Solo quiero gritar su nombre

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Me perseguía. Era como una pesadez en el pecho que me obligaba a no quedarme quieta. Entonces movía la cabeza de un lado a otro, como esquivando algo que se dirigía hacia mí y no terminaba de llegarme a la cara. Las manos me comenzaban a sudar. Era un sudor muy frío. Yo me las secaba pasándolas por el pecho y, haciendo un esfuerzo por actuar de manera natural, me aseguraba de sentir todavía el bulto del celular.

Me lo había traído Samuel, mi muchacho, mi hijo adorado, en la última visita que me había hecho seis meses atrás. «Es inteligente, mamá, de última generación. Te enseñaré a usarlo para que podamos hablar todas las noches por Skype», me dijo, mientras me daba un beso en la frente y se reía al verme volteando el teléfono para investigar en dónde tenía las teclas ese aparato tan grande.  

Y aprendí que estos teléfonos no las tienen; o al menos no como botones. A los tres días Samuel se metió al baño y me mandó a ir a mi cuarto con el teléfono en la mano. El rostro de mi hijo apareció en la mitad de la pantalla, acompañado por un gracioso sonido. Comencé a hablarle pero la música no se callaba y no podía oír nada del otro lado. Entonces Samuel entró y me explicó cómo debía desplazar el dedo en la pantalla para escucharlo. Al tercer intento lo logré. No solo podía oír a mi hijo: lo podía ver; él estaba ahí, al lado de los adornos del baño de la casa. Recuerdo que corrí a abrazarlo mientras gritaba su nombre por todo el pasillo.

—Cuídalo mucho, mami, y mosca con dejarlo por ahí tirado, que esta vaina vale aquí como treinta salarios mínimos —me dijo mi niño al oído, mientras me abrazaba, justo antes de montarse en el taxi para irse a Maiquetía a tomar su vuelo.

Treinta salarios mínimos…, ¿ustedes saben lo que es eso? Yo no entiendo cómo se llegó a esa locura en el país, en serio que no. Y mi Samuel me daba ese bendito aparato…, ¡qué nervios, Dios santo querido!

Mi Ramón, que Dios me lo tenga en la gloria, antes de venir a la cama siempre pegaba la llave detrás de la puerta y la giraba para dejarla descansar a lo horizontal; decía que de esa manera no podrían tumbarla al meter del otro lado alguna herramienta o llave maestra si intentaban meterse a la casa. Nos encantaba estar en casa, nos sentíamos protegidos. Y pues eso hacía. Ya encerrada y viendo que estaba sola en nuestro pequeño hogar, sacaba el celular de mi sostén.

Pero a veces todo ese amor que siento por mi casa se convertía en odio. La sentía muy grande, muy vacía. Buscaba distracción quitando el polvo del cuarto de mi Samuel; también intentando ordenar y limpiar los muebles tan pesados de la sala. Samuel no dejó mucho cuando emigró, así que se me hacía fácil ponerlo bonito: un par trapitos por aquí, una coleteadita por allá y todo quedaba hermoso. Siempre lo imaginaba llegando de sorpresa para visitarme, así que me aseguraba de tenerle todas sus cositas limpias y en orden. Lo había hecho ya cuatro veces, y al verlo por el ojito de la puerta sentía que se me salía el corazón de alegría y que me iba a desmayar de tanta dicha que no me cabía en el pecho.

A diario lloraba. Bueno, todavía lo hago. Luego de limpiar, mi día transcurría repasando todas las fotos de los tres juntos. Siempre me repetía, mientras pasaba las hojas del álbum, que los hijos no son de uno: ellos son de la vida. Pero ni yo misma me creo tanta tontería. Quería que construyera su familia, que fuese feliz y estuviese seguro en otro país…, pero lo extrañaba mucho, y sentía que cada día que pasaba yo me iba consumiendo en dolencias y vejez, en tristeza y soledad. El tiempo me estaba asesinando lentamente y mi alma estaba desgarrada en pedazos, ¿para qué mentirles?

Todas los días a las nueve de la noche hablaba con Samuel por Skype. Me hacía sentir viva, y como por arte de magia todo dejaba de dolerme y mis ganas de seguir deseando despertar regresaban. Al trancar la llamada, cubierta por el silencio de la casa, le decía a Ramón que no era el momento aún de irme y acompañarle, que nuestro muchacho necesitaba mi apoyo y mis consejos para que siguiera saliendo adelante.

