringos, y sobre todo los ingleses, disfrutan insolarse. Me parece que les hace sentir vivos; además, es como un juego entre ellos, para ver a quién le salen llagas en la piel más rápido y quién logra el gran premio cancerígeno de la misma. Son artimañas para sazonar la cómoda vida del primer mundo; tenerlo todo en algún punto resulta aburrido y luego hallan divertido jugar con la muerte. Hay ancianas inglesas que se pasean alegremente con el pellejero al rojo vivo, con todos sus receptores sensoriales muertos, fruto de muchas vacaciones tropicales a lo largo de sus vidas. Pudieses quemarlas en una hoguera y no sentirían dolor ni sufrimiento alguno.
El sol de Aruba no es normal. Ese no escupe rayos ultravioletas: escupe son rayos gamma. Puedes estar con una chaqueta puesta, pero si no te echaste protector igual terminarás insolado. Lo digo con propiedad, ya que al segundo día de estar en la isla noté algo raro al bañarme: mi pene y mis testículos estaban morenos, casi negros. Llamé alarmado a Elena y ella misma lo confirmó: me los había bronceado teniendo el short puesto. Así que el resto del viaje me coloqué protector hasta en el glande. No gastes en jabón y champú, tan solo báñate en protector solar y listo.
El idioma oficial de Aruba es el papiamento. El papiamento es un gran batido con palabras de origen holandés, español, inglés, portugués, la lengua indígena arahuaca y diversas lenguas africanas. Teorías indican que el papiamento estaría basado en un criollo africano-portugués que los esclavos llevaron de África y posteriormente fue evolucionando con el tiempo. Si uno presta mucha atención cuando ellos lo hablan, uno puede entender ciertas cosas que dicen. Así que, si algún arubeño está leyendo esto, pues tenga cuidado cuando hable mal al frente de algún hispanohablante, ya que no es tan blindado el batido lingüístico.
Todos los arubeños hablan perfectamente inglés. La mayoría de ellos también machuca el español sin problemas; aunque hay otros cuantos que solo saben palabras básicas. No sé si será la edad, pero con el tema del idioma me he vuelto intransigente, purista y ridículo. Puedo machucar con torpeza el inglés hablándolo; leyéndolo no presento problemas, aunque me da una flojera enorme. Si puedo conseguir ese texto en español, pues mucho mejor, acudo a este. Hace años disfrutaba aprender inglés e investigar cosas de ese idioma por mi cuenta, pero no sé, en algún momento del camino me puse obtuso con el tema y marqué posición: tengo toda mi vida hablando español y no domino mi propio idioma de la forma que deseo. Es más, si todos fuésemos sinceros, reconoceríamos que moriremos sin lograr dominarlo con belleza, con elegancia, con arte; conociéndolo hasta lo más profundo, saboreando su vasta riqueza. Yo no quiero saber un idioma: yo quiero es someterlo, controlarlo.
Fui conociendo personas que hacían cursos de inglés, italiano o cualquier otro idioma; sin embargo, escribían con errores garrafales e imperdonables palabras de su propia lengua materna, el español. Hasta hablando son un desastre, y permanecen moviéndose con las mismas palabras y muletillas, quedándose minusválidos con frecuencia al querer expresar lo que piensan. Quieren decir algo, pero ni saben cuáles palabras definirían lo que piensan abstractamente.
Ese pequeño detalle hizo que le perdiera un poco de importancia al asunto del “hablar” inglés con perfección. Obviamente, es un idioma que no subestimo, sería un tonto si lo hiciera. Está más que claro que es el idioma oficial y estándar del mundo globalizado. Pero en el contexto que vivo, pues me preocupa más seguir mi relación amorosa con el español, aprendiendo de él cada día, y así no machucar dos o más idiomas. De nada me sirve “hablar” italiano, inglés y español, si en los tres soy una cagada y no hay nada de estilista en su uso. Ya estoy viejo, lo sé.
