La vida no es así de fácil

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Raúl estaba en lo cierto: el patio del salón de fiesta era un charco de sangre en el que se confundían las prendas de Daniela y sus órganos blandos. La vaina era un completo desastre, y el calor de mierda de ese mediodía lo hacía aún más desagradable.

Él sabía de mi historia con ella, así que en el mensaje me advirtió que ni por el carajo fuese a asomar mi cabeza por ese lado de la cuadra, ya que todas las amigas de ella estaban conglomeradas en la puerta del edificio y ya mi nombre había sido traído a colación.

Y no es mi culpa, en serio.

Aquella noche nos estábamos colando en una fiesta en La Urbina. Yo me encontraba un tanto borracho y, apenas entré, un rostro que nunca había visto me agarró del brazo y me dijo que pasaría la noche bailando conmigo. Peor borrachera debió haber sido la de ella, de tan solo pensar que yo era capaz de bailar más de dos canciones seguidas.

Ella no lucía nada mal. De hecho, algo extraño ocurría en mí y mi cabeza se estaba moviendo al ritmo del merengue. Sonaba «25 horas», de Proyecto Uno, y sentía una necesidad vergonzosa de bailarla. Apenas cruzamos la entrada del salón de fiesta la tomé de la mano y nos perdimos entre la multitud maloliente y vaporosa.

Por fortuna, bailo mejor borracho que sobrio; así que, aferrándome a esa delicada cintura, iba repasando y sacando del baúl mis mejores vueltas y habilidades en el tema del baile, las cuales son bastante pobres.

Daniela se mareó, supuestamente, en una de tantas vueltas que dimos, así que me dijo que iría un momento al baño.

—Eso es paja, marico, es una punta que te está lanzando para que la alcances en el baño —dijo Raúl mientras se servía más ron en el vaso de plástico y un ojo se le iba para un costado.

—¿Tú dices, bicho? —pregunté, para luego tantear las caras del resto de mi grupo y sacar conclusiones.

Solamente un borracho se atrevería a seguir los consejos de otros borrachos. Así que, saqué una tarjeta de teléfono de la cartera para abrir esa puerta y, abriéndome paso entre la multitud sudada, me dirigí al baño donde ella, según mis panas, me esperaba con su cabeza y brazos recostados en la tapa de la poceta, y sus nalgas abiertas, felices, dándome la bienvenida y aplaudiendo para que las tomara.

En efecto, Daniela se encontraba con la cabeza recostada de la poceta, pero no desnuda, sino vestida y vomitando hasta la última lata de cerveza que se había bebido.

—¡Mierda!, ¿qué haces acá, Gabriel? Ay…, coño, estoy terrible, chamo…

—Vine para saber cómo te encontrabas y si necesitabas ayuda. Me agaché y me puse al lado de ella. Comencé a sobarle con suavidad la espalda.

—Me encuentro jodida…, pero nada, dame cinco minutos y te veo afuera, gordo.

—No, tranquila. ¿Sientes que te queda aún por vomitar?

—Creo que no, he vomitado cuatro veces ya. Mierda, me siento demasiado débil, chamo…

—Bueno, ya pasó. De igual forma no tomes más alcohol por hoy —le dije, mientras que, con la torpeza de mi ebriedad, acariciaba su suave y blanco brazo con el dorso de mi mano.

Y entonces ella tenía una mirada asustada que provenía de unos ojos hinchados, consecuencia de sus incesantes vómitos. Su cabello negro estaba empapado y algunas hebras caían y tapaban la mitad de su rostro. Me miraba vulnerable, indefensa…, era una perrita callejera a la que habían apedreado injustamente, por pura maldad; pero también pude encontrar esos ojos que, al comienzo de la noche, se mostraron emocionados y hambrientos al verme por primera vez. Y no sé, pero toda la escena me estaba resultando placentera.

—Gordo, ¿qué haces? Acabo de vomitar y estoy toda asquerosa… —me dijo y frenó mi lento acercamiento a sus labios.

—No te enrolles por eso, me gustan los sabores amargos e intensos —le dije al oído—. Imagínate que mastico granos de café a veces cuando me da ladilla prepararlo.

Desvié a un lado su mano que me frenaba y comencé a besarla. Y ella desvió su pudor y aceptó entregarme su boca.

Mi franela Quicksilver regaló su vida por ese gran momento, así que fue la base protectora que cubriría la tapa mojada de la poceta. Me senté sobre ella y, tomando a Daniela por sus nalgas sudadas, le guié el camino para que viniese a recibir un poco de suero.