Samuel no me abandonó, que esto quede claro, él siempre ha sido un excelente hijo. Él dijo que podía tener mi propio cuarto en el apartamento que alquilaría con su esposa en Panamá, que me fuese con ellos; pero díganme, ¿qué carrizo iba a hacer yo inventando a esas alturas y siendo una carga para mi muchacho?

Además, yo me niego a dejar este apartamento, aquí Ramón y yo vivimos nuestros mejores años. Aquí criamos a nuestro Samuel, aquí vino el Niño Jesús cada diciembre a traerle sus regalitos; aquí celebramos cada año nuevo de vida con su torta preferida, el profiterol. Aquí fue que llenamos la sala de juguetes y risas. Luego creció y me ponía esa música que me volvía loca, con ruidos y gritos de hombres que parecían estar bravos y perdiendo la voz; pero todo eso me terminó gustando porque ahí, encerrado, en su cuarto y con toda esa bulla, sabía que del otro lado de la pared estaba mi niño feliz, oyendo su música, leyendo o jugando con sus juegos de video.

Luego se convirtió en un adulto y estudiaba con mucho cuidado el cronograma de trabajo mío y de su papá. Conocía muy bien nuestras diligencias y tareas; sin embargo, lo descubrí varias veces metiendo a alguna chica a la casa. «Mira, Samuel Enrique, esto no es un motel, me haces el favor y respetas a tu madre», le decía con tono de reclamo. Él solo reía y se defendía diciendo que le aumentara la mesada para poder pagarse uno entonces. Es un chico muy listo y con respuesta para todo. Pero bueno, yo tuve su edad alguna vez e hice lo mismo con Ramón, así que al final terminaba haciéndome la vista gorda y dejando la pelea.

Lo que quiero explicarles es que no es fácil dejar esta casa. Su olor, sus recuerdos, sus memorias, el color de sus paredes. Aquí también despedí a Ramón; aquí fue nuestro último beso, nuestra última conversación bajo la luz débil de la lámpara de mi mesita de noche. Un infarto se lo llevó mientras dormíamos.

La depresión de mi Samuel se fue yendo con la llegada de Raquel. Es una chica buena, que con su amor y alegría fue borrando la tristeza y la apatía del rostro de mi hijo por la partida de su papá. Por supuesto que yo estaba consciente de que sus planes no serían vivir en casa conmigo. A ver, yo podía ser vieja pero no tonta; así que, deseando en silencio que jamás me dejara ni tomara en serio mis palabras, comencé a repetirle que debía luchar por algo mejor para su vida. Le dije que averiguara a dónde podía irse con Raquel; ya saben, un país que le ofreciera a ambos una mejor calidad de vida.

Es que de eso se trata el ser una buena madre, ¿no? De saber cuándo uno debe dejarlos partir y poner a un lado todo ese hermoso sentimiento que uno siente por los hijos. De saber canjear la alegría y el calor de un abrazo de ellos, por la tristeza, la soledad y el vacío de sus cuartos. Y en silencio, claro, aguantando las lágrimas para que no renunciaran a su nueva vida por lástima hacia mí.

Regresaba entonces del banco, había ido a cobrar la pensión y actualizar mi libreta. Ramón siempre me dijo: «Si no existe en la libreta, ese dinero no existe en tu cuenta, Martha».

Y mi cabeza esquiva. No dejo de tocarme el sostén que protege al celular y la libreta. Y las manos están tan sudadas que estoy dejando la marca en mi blusa. Dejo pasar a los que están detrás de mí.  «¡Caminen, pues… Carajo!», les grito. Pero entonces otra marea de extraños se aproxima por delante. Me recuesto del muro de un edificio, les grito que dejen de molestarme. Ellos me ignoran y siguen su camino.