El asunto es que Elena sí practicó mucho su inglés. Si le hablaban en inglés, pues ella respondía en ese idioma; y vaya que se le oía con buena pronunciación. Allá todos por defecto le hablan al turista en inglés, ya que, obviamente es lo predominante en la isla. Pues bien, yo de rebelde respondí siempre en español a todos. Es más, recuerdo que en la playa se me acercaron dos gringas pidiéndome que les tomara una foto. Yo respondí: “Dale, no hay problema, pónganse”. Ellas se miraron extrañadas y riendo, asumiendo que se las tomaría. Luego agregué: “¿Quieren que se vea el sol en el fondo? ¿Es importante?”. Ellas recalentaban sus cerebros procesando lo que les pregunté. “Sí, poquito importante…”, fue la respuesta de una de ellas. Perfecto, así sí nos entendemos, las arrastro a mi idioma, las hago sentir lo que sentimos nosotros cuando agudizamos los oídos para descifrar lo que ellos nos dicen con tanta fluidez y despreocupación. Tomé la foto y les dije: “Quedó de pinga, vale”.
En otra ocasión queríamos saber si podíamos cruzar en una esquina para así llegar a un centro comercial. Vi una señora mayor que limpiaba las mesas que estaban afuera de su local, así que me acerqué a preguntarle:
─Hola, señora, buenas tardes.
─Hello, sir.
─Ok, una pregunta: ¿será que si cruzamos en esta esquina podemos empalmar al centro comercial de allá?
─…
Todavía recuerdo la cara de ponchada de la señora y me río. ‘Empalmar’, panas, ‘empalmar’. Elena reventó en carcajadas, diciéndome que cómo pretendía que una señora que ni supo saludar en español iba a saber el significado de esa palabra.

En todo el viaje solamente vi a siete perros. Dos eran de raza; cinco eran callejeros, pero con estilo y preocupación por estar limpios ante los humanos. Son perros metrosexuales, pues. Lo que sí abundan son iguanas. Son amigables y atentas, como las personas de la isla. Presumo que algunas han sido inyectadas con esteroides, ya que se les ve corriendo por las aceras con bastante vigor, dando algunos coletazos al aire. Son como cocodrilos bebés, pero no se meten con nadie. ¿Será que algunas se metieron a carnívoras y se andan comiendo a los perros?

Hablando de comida, con este tema nos costó un poco adaptarnos. Aruba, como ya deben imaginar, te hace sentir en parte como si estuvieses en Estados Unidos. Por todos lados oyes y lees inglés. Pero también por todos lados ves negocios estadounidenses o locales con la comida predilecta de ellos. Es obvio, deben adaptarse y complacer a la mayor parte de los turistas. La comida del hotel tiene buena presentación y es económica, pero es totalmente insípida. Ocurre con varios locales también. Es como si soltaran a cocinar la carne pero sin adobarla aunque sea con sal.
Eso nos ocurrió solamente los dos primeros días, ya luego ubicamos locales con sabores geniales. Al tercer día yo era un gringo más. No porque hablara inglés, sino porque comía como uno ejemplar. Mi desayuno hipercalórico predilecto fue repetido durante cuatro días. Se llamaba ‘Grand slam’, y estaba constituido por tostadas francesas, dos huevos fritos, tocineta bien tostada, maple, mermelada de fresa, mantequilla y jugo de naranja. Vaya que extrañaré el dulce sabor de estas tostadas bañadas en maple. Elena dice que las aprenderá hacer y me las preparará.

Investigaciones que hizo Elena antes del viaje indicaron que el agua podía tomarse directamente del grifo, sin hervir y sin representar peligro alguno para su consumo. El agua potable de Aruba se obtiene del mar y es destilada a través de una planta desalinizadora, la segunda más grande del mundo, por cierto. Antes de tomármela, quise conocer la opinión de alguna arubeña. En nuestra primera noche de paseo abordé a una empleada anoréxica de una pequeña farmacia.
─Disculpa, ¿es verdad que se puede tomar el agua directo del grifo?
─Bueno… sí ─me respondió.
─¿Y tú lo haces?
─No…
─Ah, eso era lo que quería saber.
No tomamos agua directamente del grifo del baño, pero tampoco compramos agua todos los días. Al día siguiente descubrí que había un bebedero al lado de la playa del hotel. El sabor del agua era genial y salía bastante fría. Desde ese momento, todas las noches bajábamos a llenar nuestros cuatro potecitos de agua vacíos. Ya nos conocían los empleados, éramos los únicos pendejos que bajaban en la madrugada abrazando sus potes.