¡Pero por supuesto que merecía verla por última vez! O bueno, lo que quedaba de ella en el piso.  ¿Quién me iba a negar ese derecho? ¿Sus amigas? Pues se pueden ir al carajo todas. Yo tuve algo con ella. Yo tiré con ella. Yo, más que una cuerda de histéricas que compartían chismes y lo ocurrido en el nuevo episodio de Friends, tenía el absoluto derecho de verla. Pero claro, aparentemente desde hace décadas el acto sexual no tiene nada de trascendental. Murió, ha perdido toda su belleza poética.  O lo mataron. Hace pocos meses mi carne había estado metida en el conducto más importante y caliente de ella; sin embargo, eso no significaba nada para sus pendejas amigas.

Tirar solía ser una línea que, una vez cruzada, desencadenaba un estallido de pensamientos y sensaciones, en el que se engendraba una complicidad secreta entre dos personas que compartían un evento privado sin trapos ni pudor; donde cada uno podía descubrir cómo eran y cómo olían los genitales del otro. No es cualquier vaina, me parece.

Pero actualmente no es más que una chaborra mal alimentada de trece años que espera en un rincón del patio con los pantalones hediondos a orine a medio bajar, mientras una rueda de cinco carajos de quinto año se turnan para cogérsela y brindarle una empanada y una malta a los quince minutos. Tirar ya es un acto sencillo, banal; una simple tontería que se ejecuta en menos de dos minutos y no deja huella alguna en ninguno de los involucrados.

—¡Tú me tienes que estar jodiendo, Gabriel! —dijo Carla, su mejor amiga—. ¡El coño de tu madre, es que eres increíble! Venir con tu cara bien lavada luego de que esto ha ocurrido. Todo esto es tu culpa, maldito, la usaste y la dejaste, sabiendo lo mucho que ella te quería.

Pero nuestra historia es más compleja que un «la usaste y la dejaste»

Al terminar de tirar en ese baño, Daniela me dio un beso y metió su número de casa en mi bolsillo. «Llámame, gordo…, y gracias por esta noche tan divertida», me dijo.

Era el momento de celebrar mi triunfo, así que fui adonde estaba mi grupo. «Ni pregunten qué pasó con mi franela, ¿alguien tiene un sweater?», pregunté riéndome.

Raúl tenía escondida una botella de ron barato detrás de un matero, y la levantó diciendo que debíamos brindar por la amistad y las ronchas que nos pasaban. No sé a cuáles ronchas se refería, mi vida para entonces era solo sinónimo de logros; sin embargo, tomé un par de ellos y no recuerdo cómo terminó la noche… O cómo terminé en mi casa, durmiendo con la ropa puesta.

Desperté y sentía incesantes patadas de sangre en mi cabeza que iban al ritmo de mis latidos. La ventana estaba cerrada y mi cuarto apestaba a alcohol. Eran las dos de la tarde. El recuerdo de Daniela se mezclaba entre las galopadas de sangre en mi cabeza. Fue una buena noche.

Dormí tres horas más y a golpe de siete salí a comer a Subway con mis panas.

—¿Y qué pasó, ya la llamaste? —preguntó Raúl, mientras una tira de pimentón verde se asomaba saludando por su boca.

—Todavía no. Puede que mañana le eche una llamada para ver cuándo quedamos —contesté.

—Andaba jodiendo, marico, ¡qué coño vas a estar llamándola!

—¿De qué carajos hablas? ¡Por supuesto que voy a llamarla!

—¿Hablas en serio, marico? —preguntó mientras paseaba su mirada por las otras tres caras de los panas que nos acompañaban.

—De bolas que hablo en serio, ese culo estaba bueno, ¿por qué no habría de llamarla?

—Marico, tú sabes bien que podemos agarrarnos chenchas, pero solo por una noche de curda está bien; más de eso, no tiene sentido —argumentaba Raúl, rescatando una aceituna negra llena de mayonesa que se había caído en la mesa, para luego enterrarla en un colchón de alfalfa que sobresalía del pan—. No lucías tan vuelto mierda, Gabo, pero…, aparentemente lo estabas, ¿no?

—Coño, yo andaba prendido, pero bien claro de todo, pues. Me jodí es luego de tomar el ron de mierda ese que sacaste al final. Somos pelabolas, pero podemos pagar cosas mejores, creo.