Ya logro ver mi edificio. También alcanzo a ver la matita que sembró Ramón hace ocho años. Está viva, y con sus brazos me anima a seguir caminando. Pero me observan otros también. Mi cabeza sigue esquivando, las manos me tiemblan como jamás lo han hecho. Comienzo a lanzar manotazos al aire, quieren venir por mí. Pienso en Ramón, pienso en Samuel. Estoy sola. Ahora estoy llorando también. Esquivo algo dando un salto a un lado y me caigo y pego la cabeza de la acera. Siento sudor en la frente. Pero este sudor no es tan frío como el de siempre. No es nada frío; por el contrario, es muy caliente. Me paso la mano para secarme. No es sudor: es sangre. Me agarran por los brazos y, a pesar de que intento golpearlos, logran dejarme inmóvil. Alguien me mete la mano en la blusa. Logro ver su cara y se trata de un niño, uno que no puede tener más de catorce años. No tiene los ojos que tuvo mi Samuel Enrique cuando tenía su edad; en estos que logro ver no hay alegría ni bondad alguna. Tomó mi libreta y la ha tirado al piso. Ha encontrado mi celular. Pienso en mi Samuel. «Te he fallado, hijo mío», le digo mientras lloro.

Comienzo a gritar su nombre. Estoy desesperada. Me han dado una patada en la cara y me mandan a callar. Pero yo solo quiero gritar su nombre. Mi cabeza sigue esquivando, pero la siento muy pesada y estoy muy débil. Ya veo al objeto. Sí, lo veo aproximarse. Todo es muy claro. Llega a mi cara, luego de haberlo burlado por tanto tiempo. Oigo un crujido muy intenso y nítido, y profundo, como si tuviese los oídos bajo el agua. Siento una explosión ardiente en el centro de mi cara. Solo escucho mi respiración encogerse mientras la cubre un pitido intenso en mis oídos. Se ríe el niño, mientras se esconde una pistola en sus pantalones. No tiene los ojos que tenía Samuel. Pienso en él. «No llegaré hoy al Skype de las nueve, hijo mío, lo siento», le digo en mi pensamiento. El niño corre y me deja tirada en la acera. Un pequeño círculo de sangre se va regando y creciendo detrás de mi cabeza. Estoy muerta. Ya no sudo, ya no esquivo nada. Tampoco me preocupa la gente que me comienza a rodear. Estoy tirada en la acera con los brazos abiertos. Y me veo terrible.   

Siento esta casa muy grande, pero ya no vacía. Aquí Ramón y yo somos felices, recordando a diario todos esos momentos tan bonitos que hemos vivido en ella; siendo novios, siendo esposos, criando a nuestro muchacho y haciéndolo una persona de bien para que estuviese listo cuando nosotros ya no estuviésemos para él.

Y es que los hijos no son de uno: son de la vida.

Samuel Enrique siempre tenía una respuesta para todo. Y todas las noches, a las nueve en punto, lo tengo de frente y, mientras ambos lloramos por el mismo motivo, le pego un grito mudo, de regaño, en el que le pregunto si existe algún programa que podamos usar para decirle cuánto lo extraño y que él no tiene la culpa de nada.

Gabriel Núñez

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  • Yesenia Vasquez

    Ufff !

  • Giancarlo Rossodivita

    Como siempre magistral… Solo que esta vez me pego… Soy un Samuel mas, que tiene a su Martha En Venezuela, con su libreta de la pensión y su celular… Y espero que jamás mi historia llegue a tener un final como en la tuya… Saludos desde Panamá

  • Richard

    yo de verdad no se como le hace Gabriel pero lo hace, me amarra durante toda la lectura y al final me quedo pensando durante una semana o mas en sus historias. Te felicito, tienes un talento único e interesante.

  • Richard

    yo de verdad no se como le hace Gabriel pero lo hace, me amarra durante toda la lectura y al final me quedo pensando durante una semana o mas en sus historias. Te felicito, tienes un talento único e interesante.

  • Alfirio Mendoza

    Excelente una vez más.

  • Deya

    Excelente! 🙁 muy triste! Esa es nuestra realidad!

  • Gianni Santucci

    Me voy a tomar unos minutos para escribir algo. Primero, fino que gabriel este escribiendo de nuevo. Segundo, simplemente brutal este cuento, un estilo horacio quiroga, pero criollo, muy bien mi pana siga asi…

  • Elissé Barroso

    *llora*

  • Genesis Carieles

    Te odio me hiciste llorar!!!