La felicidad te mata

Y entonces nos encontramos en plena sobremesa, tomándonos un café y hablando de trivialidades de nuestras vidas. Y mientras la escucho, tengo mi mano acariciando su nuca, con su cabello reposando en el dorso de mi mano. En cada sorbo que ella da, acudo con rapidez a quitarle con un beso la espuma restante del capuchino en sus labios. Ella ríe cada vez que lo hago y sus ojos brillan y me muestran su mejor cara. Esa donde se ponen de acuerdo su cabello, sus labios, sus ojos; esa en la que la inclinación de la cara es la ideal y todo ocurre con armonía en el mismo segundo. Como si ella lo supiese, como si ella lo hubiese practicado por días frente a un espejo y sabe cuándo debe hacer que todo eso ocurra.

Cinco minutos después le digo al oído que quiero que nos vayamos a casa para hacer el amor. Luego le paso la lengua por la oreja y finalizo con un suave mordisco al lóbulo. Pago la cuenta, y estoy tan contento que decido dejarle propina al mesonero. Él me sonríe y se queda viendo con admiración. O puede ser algo de envidia. Pero no porque desee tener mi vida o mi novia: quiere es mi felicidad.

Y no puedo ayudarlo, la verdad es que no hay secreto. Muchos te dirán que sí, y buscarán venderte libros y te recomendarán frases para que te repitas mientras te enjabonas; otros, te mandarán enlaces con charlas de Ted para que te sientas motivado y le encuentres algo de sentido a la vida. Pero no es así de fácil.

Y nos montamos en el carro, entre risas y algunas metidas de mano. Ella sigue dándome de la magia que ocurre en su cara, y aquí es cuando mi sueño se convierte en pesadilla:

Estamos parados en un semáforo, esperando nuestra luz para atravesar la oscuridad y llegar a casa. De pronto aparecen dos motos a nuestros costados, golpeando con la cacha de una pistola el vidrio de mi lado. Yo bajo el vidrio y les digo que se lleven el celular, pero los parrilleros lo que quieren es montarse con nosotros en el carro y hacernos compañía en nuestra velada. La escena siguiente es que nos tienen en el asiento de atrás, con un cable de red abrazando nuestras manos y piernas. Inmovilizado, solo veo la cara de ella y siento una profunda tristeza. Ella llora y sospecha que estamos jodidos. Y lo estamos, en el sueño nos matan al rato porque llaman a nuestras familias y no se logra reunir ni el 5% de lo que exigen.

Y el problema es eso, la felicidad. O sentirla en donde no debes.

Tengo ese sueño recurrente, y desde entonces prefiero curarme en salud. Sí, en serio. Por eso apenas me percato de esa piel de gallina tan agradable, que me ayuda a identificar que estoy sintiéndome feliz, tomo acciones inmediatas para arruinar el momento por completo.

Por ejemplo, el otro día tomábamos un café por Altamira y la espumita le quedó en los labios y yo salí a retirársela con la lengua. Enseguida sonó la puerta del local. Entraba un tipo gordito en franelilla blanca, con casco puesto, carterita cruzada de esas cómodas y prácticas para llevar un hierro. Y pues hice lo que debía hacer: salvarnos la vida. Volteé a verla y le pregunté si quería acompañar el café con el pus del barro que tenía en medio de los ojos. También una noche estábamos desnudos besándonos, y sentí una alegría inmensa al sentirla conmigo de esa manera, sudada y excitada. Así que lo saqué y le dije que prefería acabar afuera porque no confiaba en que realmente estuviese tomándose las pastillas.

Los malandros huelen eso, incluso así no estés en exteriores. Las enfermedades y las desgracias también. Por eso a los indigentes no les cae nada. Ni siquiera estornudando se les ve. Y si andan pensando en la época esa en la que los asesinaban con una roca que les lanzaban a la cabeza mientras dormían, pues todos ellos eran indigentes que se encontraban en algún rato de felicidad patrocinado por la droga o el alcohol. Sí, murieron felices. Al resto le vale verga la vida, ya todo lo han perdido, y eso los hace intocables.

Entonces el truco es buscar un balance. Como vivimos en Venezuela la cosa no es tan complicada; pero si gozas de buena compañía en la calle, estás expuesto a sentirte feliz y que vengan a joderte. Toma práctica, pero se trata de saber escuchar a tu cuerpo y ser buen observador; de no querer más de lo bueno y saber que menos es más. Y de tener presente que querer alargar un rato de felicidad te puede costar la vida.