Todos se miraron las caras, y luego de unos segundos de complicidad, las carcajadas al unísono lograron opacar a Kylie Minogue, que gritaba a todo volumen desde un radio de la cocina del local.

—Ja, ja, ja, ja…, marico, tú de pana estabas peor de lo que pensaba —dijo Daniel, y seguía riendo y secándose las lágrimas que se enterraban en los restos de salsa que bordeaban sus labios.

—¿Qué pasó? ¿La cagué en algún momento y no me dijeron nada, malditos?

—Normal, marico, no eres el primero que se lanza una gorda; pero de ahí a querer llamarla de nuevo y repetir el plato, hay mucho.  

—¿Era gorda? ¿De qué coño hablas?, recuerdo perfectamente como era.

Y fue un momento terrible, les confieso, porque se cruzaba por mi cabeza la triste idea de que mis panas sentían una terrible envidia por mis logros.

—Si lo recuerdas perfectamente, llámala y no pasa nada, marico; eso sí, ve preparado para que te lleves una buena sorpresa —dijo Raúl, sonriéndome y apuntándome con la mitad del pan que le quedaba.

La seguridad con la que hablaba me hizo descartar de inmediato la hipótesis de la envidia; cosa que me preocupaba incluso más, ya que ponía sobre la mesa algo peor que una falsa amistad mantenida por muchos años: el aterrador hecho de que había sido víctima de alguna clase de monstruo la noche anterior.

Terminamos de comer en silencio. En nuestra mesa flotaba un sentimiento de tragedia y pena, que por momentos chocaba con una canción de Natalie Imbruglia que se negaba a morir ante el ruido de la gente hablando.

Yo tenía cosas más importantes que hacer al terminar de comer, por supuesto. Dije que me estaba cagando y que iría a casa, que luego los alcanzaba por ahí en la cuadra. En verdad me cagaba, pero principalmente quería era ubicar el número de Daniela y llamarla.

Me contestó una señora, que por el tono tan amable que puso al escuchar a un hombre al otro lado de la línea preguntando por su hija, supe que mis amigos estaban en lo cierto: la había cagado. Solo una madre preocupada por el futuro y la salud sexual de una hija impresentable podría tener tal amabilidad ante la voz de un desconocido.

Daniela contestó con voz un poco ronca, pero que cobró vida apenas logró identificarme.

—¡Hola, corazón, qué agradable sorpresa! Pensé que no volvería a saber más nunca de ti…  —dijo con semblante meloso.

¿«Pensé que no volvería a saber más nunca de ti»? Maldita sea, no estás buena. Eres horrible, y lo sabes, estafadora…

—No, vale, ¿por qué habría de ocurrir eso?  —pregunté.

—No sé, supongo que me ocurre a menudo.

El coño de la madre…

—Mira, ando aburrido en casa y pues sería de pinga si nos vemos y hablamos paja un rato o hacemos algo —le dije.

—Ah, bueno, ¿quieres venir aquí al edificio y hablamos abajo en la entrada?

—Dale, me parece excelente. Te espero ahí abajo en unos quince minutos, ¿va?

—Ok, si tardo un poco más no te vayas, es que parezco una loca y me arreglaré un poco. ¿Está bien?

—Sí, no hay peo, estaré ahí tirado en la entrada oyendo música.

—Dale, gordo, besos.

Y ahí estaba yo, caminando la cuadra que separaba nuestros edificios, oyendo Limp Bizkit en el discman y teniendo claro que iba directo al matadero. Era John Coffey, caminando mi propia milla verde para ser ejecutado por una descarga eléctrica de realidad. O de fealdad, en este caso.

Ya ella abría la puerta interna del edificio, dejando asomar la verdad en una calmada noche de domingo. Y lo siguiente ocurrió muy rápido: un alivio inmediato me invadió, trayendo paz y dejando claro que mis amigos no me envidiaban; pero un pánico se superpuso, cuestionándome cómo me libraría de esa masa blanda y blanca que se acercaba para darme un beso.

Y no podía ser tan maldito como para no besarla; pero lo fui y mi mano, con vida propia y desobediencia sorprendente a mi cerebro, se atravesó y llevó todo el coñazo de sus labios.

—Quería hablar contigo antes, cariño —dije, y la tomé por los brazos y se los comencé a masajear inconscientemente, como tanteando cuán jodida estaba—. Lo de anoche fue muy bonito… Sí…

—¿Verdad que fue especial? Nunca me había pasado algo tan genial, gordo; fue como un chispazo, una cosa loca que no tiene explicación; como esa canción de Lucero,  «Electricidad», ¿sabes cuál…?

