Linchamiento de amor

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Lo más común es que se trabaje en equipo. Por lo general se trata de dos buenos amigos visionarios que emprenden el proyecto juntos. Se va a medias en todo, por supuesto. Los más desconfiados o tímidos optan por hacerlo solo. Pero solamente unos pocos tienen presente que estrechar lazos y mantener viva la llama del amor es fundamental. Y eso solo se hace compartiendo momentos; invirtiendo tiempo de calidad a tu pareja, pues.

Y a Mireya le encanta salir en la moto con su novio. Se siente tomada en cuenta, amada, cómplice, socia. Y a ver, si te dicen que además de estar al lado de la persona que amas, compartiendo y fortaleciendo la relación, te dijeran que vas a ganar buen dinero, ¿no lo harías? Por supuesto que lo harías, no hace falta ni que respondas.

Entonces a las nueve de la noche ya estaba activo el toque de queda en La Urbina. Bueno, desde hace dos horas, para ser exactos; a las siete de la noche, en punto, hasta las ratas se han recogido para dormir o compartir con su familia en las alcantarillas y bolsas de basura. Solo se atreven a salir los reyes de la calle, los príncipes en moto que están de pesca en sus botes de dos ruedas, esperando que algún pescadito ande en la calle confundido.

Y ellos dos venían remando juntos a toda velocidad desde Petare, viendo si la noche les tenía algún regalo. Entrando a La Urbina se percatan de un hombre que va en su carro a poca velocidad, con el vidrio abajo, discutiendo por celular con su esposa. Ese hombre es Jaime. Se quedó hasta tarde en la oficina porque a última hora el gerente general le pidió preparar unos reportes. Está arrecho.

Mireya lleva sus manos en el pecho de él; no por miedo a caerse de la moto, sino porque le encanta ir así pegada a su espalda, sintiéndolo suya. Él le da dos palmadas en el dorso de su mano, que es la señal para que entre en acción. Ella mira sobre el hombro de su novio, ve el carro en cuestión orillarse para entrar al estacionamiento y de forma automática se baja de la moto y aparece por la ventana donde Jaime lleva asomado su codo. Mala suerte la de ella, que quiere robar el celular de alguien que fue secuestrado hace un par de años. Entonces Jaime acude a su entrepierna y saca el revólver que lleva consigo siempre que maneja, soltando dos tiros que falla y terminan perdidos viajando en el aire. Ella está aterrada, no puede creer lo que ocurre y se voltea para escapar lo antes posible. Pero la moto está en el piso, su novio se cayó del susto y ahora está corriendo mientras se pierde a lo lejos.

Jaime decide guardar la pistola debajo del asiento, pero no dejar que esto acabe aquí. Se baja del carro y le lanza un puñetazo a  Mireya, quien se encontraba de espalda viendo incrédula cómo su novio se encogía en la distancia. Cae al piso aturdida; siente un pitido, todo le da vueltas, las piernas ni le responden. Y se comienzan a oír gritos que vienen de los balcones de los edificios que rodean la calle. «¡No dejes ir a esa maldita chora!»; «¡Córtale las manos, para que aprenda a no andar robando!»; «¡Reviéntala a coñazos, pana!», son algunas de tantas cosas que se escuchan, en su mayoría gritadas por mujeres.

Algunos vecinos comienzan a bajar; otros han estacionado su carro al ver que había un conato de linchamiento. Mireya sigue en el piso, reptando sin saber cómo escapar. De hecho, no piensa siquiera cómo hacerlo, tan solo se limita a maldecir a su novio. Ya unas veinte personas están detrás de Jaime, siguiendo lentamente los pasos que él da tras Mireya. Están eufóricos y le exigen a Jaime justicia. «¡No llamen a la policía, que esos la sueltan luego!», grita alguien del grupo. Y la arrechera de Jaime ha subido; de hecho, piensa que el susto que le dio no es suficiente. Rompe el hielo y decide darle dos patadas en la cabeza, para luego levantar un brazo con el puño viendo al cielo mientras disfruta de los aplausos y la algarabía de su público. Algunos rompen filas y comienzan a patear a Mireya, mientras la encierran en una pequeña olla de castigo.

La gente que mira desde sus balcones necesita más, y Jaime comienza a sentir la presión de complacer a su público. Mireya está escupiendo sangre y solo logra ver por un ojo; pide que no la maten, que la perdonen. Alguien grita desde las alturas que quemen la moto. Los que rodean a Mireya sonríen y asienten, les gusta la idea y comienzan a poner manos a la obra.

