Tranquilo

postfinaltranqui

Ya no quedaban más fichas en el pequeño saco verde. Augusto escondía sus manos temblorosas debajo de la mesa para evitar que Manuel, su hijo de catorce años, reparara en el hecho. Una foto de ellos sonrientes y abrazados era resguardada por un portarretratos en el centro de la biblioteca de caoba, la cual era testigo de otra agobiante partida en la sala de la casa. Por primera vez, en más de dos años que llevan jugando Scrabble, lograba tener una clara ventaja de 51 puntos. Le quedaban solo cuatro fichas en el atril, y ya tenía pensada su siguiente palabra. Se obliga a controlar su respiración, al tiempo que intenta disimular la sonrisa que se le va formando y las ganas terribles de soltar una carcajada de burla y celebración, como esas que tanto llegó a disfrutar de joven cuando jugaba dominó con sus amigos.

Su hijo paseó el dedo índice sobre el borde de sus fichas, haciéndolas sonar con sutileza, pero con intención. Esto distrajo a Augusto y lo sacó de su debate interno sobre cuáles chistes humillantes lanzaría finalmente, haciendo que sus miradas se encontraran y chocaran, y no le gustaba en lo absoluto el brillo que veía nacer en los ojos de él.

Manuel comenzó a vaciar su atril, abandonando sus fichas, una a una, al lado de un artículo neutro que fue dejado en rondas anteriores. «Tranquilo», era la palabra formada en la parte inferior del tablero. Y una voz adolescente que dejaba escapar un agudo rompió el silencio ante los ojos saltones de su padre:

Bueno…, a ver, papá… Aquí tendría uno, dos, tres, cuatro…, más cinco serían nueve, más uno, dos, tres, cuatro…, pues serían trece. Pero… aquí abajo tengo este triple tanto de palabra —explicaba Manuel, mientras desplazaba la ficha y dejaba leer la casilla premiada—, así que, trece por tres serían 39 puntos; y, como ya sabes, por haber usado todas mis siete letras me gano el bono de 50 puntos… Lo que quiere decir que he hecho 89 puntos… ¡y que has perdido de nuevo, viejito! —dijo mofándose.

Augusto permanecía mudo, incrédulo, alternando la vista entre su hijo y el tablero. Sintió un vacío en su estómago y una desagradable onda de calor que se iba regando por todo su cuerpo y le invadía palpitando las sienes. Y no pudo evitar pensar en cómo los años se le habían venido encima tan de repente, y en cómo Manuel, con tan solo catorce años, lograba derrotarlo en tantos campos de batalla sin mostrar dificultad alguna. Maldijo en silencio a su memoria traicionera, que ya ni le permitía recordar cuándo había sido la última vez que alardeó una victoria ante su hijo. Al no querer verlo a la cara, se levantó y le dio la espalda, quedando de frente a la televisión y el viejo sofá que usaba a diario para estar sentado por horas viendo noticias. Se sintió tonto y humillado.

—Está bien, hijo, has ganado de nuevo. Recoge tú, por favor, que las luces de la sala me acaloraron un poco y creo que me vendría bien salir a tomar algo de aire —dijo sin establecer contacto visual alguno.

Augusto caminaba por la bulliciosa avenida, mientras se mantenía perdido en sus pensamientos. «¿Es esto la vejez, Dios, dejar de ser el héroe de mi hijo y perder siempre en todo como un propio idiota?», pensó, al tiempo que elevaba ligeramente sus manos para inspeccionar las arrugas que cubrían el dorso de ellas. Jamás se había sentido tan viejo, tan disminuido, tan poca cosa.

Un empujón por el brazo lo trajo de vuelta a la desolada y sucia acera que caminaba, y al voltear fue sorprendido por un sujeto delgado que vestía franelilla.

—¡Pégate pa’llá, viejo! —gritó el hombre mientras escondía su mano debajo de la franelilla—. Quédate tranquilo y pásame el celular si no quieres que te suelte par de ti…  

 —¿Qué carajo acabas de decir?

—Que me des el ce…

—No, no, no… ¿acaso dijiste «tranquilo»?

La onda de calor regresó. El sujeto tenía ahora la cara de su hijo Manuel. Risas de burla superpuestas rebotaban en su cabeza. Augusto formó dos firmes puños y, sin siquiera tomarse un segundo para pensar en ello, supo que las arrugas y todo el peso maldito de sus años habían abandonado su cuerpo. Esta vez no se quedaría tranquilo.

Gabriel Núñez

 

Etiquetas: , ,

  • Cianuro

    Linchamiento express?

  • Samurai de Apartamento

    Un golpe al EGO… no soportaría un segundo porrazo sin siquiera defenderse o intentarlo!!!