—Bueno, de hecho sí la tiene… El chispazo se llama alcohol, corazón…, y de eso es que vengo a hablarte.

—No entiendo… —dijo, y nacía un ridículo puchero en su rostro que le descubría un caucho bebé en el cuello.

—No soy un buen tipo para ti, Daniela —le dije tomándola de la mano—; ya debes haber oído historias de mí en La Urbina: los vidrios que le partí a la iglesia evangélica, la vez que alquilé a mi hermana, las bombas de agua con semen y orine en carnavales, la red de películas pornográficas en VHS a finales de los noventa… En serio, hay mucha mierda en alguien como yo. Eres una buena chica, y yo estaba borracho y no caí en cuenta del daño que podía causarte. Ahora estoy sobrio y quiero renunciar a ti para que te salves de una basura como yo.  

Así acabé con Daniela. Y desde ahí fue que ella y sus amigas comenzaron una asquerosa campaña para desprestigiar y hundir mi impecable reputación en la cuadra.

Y no bastó con sembrar esa semilla del tipo que abusó de ella en un baño y luego la dejó. No. Daniela tenía planes más ambiciosos y llevó los niveles de maldad y venganza a un nivel que superaba hasta su propio sobrepeso.

Daniela estaba dispuesta a renunciar a la comida chatarra para siempre; a lanzarse de cabeza desde su balcón y arruinar el piso de un salón de fiesta, a cambio de joder mi vida, reforzando en sus últimas horas de existencia que la causa de su magistral clavado fue el sufrimiento por un amor que la hirió y no le fue correspondido.

—Entonces, carajito, ¿te la cogiste o no?

Jamás había sido interrogado por un detective. De hecho, ignoraba que en Venezuela existían detectives. Y este rompía con el estereotipo del policía panzón y mediocre. Este no jugaba y, luego de dos cachetadas de bienvenida, me dejó bien claro que mi culo estaba en sus manos.

Las madres siempre hacen vista gorda a las miserias del hijo, y mi mamá no fue la excepción; así que, llorando y con la cara encendida de un rojo intenso, una hora antes gritaba que me dejaran en paz, que yo era un estudiante de cuadro de honor. Nada de eso sirvió. Ni siquiera cuando mostró mis calificaciones del año anterior me quitaron las esposas.     

—Usted no entiende, señor detective, nuestra historia fue más compleja que un…

—¡Si te pregunto una güevonada me la contestas! ¡Y te callas la jeta! —gritó y me estrelló una caja de cigarrillos en el ojo izquierdo—. Te repito la pregunta, catire: ¿te cogiste a la carajita?

—Hicimos el amor, no me cogí a nadie.

—Ah, pero es que estoy frente a un romántico, vale… A ver, cariño, y si le hiciste el amor bien rico, ¿por qué coño la dejaste al día siguiente como dicen sus amigas?

—Bueno, porque…

—¿Porque…?

—Porque no iba a funcionar lo nuestro, ¿es tan difícil de entender?

—¿Cómo hiciste, catire? Anda, cuéntame… —dijo sonriendo y poniendo su pie sobre una silla de plástico.

—Nada, fui y hablé con ella y le dije…

—No, esa mariquera no. ¿Cómo hiciste para cogértela? ¿Cómo hiciste para funcionar? De verdad que quiero saberlo, porque es que ni posando en foto la gorda mete el paro. De hecho, muerta y en pedazos se ve mejor.

—Cometí un error, señor, solo quiero ir a casa, no quise herir a nadie con mi decisión. Estaba borracho y…

—Para de llorar, maricón, no hagas que te pierda el respeto. ¿Eres una jeva o qué?

El detective me alzó la mano, amenazando con volverme a pegar. Un enorme anillo de oro forraba su negro y peludo dedo anular. Me sequé las lágrimas. Estaba muy cagado.  

—Te voy a hablar claro, catire: me han pagado; y esas no son buenas noticias para ti.