Todos están concentrados en prender la brasa. Un extraño silencio nace y del resquicio de una cortina sale la voz de una señora que grita con toda la fuerza que su avanzada edad permite: «¡Viole a esa maldita, señor, para que aprenda a respetar lo ajeno!».

La recomendación ha paralizado a Jaime. Ella tiene razón, golpearla y quemarle la moto no es un castigo justo. Jaime abre paso entre la gente y regresa al carro; se quita el saco del traje y lo lanza por la ventana al asiento del copiloto, se afloja el nudo de la corbata y desabotona las mangas de su camisa. Sube la mirada a los balcones, repasa todos esas caras de desconocidos que han venido a verlo. Sabe que no descubrirá el rostro de esa anciana que sufre y pide justicia, pero la calma en sus pensamientos.

Jaime regresa a la muchedumbre. La calle es un gran coliseo en llamas en donde todo el público aplaude con desespero y da su apoyo al gladiador.

—Toma, mi pana, ya quemamos la moto pero aquí sobró gasolina, por si quieres también prenderle candela a esta hija de puta —dijo un vecino que prefirió dejar las gradas y participar en la arena.

Jaime niega con la cabeza. «Ser quemada es lo que ella quiere, así que tengo un mejor castigo», dice.

—Tienes razón, matarla a patadas la hará sufrir más, pana —señaló el vecino.

—¿Y quién habló de patadas?

Jaime entonces se agacha y quita con delicadeza los zapatos de goma a Mireya; luego las medias estampadas con corazones. Tiene sus uñas pintadas de morado y los pies bien cuidados. Eso le encanta a él, una mujer arreglada, preocupada por tener impecable su cuerpo. Intenta quitarle los jeans ajustados, pero requiere la ayuda de dos vecinos para lograrlo; luego le rompe la franela y descubre sus enormes tetas color canela. Los vecinos agarran toda la ropa y la lanzan a la hoguera, haciendo avivar la llama en donde la moto sigue consumiéndose.

Una señora vino con una escoba y ha partido el palo en la cabeza de Mireya. Esto hace molestar a Jaime, quien la aparta de un empujón y le dice que la víctima es él, que le respete su momento. «¡Y la misma vaina va con todos! ¿Está claro?», agrega y señala a todos con la pantaleta de Mireya en la mano.

—Por favor…, déjenme ir, no me maten —balbucea Mireya desde el piso.

—Aquí nadie va a matarte, chama —dice Jaime—, pero no puedo dejarte ir sin darte una lección. Yo trabajo y me parto el culo en una oficina todos los días para sobrevivir en esta mierda, así que, como comprenderás, no tomo muy bien que venga una malandra a quitarme lo poco que tengo. Tú me entiendes, ¿no? Yo sé que sí —le dice, mientras está de rodillas y pone con gentileza sus manos en los muslos llenos de sucio y sangre de Mireya.

Ella comienza a gritar y llorar, así que Jaime le mete la pantaleta en la boca para que guarde silencio. Con el llanto no tiene problema, más bien lo toma como una muestra genuina del arrepentimiento de ella. Entonces se quita la camisa, se baja el cierre del pantalón caqui, lanza un escupitajo en la cabeza de su pene, lo riega en toda su extensión y lo mete hasta el fondo sin ningún cuidado en la vagina seca de Mireya. 

Una lluvia de aplausos cae desde los balcones y se fusiona con el sudor que hierve en la espalda de Jaime. Ella llora y tose porque se ahoga con su saliva; el aire le falta, y la muchedumbre y el peso de Jaime lo empeoran. Él no se detiene. Su mano ahorca la nuca de Mireya y la usa de soporte para penetrarla con más intensidad. Su castigo es implacable, severo; y su verdugo desata toda su ira, le enseña al Estado y sus organismos de seguridad cómo es que se agarra a un delincuente y no se es tolerante ni flexible; débil e inepto.

Con la mano que le queda libre, además de pellizcarle un pezón, Jaime intenta limpiarle el cuerpo, pero más bien le restriega la sangre. Ve en sus ojos la comprensión de haber hecho mal al estar robando, así que le saca la pantaleta de la boca. Y justo ahora comienza a redescubrir a una Mireya diferente. Y no es que esté pensando en eso mientras la castiga, pero por segundos cierra los ojos y se da cuenta de que la justicia luce y se siente igual que la pasión: es roja, caliente, tórrida; como una llama que se forma en el pecho y que gusta tanto que giras sin cuidado la válvula del gas para que esta crezca hasta que no pueda más. En su cráneo cruza un cosquilleo que parecen chispazos orquestados para bailar y saltar en su cabeza y no abandonarlo hasta que termine la noche. Y sus recuerdos se han quemado con las chispas. En este momento no existe su esposa; tampoco su familia, su trabajo, su maldito jefe. Es él, Mireya, y toda esta llama que les envuelve y les hace aislar el ruidoso tumulto que mira y celebra la justicia. Ella es hermosa, y él le ha perdonado el intento de robo. No le importa por qué quiso hacerlo, tampoco el que tenga novio; es más, ella no se merece un patán como ese que la abandonó. Merece alguien como Jaime, él jamás le haría eso.