Si eres hombre, estás medianamente en forma y te gustan las mujeres bien maduras, pues te informo que Aruba es para ti. Las mayores de edad son pura picardía y libido a chorros. Elena y yo estábamos en una perfumería ubicada en el centro de Aruba, revisando cuál fragancia podíamos regalarle a nuestros padres. De repente suena “Ai se eu te pego” y la atención recae en una empleada como de sesenta años, que baila la canción y se toca sus senos marchitados mientras cierra los ojos y pasea la lengua por su labio superior; flexionaba ligeramente sus piernas al ritmo de la música, como cuidando alguna posible fractura. Escogemos tres perfumes y nos dirigimos a la caja a pagar. La bailarina se ubica a mi lado izquierdo, como a la espera de que efectivamente cancelaramos lo que agarramos. La tarjeta pasa sin problemas y la cajera le entrega a Elena el recibo y la factura. De repente la sexagenaria dirige su mirada a Elena y dice: “Tú me vas a disculpar, ¿sí? Con tu permiso”. Elena y yo automáticamente miramos la factura y el recibo que reposa al lado de los perfumes, como tratando de investigar cuál es el problema. Acto seguido siento que alguien me está masajeando el brazo izquierdo. La persona me estaba tanteando cada rincón del brazo, y luego aumentaba la intensidad del tacto y amasaba con esmero el bíceps. Enseguida sospecho de Elena, pero de inmediato veo sus dos manos sobre el mostrador. Ninguno de los dos entiende lo que ocurre. Me miro el brazo y lo que veo es la mano de la vendedora sobándome con ojos saltones. La miro a los ojos sin poder decir nada. Ella únicamente dice: “Mucho entrenamiento, ¿no?”, mientras con la mirada me invita a dejar a Elena abandonada en la perfumería y así poder llevarme al depósito a enseñarme una fragancia personal que tiene guardada desde hace un buen tiempo. “Un poco, sí”, fue lo único que alcancé a responder.
Como ven, atacan frontalmente, sin importar que esté tu pareja. Eso sí, son muy educadas y piden permiso antes de tocarte, bajarte el cierre y ponerte el condón.
A los dos días volvimos a la perfumería, ya que era la única que encontramos con precios libres de impuestos. «¡Oh, el chico de los ‘muscles’!», dijo salivando la empleada al percatarse de mi llegada, estudiando qué tocaría en esta oportunidad.
La cerveza de Aruba es la Balashi. Su sabor me recordó a una Polar Pilsen, aunque un poco más robusto era, en mi opinión. Una noche estábamos paseando por Palm Beach, viendo los negocios y conociendo bien todo lo que teníamos cerca del hotel. Llegamos a un punto al lado de Señor Frog’s en donde se reúnen diferentes artesanos a vender sus piezas. Conocimos a un ecuatoriano bien simpático, con el que hablamos por más de una hora, me parece. Al darnos cuenta de que el tiempo se nos había pasado volando, decidimos despedirnos y ver qué podríamos cenar. Lamentablemente ya se acercaba la medianoche, así que todo lo conseguíamos cerrado.
No quedando más opción, fuimos al restaurante del hotel, al lado de la piscina y la playa. Pedimos una hamburguesa, unas quesadillas y dos cervezas. Yo me atraganté la hamburguesa y las papas fritas como en cinco minutos. Comencé a tomar la cerveza pero ya la barriga la tenía inflada. Elena no toma cerveza. De hecho, jamás se había tomado una conmigo. Cuál sería mi sorpresa al ver que las quesadillas andaban por la mitad, pero su cerveza a punto de acabar. “Ok, creo que estoy ebria, auxilio”, fue lo que dijo con los ojos un poco achinados y riéndose sola. Siendo solidario decidí regalarle más de la mitad de mi cerveza. Ella se negó. Pero igual apenas me descuidé y seguí hablando, se la bebió.