—No entiendo…

—Pues te lo dibujaré con creyones: la mamá de la gorda me dio unas lucas para volverte mierda, para reventarte el culo a patadas y dejarte tirado donde me dé la puta gana. Y yo soy un tipo de palabra, un hombre de negocios: y ahí está el secreto de mi éxito profesional en esta área. Yo presto ayuda a todo aquel que quiera impartir justicia y no tiene las bolas para hacerlo. Pero por otro lado, te entiendo…, y te respeto —dijo el detective mientras se sentaba en el escritorio, recostando una bota Loblan marrón en mi pierna—. He estado en tu posición. Sé lo que es coger feas, sé lo que es caer en cuenta de la cagada que uno ha puesto. También sé lo que es la presión social, ser víctima de la basura de «el que coge feas coge doble»… Ser un hambriento de ego, de conquistar cucas sin discriminación. Y tienes mis respetos, porque sé lo duro que es lograr tenerlo parado ante un culo de estos. Pero bisnes es bisnes, catire…, y algunas fotos tuyas sangrando debo mandar.

—Por favor, no me mate, señor…

—Melquiades… señor Melquiades.

—Señor Melquiades, no me mate, cometí un error…

—No te voy a matar, carajito…, pero sí voy a darte unos coñacitos… Tengo que hacerlo, pues, soy un profesional; si no lo hago, ¿cómo coño me miro al espejo cuando me cepille en las mañanas? Debemos mandarle fotos a la pure de la gorda. Tienes un don, pero también debes aprender que cogerte a cualquier loca que se te atraviese tiene un precio, una responsabilidad. Ya eres grandecito, catire, no puedes ir por ahí a lo loco. Debes ser, en todo momento, un caballero.

Melquiades me demostró que era un tipo de palabras y me reventó a patadas. Luego me montó en un taxi y me mandó de vuelta a casa; no sin antes darme la mano y desearme pronta recuperación.

Decidí ese mismo día, en cama, cubierto en sábila por mis heridas, que no volvería jamás a emborracharme en público. Tampoco dejarme arrastrar por mi ego. Ya tenía claro que allá afuera existían héroes como Melquiades; y también enfermas como la madre de Daniela, que pagaban a estos para que le reventaran el culo a los hombres que abandonaran a sus hijas.

Teniendo esto presente, mantuve distancia absoluta con Claudia, amiga de un pana de la cuadra. Era bastante fea e insistente, reacia a aceptar un no como respuesta. Y yo le regalé uno de inmediato.

—Eres una chica genial, Claudia, podemos ser panas, pero no quiero tener nada más que eso. Fíjate que pudiese aprovecharme y no lo hago, ya que te respeto y no quiero hacerte daño —dije, enorgulleciendo a Melquiades donde fuese que estuviera, y siendo un caballero, como bien me aconsejó.

—Pero quiero que te aproveches; quiero que me hagas daño. Cógeme, Gabriel, llévame a tu casa.

—No, Claudia, creo que no me expliqué bien: no quiero tener nada contigo. Pero entiende que podemos ser panas, que no hay peo alguno.

—No quiero ser tu pana: quiero que tiremos.

—Eso no va a pasar, Claudia, yo soy un caballero.

Al día siguiente mi carro amaneció con todas las ventanas rotas. Era una escena tan surrealista y trágica que tuve que ir a mirar el trasero del carro para confirmar que era correcto el número de placa y realmente se trataba del mío. Quité los restos de vidrio del asiento del copiloto y me senté temblando, intentando procesar el estado actual de mi carro. Y descubrí un post-it rosado pegado en el volante: «No hay peo alguno, mi caballero».

Encendí el carro y lo llevé al edificio de mi papá. No podía costear el reponer todos esos vidrios aún, yo no era más que un pobre estudiante de universidad que recibía mesada semanal de mis padres. Luego de tapar los huecos con bolsas, subí y me senté con mi papá en la sala a tomar un café.

—Es que no parecen vainas tuyas, hijo —dijo mi papá mientras negaba con la cabeza y expresaba en su rostro una profunda decepción.

—Papá, era fea, no quise repetir el episodio de mierda que viví con Daniela. ¿Acaso no recuerdas todo ese peo con los coñazos que me dieron y cómo me dejaron por tres semanas cubierto en sábila?

—Y sabes que nunca estuve de acuerdo con tu mamá en eso; tampoco con el fulano detective —señaló y dio un sorbo a su café.

—No entiendo un carajo, papá. Me rindo, de pana que sí. No sé cómo hay que ser con las mujeres, toda mierda siempre se sale de control. Pareciera que la mejor decisión es mantenerse a pajas y olvidarse de los seres humanos, en serio que sí.

—Hijo, ya vas para veinte años, creo que es momento de que me escuches. ¿Cuál fue tu error con la gorda que se lanzó del balcón? Pues no fue haberla cogido: fue haberla dejado al día siguiente. ¿Cuál es el error con esta nueva que te volvió mierda el carro? No haberla cogido.