Y ella solo grita que la perdone, que se detenga y la deje ir. Pero Jaime no puede oír nada. Y al ver esos tiernos labios con sangre moverse, decidió bloquearlos. Ella le muerde, pero él logra domarlos cuando le ahorca suavemente y le estrella suavemente la cabeza en el piso. Quiere verle la espalda y las nalgas; también la nuca que tanto ha tocado. Se termina de quitar los pantalones y se queda en medias; a Mireya la voltea y la pone en perrito, mientras sus rodillas comienzan a sangrar. Escupe en medio de sus nalgas, la toma por el cabello y la penetra, pero ya no con odio; de hecho, desde hace tiempo esto dejó de ser un tema castigo: es amor.

Jamás se había sentido tan vivo en años. Pasea sus manos por la cintura y las nalgas de Mireya, únicamente para confirmar que todo este gran momento está ocurriendo. Echa un vistazo a su pene entrando y saliendo para asegurarse; sí, es el de él y todo esto es muy real y hermoso.

Mireya ha dejado sus uñas partidas en el asfalto. Dejó de gritar y pedir perdón hace rato. Está resignada, dócil; sabe que en cualquier momento conocerá a la muerte y no sirve de nada luchar contra ello. A veces la cara del infeliz de su novio se le atraviesa en esos pensamientos. Desearía que estuviese con ella ahora; no para despedirse de él y sentir alivio, sino para disfrutar viéndolo morir también, por imbécil y cobarde.

Jaime se inclina un poco y le pregunta a Mireya, recostando sus labios en la oreja, si ha acabado. Ella tiene la mirada fija en un punto cualquiera y no logra entender siquiera lo que le ha preguntado. Él le da un beso en la mejilla y le pasa la lengua. «Me encantas, bella. Voy a acabar ya entonces», le susurra.

La policía llega y disparando al aire un par de veces va disolviendo este gran anillo de gente exaltada que mantiene la temperatura perfecta para que estén a gusto los cuerpos desnudos de Jaime y Mireya.

Ahí está él, acostado en posición fetal, abrazándola. Y mientras le hace cariño en su vientre canela, no deja de pensar en cómo un día de mierda que iba a terminar en un robo, se convirtió en algo tan especial. En un momento ves a una ladrona; al otro, el amor de tu vida. También reparó en el hecho de que, en sus cinco años de casado, nunca experimentó algo tan bonito como esto que sintió haciéndole el amor a Mireya. «¿Me crees si te digo que eres lo mejor que me ha pasado?», le pregunta Jaime mientras hunde los dedos en el sudor que sigue corriendo en sus tetas.

—Pues lo eres, mi vida. Te amo —confirmó a una Mireya que encaraba al cielo con la mirada perdida y el rostro manchado de sangre y rímel.

Gabriel Núñez

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  • LeVueNoir

    Asquerosamente romántico Gabriel, que te lo dice un fan anónimo. Sigue escribiendo Button.

  • Te hamo.

  • Angela

    Me gusta esa nueva manera en la que estás escribiendo, donde te acercas más a quieres te leemos. Me pareció hilarante, perverso, doloroso y sucio, por eso me encanta.

  • Elissé Barroso

    Que arrecho como tus escritos hacen sentir cosas que hacen cuestionarse a uno mismo ( If you know what I mean…)

  • Cesar Augusto

    Coño vale siglos sin pasar por aquí, veo que hay material nuevo y bastante bueno, vuelve con los videos hombres, ese es un proyecto asi como esta pagina que valen mucho la pena, cuando veía tus videos te hacía en uno años en la movida humorística Venezolana, en el mismo nivel que Rafael Guzman, Led, Prof Briceño, entre muchos otros.

  • Genesis Carieles

    Qué lacrita vale… recién lo leí! jajajajaajaja está bueno, muy dirty.

  • Jenicse

    Genial tu manera de escribir, es algo distinto, algo que atrapa, eso me encanta!

  • Jenicse

    Genial tu manera de escribir, es algo distinto, algo que atrapa, eso me encanta!