Pagué la cuenta y nos fuimos a la habitación. En el trayecto Elena requirió de mi ayuda, ya que se tambaleaba y no lucía muy segura de sus pasos. Me metí a dar una ducha para acostarme fresco. Qué bueno el chorro de esa ducha, carajo. Toallas de tres tamaños y en cantidades generosas: una para el cuerpo, otra para los pies y otra exclusivamente para el pene. Estos panas piensan en todo, coño. Salí del baño a los quince minutos, pero me frené con lo que vi al lado de la cama: Elena estaba de pie, en medio de la penumbra del cuarto, dándome la espalda. Su jean estaba tirado en el piso, cubriendo los zapatos. Solamente llevaba puesta su ropa interior. Tenía en sus manos una blusa de dormir azul, pero que no hallaba la forma de ponérsela. Andaba con movimientos en cámara lenta, intentando localizar el cuello de la misma. Pasaban los segundos y ella no lograba solucionar el enigma de la blusa. Elena estaba ebria, necesitaba socorro.
Los borrachos son como bebés. Pierden la razón y el juicio. Sus reflejos se retardan. El habla y la coordinación muscular son víctimas inmediatas del trago. La percepción de la profundidad y la visión nocturna son otros de los elementos deteriorados en el corto plazo. Esto era lo que le ocurría a Elena.
Yo ayudaría a cualquier borracho que ande pasando trabajo. En una ocasión le pagué un taxi a uno, ya que ni sabía en dónde había dejado estacionado su carro. A otro amigo le brindé una arepa en la madrugada. Luego la vomitó. Con Elena no podía ser diferente. Más bien por ser mi novia, yo tendría que ser más solidario que nunca. Me acerqué lentamente y la abordé por detrás. Tenía dos opciones: o agarraba la blusa y se la ponía para que se acostara a dormir y se recuperara; o yo me quitaba la toalla, la despojaba de su ropa interior, la lanzaba a la cama y yo mismo me encargaba de recuperarla. Me fui por la segunda opción, por supuesto.

Aruba es un destino perfecto para que vayas con tu pareja. Pudieses ir solo, claro, pero seguramente terminarías besándote con una iguana y masturbándote al lado de una palmera. Pudieses ir con amigos, únicamente en plan de amistad; pero debes estar consciente que terminarán haciendo una bestial orgía en la habitación cuando llegue la noche y el alcohol. Aruba reúne todas las variables del medio ambiente, y las prepara para que todo sea perfecto y de ensueño. Es imposible que algo falle, tienes todo para desconectarte de la rutina y el caos cotidiano. Playas con todas las tonalidades posibles del azul. Arena que parece harina. Cielo azul que en pocas ocasiones permite que pase alguna nube. Seguridad, orden, limpieza, hospitalidad, honestidad y tranquilidad. Un jodido paraíso a solo 45 minutos de aquí.
Venezuela nos ha hecho un gran daño: nos hace ver ridículos cuando viajamos a algún país donde se le brinda al ciudadano seguridad y respeto a la vida. Nos dicen con insistencia que podemos caminar tranquilos en la madrugada por donde queramos, que salgamos a pasear por la isla. Nosotros ponemos cara de pendejos y pensamos que se están burlando de nosotros. Paseamos y vemos un carro estacionado con el vidrio abajo y nos sorprende que el dueño haya sido tan imprudente y desconsiderado con su automóvil. Los que están a nuestro lado en la playa son unos ingleses, ellos dejaron sus bolsos, cámaras y zapatos abandonados en la arena; caminan por toda la costa, regresan a la media hora sin preocupación alguna, encuentran todos sus bienes materiales como los dejaron. Nosotros nos metemos al agua y amarramos todo a un tronco que está enterrado en la arena. Luego nos ponemos a nadar y a relajarnos, pero de forma involuntaria volteamos a corroborar que nuestras cosas siguen ahí a cada minuto. Qué idiotas nos vemos. Nosotros nos sorprendemos por poder caminar por las aceras luego de tomarnos un café a las 11 p.m.; por poder bañarnos juntos en la playa y no tener que turnarnos para cuidar nuestras pertenencias; por ver a un hombre mayor que persigue una servilleta que se le voló de la mesa con la fuerte brisa, y no descansar hasta capturarla y echarla a la basura.
Sí, todo eso y más nos sorprende; y a ellos les sorprende que a nosotros nos sorprenda.
Pero uno se acostumbra rápido a lo bueno, así que no tardamos mucho en relajarnos y librarnos de la paranoia que nos acompaña desde que nacimos en Venezuela.