Papá tomó lo que quedaba del guayoyo de un solo tirón y se acomodó los lentes para verme a los ojos sin ninguna alteración visual.

—Debes aprender que el arte de la interacción con una mujer fea, sin meterte en peos, radica en saber cuándo coger y retirarte. ¿Una fea quiere que le mandes? Pues tú le mandas, pero te mantienes un tiempito ahí, tranquilito y sin apuro —me dijo, mientras encogía los hombros y sonreía—. Luego cuando la liberes de toda esa histeria y tensión vaginal, podrás retirarte y no habrá rollo. Lo que no puedes hacer es lo que vienes haciendo: rechazarlas con ese argumento tonto del caballero; o peor aún, cogerlas una vez y desecharlas cuando te das cuenta de lo feas que son. Las cosas no funcionan así, hijo, la vida no es así de fácil.

Y vi cómo desde las arrugas del rostro de papá emergía toda esta sabiduría de calle, ganada con años de flirteo, fluidos y batallas libradas con lo que se atravesara. Era un sabio samurai. Un guerrero. Uno que peleaba en silencio y perfeccionaba, con humildad, día a día, el complicado arte de interactuar y domar con éxito a una mujer. A cualquiera. A la que se atravesara.

Y luego de unos meses se me atravesó Paola, en la reunión de un pana. Se había recién mudado a La Urbina y se mostraba sedienta de amigos y actividades sociales. También de actividad sexual, y así me lo hizo saber antes de empujarme a la cama del dueño de la casa.

¿Fea? Un poco. ¿Cuerpo aceptable? Sí. ¿La rechazamos? Jamás: papá nos enseñó lo contrario. ¿Si nos arrepentimos acabaríamos con esto esta semana? No, eso no es de caballeros. ¿Tienes condón? De bolas, en la cartera. ¿Se le ven pelos en las tetas? Parece que no. ¿Tiene buen aliento? Sí, normal. ¿Le damos entonces? Qué coño…

Y al cabo de dos semanas no podía resistir ni un minuto más con ella. Ponía una voz ridícula que era chillona y se encogía a medida que avanzaba la oración y se acercaba su final. Yo, al besarla, estiraba lo más que podía mi lengua en su interior, intentando así descubrir a algún peluche escondido bajo su piel. Sospechaba de un Keroppi. Aunque también podía tratarse de un maldito Badtz-Maru. Pero no se escondían en su cabeza. Tampoco en su vagina. Mucho menos en el ano.

Me frustró no llegar al fondo del asunto de su tonta voz, y al mes no aguanté más y la invité a cenar a Mcdonald’s para poner fin a nuestra relación. Bueno, a comer una barquilla.

No se suicidó. Tampoco jodió mi carro. Hizo algo peor: se deprimió de tal forma que pasó a ofrecer servicios sexuales a todo el que lo necesitara y demostrara un mínimo de interés por ella. Me hizo ser espectador de su asqueroso descenso: comenzó con mis panas; luego con sus hermanos menores. Alternó otras tantas con los padres de estos. En un par de meses comenzó a mezclarse con los distribuidores de droga que bajaban a surtir a la cuadra, así que se le veía con frecuencia de parrillera haciendo caballito en diferentes motos de mierda bajo ráfagas de tiro lejanas que eran enfriadas por el sereno de la medianoche.

Al poco tiempo la botaron de su casa al ver que los intentos por recuperarla eran en vano. Se le podía ver durmiendo en el parque; a veces en un banquito de la plaza de la iglesia; otras en cualquier cartón orinado arrimado a la entrada de algún edificio.

Pensamos que no podía seguir descendiendo más, pero lo hizo y comenzó a fumar piedra y oler el plástico quemado de las raquetas eléctricas matamoscas que encontraba en los basureros de la cuadra. Ya los únicos seres humanos capaces de introducir algo en alguna cavidad de ella eran los indigentes de la zona, que le daban algunas piedras a cambio de varias mamadas repartidas a lo largo de la semana.

Así que ya cargaba con la muerte de Daniela. También con la agonía de un carro forrado en bolsas de supermercado por culpa de Claudia. Ahora se unía Paola, la puta de los recogelatas de La Urbina.

Pero su paseo por el inframundo no duró tanto: Paola murió a los cinco meses, atropellada en la autopista, drogada, en un intento desesperado de cruzarla para adentrarse en el barrio a comprar su ración de piedras.