Como todo, hay excepciones. Por ejemplo, hay malandros que no saben interpretar las emociones ajenas. Entonces vienen y, así tú estés en medio de una discusión o arrechera, interrumpen para robarte o darte un tiro por gusto. Pero piensa en esto: nadie que tenga algo que perder está preparado para pelear y entregar todo en la batalla.

Y mi mayor vulnerabilidad es ahí, en ese momento en el que me importa la vida y pienso que es una bendición. Ahí vienen todos a asaltarte, buscarte peo, o tan solo a practicar tiro al blanco contigo con el arma nueva que robaron. Pero en cambio, en esos minutos divinos en los que la vida te da igual y no le encuentras lógica alguna, es en donde encuentras total libertad y eres intocable. Caminas entonces por Petare y rompes con tu cara el humo del perro que están cocinando a la parrilla, pisas la mercancía del buhonero, pateas los pañales del bachaquero; luego entras al Metro y le tumbas los Mentos al vendedor en el vagón. Todos te reclaman, pero nadie se equivoca, ellos saben que la vida te importa una verga -o bueno, eso pretendes dar a entender-.

En este estado mental es que estás listo para pelear, en este es que eres más fuerte y puedes explotar y sacar lo peor de ti. Si estás feliz, eres débil, tienes miedo de que lo peor ocurra, de que te borren la sonrisa y te extingan esa felicidad que saboreas.

Y es por ello que se nos está yendo mucha gente buena: la felicidad los visitó en un momento equivocado y otros vinieron a reclamárselo. Desde ese anciano contento que jugaba ajedrez en una plaza de Los Palos Grandes y fue alcanzado por una bala perdida, hasta ese niño que corría riendo tras la pelota y fue arrollado.

Tendrás que preparar tu repertorio personal de salvavidas. La política y la religión no deben faltar en ese botiquín. Estar de acuerdo con el aborto, el matrimonio igualitario y el suicidio, aportan rápido descontento en la mayoría de los interlocutores, así que considéralo también.

—Estoy harta, en serio… ¿Por qué siempre tienes que joder los buenos momentos, Gabriel?

—Pues porque quiero seguir viviendo.

Gabriel Núñez

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  • Angela Guillen

    Que tal como influye el ambiente en que te encuentras en tus escritos. Ni de vaina pensarías en esto estando en Londres.

  • mecagoenlahosti

    y si no es un maldito choro, es el sida sífilis gonorrea vph
    que te pego la carajita con la que tiraste rico, o el cáncer colorrectal de
    tanto comer embutidos y conservas o peor aun el cáncer de medula o leucemia una
    verga que de repente estas y pum! aparece jodiendo todo o vas en la vía
    conduciendo como mr magoo y viene un busetero atestado que te deja en medio de
    un amasijo de hierros esperando ser sacado por la quijada de la vida…

  • Alexander Perez

    “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”… pues Nietzsche tenia razón, querer es sufrir. Buen relato Gabriel

  • Alexandra Maita De Rivera

    Jajajaja, me gusta como escribes, pero prefería los relatos Londinenses. Estos escenarios me causan frustración porque sé que dentro de todo, es sumamente cierto.

  • Pedro Pablo Alcántara Lugo

    Es asi de duro viejo, es un stress post traumático y pre traumático perenne. Todo el tiempo pensando en cómo volver a llegar al momento en el que vale verga la vida y poder tener calma porque ya no tienes algo que perder, o asumiste que lo perdíste todo.
    Es muy jodido , porque necesitamos eso para sobrevivir, pero al mismo tiempo vivimos, si, vivimos, pero vivimos sufriendo.

    Es un ciclo sin fin, y es muy dificil encontrar el balance.

  • Pedro Pablo Alcántara Lugo

    Es asi de duro viejo, es un stress post traumático y pre traumático perenne. Todo el tiempo pensando en cómo volver a llegar al momento en el que vale verga la vida y poder tener calma porque ya no tienes algo que perder, o asumiste que lo perdíste todo.
    Es muy jodido , porque necesitamos eso para sobrevivir, pero al mismo tiempo vivimos, si, vivimos, pero vivimos sufriendo.

    Es un ciclo sin fin, y es muy dificil encontrar el balance.