Allá los choferes se pelean por ver quién es el que dará primero el paso al peatón; frenan apenas ven que pones un pie en el asfalto, te hacen cambio de luces para que pases con confianza. Aquí se arrechan cuando tú te atraviesas caminando con calma por tu línea de peatón, con la luz roja para ellos; te lanzan el carro y buscan volarte la rodilla con el parachoques. Luego te mentan la madre por haberles hecho bajar la velocidad.
No logro entender a los chovinistas intensos. Por ahí hubo uno que me dejó un comentario, cuestionando el que prefiriéramos gastar nuestro dinero vacacionando en el extranjero y no en Margarita, “La perla del Caribe”, como él la llamó.
A él le respondo: sí, amigo, preferimos tajantemente gastar nuestros ahorros en Aruba. En la actualidad Margarita es conocida como “perla del Caribe” únicamente porque ofrece al mundo un cúmulo de perlitas y joyas que esperan ansiosas la llegada de los turistas para robarlos; no importa si el turista es del mismo país o extranjero. Si tú vas con tu pareja a Playa El Agua, sería bastante osado y retador que ambos se bañasen juntos, dejando tus pertenencias solitarias en la arena. En Margarita no te perdonan ni la toalla de Tazmania. Ya hasta aplican una modalidad en la que no importa que esté toda la familia sentada tomada de manos agarrando sol y protegiendo sus posesiones; de repente viene corriendo una horda de malandros playeros en chancletas que van arrebatando lo que encuentran a su paso, lanzando coñazos al que se resista y dejando la mandíbula de todos dislocada de susto y sorpresa. Un maldito tornado hamponil fuera de control, que se lleva hasta el hielo y el Coppertone.
Por consiguiente, mi estimado amigo, sería un temerario masoquista si escogiese a Margarita, pudiendo costear en esta ocasión a Aruba. Tíldenme de apátrida o de sifrino, pero viajar es sumamente costoso para estarle regalando mis ahorros a una cuerda de irracionales parásitos que no saben vivir en sociedad.
Además, una semana en el Laguna Mar, en Margarita, cuesta aproximadamente unos diez mil bolívares. Yo lo siento mucho, pero yo prefiero poner dos mil bolívares más y pagarme el hotel en Aruba. Y eso es si calculamos a dólar negro, porque si tomamos el oficial, me sale más barato salir del país. Margarita ya es Caracas, solo que con playas. Allá la delincuencia usa bronceador y cholas Crocs; acá franelilla y botines Nike.
De igual forma eres libre de seguir defendiendo revoluciones. Te felicito por el patriotismo acartonado. Yo no apoyo lo nacional por racionalizaciones estúpidas: yo apoyo lo bueno y punto, venga de adentro o venga de afuera; y critico lo malo, sin importar su origen. Sin embargo, tienes total libertad de preferir a tu “perla del Caribe”; quiérela y disfrútala, pero no olvides llevar una unidad de Transvalcar para que te escolte y cuide tu cava mientras te bañas con tu pareja.

Pero, Aruba, en parte tú también me has hecho algo de daño. Me escupes de vuelta a la rutina, al caos, al ruido, a la viveza criolla, a la inseguridad y la supervivencia. Me dejas con una nostalgia colosal. Con un centenar de momentos que no dejo de rememorar y extrañar desde que llegué. Me diste una semana completa de paraíso para disfrutar con Elena, sin limitaciones, sin necesidad de tener la guardia en alto. Nos obligas a reunir, a pasar un año nuevamente detrás de un escritorio. Los momentos inolvidables generalmente son los costosos, pero vaya que valen lo que cuestan.
Hace dos semanas nos encontrábamos caminando llenos de emoción, disfrutando de nuestro primer día en la isla; hoy, en cambio, cada uno está en su casa alistando lo que será llevado de almuerzo para el trabajo. Luego pondremos la alarma que sonará a las 5:30 de la mañana. Y antes de dormir, tan solo nos queda recordar.
Gabriel Núñez
Etiquetas: aruba te extraño, Aruba te violamos como nos dio la gana, creo que sirvo para promocionar turismo en mi país, gracias por todo Cadivi, margarita te ofrece las más bellas joyitas y perlas, no es apoyar lo nacional por apoyar, si llevas toalla de Tazmania a Margarita ponle candado