Entonces su cuerpo comenzó a descomponerse lentamente a un costado de la calle, justo en la curva antes de salir de la autopista para entrar a La Urbina.

Coletazos del hedor de una Paola podrida se colaron por la ventana de mi cuarto los días siguientes, invitándome a reflexionar; pero también echándome en cara la responsabilidad de su muerte.

Y me cansé de tanta porquería. Me cansé de acumular tanta desgracia. De siempre ser el culpable de las decisiones y demonios de estas mujeres inseguras sueltas sin control alguno en la calle. Finalmente lograba comprender el peligro que conlleva el quebrar el sistema y desajustar la acostumbrada simpatía y defensa de una fea.

Una mujer bonita, arrecha, es un atentado serio y real contra la cordura y paz mental de un hombre; pero una fea, bajo este mismo sentimiento, es letal. Polvorea algo de resentimiento y dolor: tendrás una amenaza terrorista; y no local, sino global. No es un asunto de casa, un peo particular de un desafortunado, un peligro inminente para un solo hombre: es una alerta roja a la paz mundial, es la destrucción sistemática del planeta en poco tiempo.  

Melquiades y mi papá eran luchadores de esta causa poco discutida en las calles por miedo, pero sus investigaciones y aportes en el área se quedaron demasiado cortos. Ellos vieron algunas luces que parecían ser soluciones y, emocionados, las aplicaron a su vida y no ahondaron más. Son víctimas que vienen de otras generaciones, eso también hay que decirlo. Sus soluciones no son más que paños de agua tibia. Yo soy la prueba. No son infalibles, tienen trampas y dejan muchos flancos expuestos.

Es muy fácil rechazar a alguien que no te atraiga físicamente; igual de sencillo es tener sexo y no llamarla más. Pero eso quiebra toda esta armonía y balance del que carecemos, ese que tanto buscamos en falso cotidianamente. Nos venden libros de autoayuda y nos someten a calarnos vomitivas frases de motivación a cualquier punto al que miremos, pero nadie nos habla del problema real.

Y no es karma. Tampoco me vengan con la estupidez del universo conspirando.

No tenemos disciplina. Somos de espíritu débil. Somos jodidamente inconformes. No hay voluntad de sacrificio por otros.

Así que decidí cambiar eso. Decidí que esas dos muertes no serían en vano. Tampoco lo serían las extremidades heridas de mi carro.

Ninguna fea, por más jodida que estuviera, volvería a deprimirse por mi culpa. Yo no volvería a arruinar una vida humana; por el contrario, la mejoraría. Y es que a ver, ¿quién soy yo para romperle el corazón a alguien desafortunado con aspiraciones altas que busca cariño y calor? Nadie. Si yo le gusto a una fea, no es un infortunio: es una oportunidad de hacer el bien. Entonces puse el ego a un lado y decidí hacer lo que tenía que hacer para no continuar siendo un coleccionista de desgracias.

Estos sacrificios no duran tanto como lo imaginan. Bueno, al comienzo se extienden más de lo que deberían por la falta de experiencia. Luego la práctica te hace mejorar la ejecución, y eso acelera el proceso de renacimiento de la paciente de forma considerable. Y por más que se extienda el proyecto, grábatelo: jamás dejarás a nadie; jamás el abandono será una opción para ti. Nunca es tarde para que entiendas cuál es tu misión en este mundo.

Mi técnica es abrirle los brazos a ese ser herido e inseguro; calmarla, mirarla, escucharla, darle calor y amarla. Le hago sentir protegida y querida. La baño, la seco con mi toalla, le desinfecto su piernita con gusanos y la cubro con una sábana térmica mientras le acaricio su peluda espalda. Enseguida comienza la etapa de trabajar en su autoestima y seguridad. Toda su vida ha dado por hecho que ha sido un patito feo, y eso no está alejado de la realidad; sin embargo, se debe deshacer toda esa apreciación personal y propiciar una nueva, totalmente distorsionada, que ella misma irá alimentando. Es una etapa clave y muy bonita, ya que involucra mucha conversación y contacto físico. Descuido mi trabajo, alimentación y pasatiempos, me entrego de lleno a este nuevo proyecto que la vida me ha presentado. Le hago el amor con intensidad, le exploro el cuerpo milímetro a milímetro, como ni ella misma lo ha hecho antes por asco y desprecio propio.

Al cabo de unas semanas los avances son claramente visibles y se puede observar cómo comienza un cambio de vestuario y lenguaje corporal de la paciente. Se siente mujer, se siente deseada: se siente divina. Comienza a exigirme cosas de mala manera, pierde la humildad. La simpatía se seca y desaparece por completo. Se vuelve arrogante, insoportable, adicta a vivir a la defensiva. Empiezan los problemas y ya ella va tomando el control de todo. Yo finjo mucho sufrimiento y le saco en cara lo mucho que ha cambiado. «Antes me amabas, no entiendo qué te pasa, gorda», digo, entre muchas otras mariconadas.

Habrá una debilidad, un paso en falso de parte de ella. Es normal, y recomiendo no dejarla ir aún, ya que se puede arrepentir y cometer alguna locura. Sugiero aplicar de forma inmediata contención, abrazarla muy fuerte, hacerle el amor con firmeza y, apenas esté llegando al orgasmo, manifestarle al oído que la vida no tendría sentido alguno sin ella.

Luego se entra en la etapa final, donde está consolidada una falsa ilusión en la que ella da por hecho que está exquisita y es la máxima exponente de la belleza criolla. En el espejo se torna ya imposible apreciar los defectos físicos y la persona cae posteriormente en un vergonzoso ciclo narcisista. Anhela que fuese posible clonarse a sí misma para seducirse, besarse y cogerse. La consciencia de sí misma se difumina. Siente que no hay límites en lo que ya su falsa belleza le puede conseguir y, como cae en cuenta que lamer su reflejo en el espejo no es suficiente, comienza a frustrarse y deseará cambiar cosas de lugar. Este es el momento donde todo acaba. Ella misma escapará para ser libre, dándote, por consiguiente, tu merecida libertad.

Tu trabajo ha finalizado. Es un ser humano que has recuperado y reinsertado en la sociedad. Ya no es tu responsabilidad.

No está salvada de la depresión, o de algún triste desenlace futuro al caer en cuenta de que nadie se está interesando en ella y que, además de seguir siendo poco agraciada, ya no tiene la simpatía natural de antes. Pero ya no es tu culpa, debes saber renunciar a la nueva adopción de esos problemas. Tú sigues siendo un caballero y un profesional. Tú has hecho lo correcto.

Sin embargo, muchos han condenado esta filosofía de vida. Está bien, en parte tienen razón, no es perfecta, y tengo muy claro que reinsertas seres abominables y demasiado arrogantes en la sociedad; pero al menos se evitan tragedias mayores, pienso yo.

Algunos salvajes deciden sepultar la autoestima de millones con rechazos, excusas y polvos solitarios que no tendrán continuidad. Yo, en cambio, las elevo, las monto en un pequeño trono de nubes, les detengo la gangrena en su piernita, les reparo todos sus huecos e imperfecciones con el mastique adecuado y, luego de que eso ocurre, solo espero sentado con fascinación a que escapen de sus jaulas y emprendan vuelo seguro y desamparado a una potencial autodestrucción.

Gabriel Núñez

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    Brutal chamo!

  • Miguel Sotillo

    Es bastante extraño, casi ridículo, pensar que en estos momentos yo estoy en una situación similar. Peor aún es recordar que es la segunda vez en 3 años que cometo el mismo error, con una mujer que no es considerada “bella”. Eso de elevarlas y esperar que se vayan solas, sólo pasa en pelis de ficción bro! (O en tus cuentos). Mujer fea o bonita, bien clavada y recibiendo cariño no se va para ningún lado. Más de una se ha quedado sólo por el buen clavado anyway…

  • Rubén Anzola 2.0

    verdad, brutal chamo!

  • Leydy Suárez

    El amor de mi vida volvió a escribir! Y bueno, la vida no es fácil. Demasiado bueno, Gabo.

  • santos graciani

    muy bueno todo lo expresado,magnifica manera de transmitir,muy bueno….

  • N3

    ¡Arrecho! Cómo todo lo que escribes Gabriel. Saludos.

  • Alejandra Monzón

    Jajajajajaja genial como siempre!

  • Vanessa Balleste

    Una sinceridad brutal, directa, cínica. Me gusta, extrañamente a veces siento pudor al leerte.
    Espero no haberte asustado en la camioneta de La Urbina, fue muy raro ver salir un personaje de mi “cabeza” en las calles de Petare

  • Elissé Barroso

    Me maravilla como puedes llevarme del asco, a la risa y hasta a lo erótico!! Que bueno que hayas vuelto tanto a escribir como a Venezuela!!

  • Genesis Carieles

    Leído! jajaja