Si Mozart suena

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I

Si Mozart suena, Christian está preso.

Largos muros se erigen ante los ojos de él, que miran impotentes desde el centro del patio. Con sus pies desnudos, Christian acepta que es otro día más de su desdichada vida en cautiverio. Ya no siente ansiedad, ya no se mueve; no busca, como solía hacer en el pasado, luchar y oponer resistencia a las paredes que se elevaban a su alrededor.

Una canción nace del cielo y es escuchada, pero a los pocos segundos es callada. La siguiente no es interrumpida. Pudiese decirse que esto le afecta más a Christian, sí, mucho más que el terrible hecho de estar preso. Se puede ver cómo sus labios se tuercen y sus manos van formando dos puños que tiemblan y encierran una ira desmedida y reprimida desde hace tiempo. Es como si alguna fuerza externa y misteriosa supiera que esa tonada hace más miserable la existencia y el castigo de él.

Y aparece su captor, asomándose desde allá arriba; lo mira, le sonríe, como si disfrutara en silencio y de forma enfermiza el ser el creador de todo ese sufrimiento ajeno llevado dignamente en silencio. Luego le permite varios sorbos de agua, tan solo buscando mantenerlo con vida el mayor tiempo posible. Christian lo agradece y pide más con impaciencia, mientras muchas gotas corren por su cuello y se pierden en la franela llena de mocos y saliva.  

Se la había regalado su padre, meses atrás, en una de tantas visitas a su celda. Sobre la tela blanca de algodón se mostraba la figura de un brillante y pulido carro rojo, sonriendo, con dientes perfectos y unos grandes ojos azules que irradiaban enorme felicidad. Una que no conocía Christian, por supuesto.

La misma mano que le dio agua ahora permitía la entrada de los guardias de turno. Una enorme esponja amarilla con zapatos negros lustrados era colocada en una esquina. Una sonrisa llena de gozo dejaba al descubierto sus dos únicos dientes, y de una forma obvia que no se podía disimular, el morbo y disfrute que su trabajo le proporcionaba. Esta persona se refirió a él llamándole Bob.

Luego llegó un corpulento dinosaurio, el cual tenía unos cuatro meses más de antigüedad trabajando en la prisión. Narciso, arrogante; una bestia morada que abusaba de Christian usando su descomunal fuerza en la cola cada vez que se le antojaba reafirmar su ego. Iba siempre desnudo por el patio. Barney, era el nombre que usaba su compañero para dirigirse a él.

De pronto, un perro que jadeaba saltó y cubrió por segundos con su sombra el cuerpo de Christian. Era un pestilente animal que siempre merodeaba el recinto. Se la llevaba bien con los guardias y, con tal de recibir un poco de sobras de comida, era capaz de matar a mordiscos a quien se le ordenara.

Christian no era nuevo en esto. Ya llevaba cumplido cerca de año y medio de condena, tenía más que estudiados los flancos débiles de la prisión y sus guardias. Al comienzo no fue tan fácil, sin embargo; Christian se quebraba con facilidad y, humillado y sin dignidad alguna, se arrastraba por todo el patio llorando y rogándole a los guardias que terminaran de matarlo para ahorrarle todo ese sufrimiento sin sentido.

Pero sin saberlo, sus piernas y brazos se iban fortaleciendo. Un día descubrió que podía ponerse de pie si se apoyaba del muro y enterraba sus uñas entre las hendiduras de los ladrillos. Le temblaban las piernas y los pies tendían a doblarse, pero desde ese momento supo que la posibilidad de escapar de ese infierno no era algo absurdo, no era en lo absoluto ese sueño lejano y reiterativo que lo acompañaba cada noche. No obstante Christian continuaba, con toda intención, mostrándose débil ante sus opresores.

La vida en confinamiento es una triste, dura y amarga, y él lo sabía muy bien. De igual forma su piel: pequeñas cicatrices, y hasta heridas recientes, estaban repartidas en su escuálido y pequeño cuerpo. Su cara presentaba algunas finas costras que cubrían de forma cruzada parte de sus mejillas; costras que, se puede inferir, eran consecuencia de las largas torturas a las que era sometido a diario.   

Christian Alejandro conocía de a ratos lo que era una vida sin dolor ni tristeza. De hecho, sabía muy bien lo que existía allá afuera, gracias a las visitas y paseos dominicales de su papá. El olor de la grama; las personas trotando, conversando, riendo; la picazón en la piel de un día soleado; el ruido de los carros, el ruido de la libertad. Pero a pocas horas de celebrar el gran regalo de la vida, su encarcelamiento llegaba de vuelta sin clemencia.

Pero esta mañana no era como tantas otras.

Christian se recostó de su almohada y fingió estar dormido. Tan solo esperaba una señal: escuchar las llaves del guardia y su adiós en el corredor; mientras esto ocurría, no hacía más que repasar cada uno de sus próximos movimientos a seguir. Y la señal llegó.

II

Amilcar se acomodó los lentes para inspeccionar con cuidado las rebanadas de pan, y así retirar con las uñas las partes con moho que ya se formaban sobre ellas. Antes de agarrarlas, tomó la botella y se echó dos tragos de ron. 

La tostadora se la había dejado. Ella siempre se inclinó más por el queso derretido, así que le gustaba poner el pan ya relleno en el budare. El resto de cosas las montó en un camión que alquiló y se las llevó de la casa.

Le untó mantequilla a ambas partes y luego atrapó con ellas una última lonja de jamón que quedaba en la nevera. Dio un mordisco y, como ya era costumbre para él a esa hora de la mañana, buscó el perfil de ella en Facebook. Y ya el motivo de su llanto no era ver a Camila en la foto; era ver lo que tenía en sus brazos: su hija.

Ha estado de ella a una calle de distancia, mientras permanece oculto tras el muro de una arepera, frente al edificio de su suegra. Conoce su pequeña cara por las fotos que comparte Camila en Facebook, y él le añade en el laboratorio de su cabeza sus suaves movimientos y el sonido de llanto que ha podido capturar al vigilar escondido.

«Vigilar»…, ¡vaya que Amilcar odiaba y tenía presente esa palabra! Y es por eso que se prohibía hacerlo todos los días, ya que cierto sentimiento de suciedad y culpa le invadía mientras lo hacía. Así fue que Camila alimentó sus demonios, vigilando. Y así fue también que ella llegó a la errada conclusión de que Amilcar le era infiel y que, así estuviese esperando una hija de él, lo mejor era abandonarlo y quitarle lo que más le ilusionaba en la vida.

Pero fue la única idea que se le ocurrió a Amilcar para tener un ingreso extra. Entonces, al terminar su jornada de trabajo a las cinco de la tarde, metía los envases ya secos en su lonchera y pasaba por el puesto de su compañera para llevarla a su casa. A quinientos bolívares fijaron el costo de la carrera; así los dos salían ganando. Prefirió mantener esto en secreto porque sabía lo celosa que era su esposa. «Las mujeres se inventan una novela toda loca, pana», dijo Amilcar a un amigo en una ocasión.

Y alguien que conocía a Camila vio a Amilcar abriéndole la puerta a su compañera de trabajo. Camila no dijo palabra alguna, pero decidió montar vigilancia, con su bebé en la barriga como cómplice, justo donde Amilcar dejaba estacionado el carro. Y así comprobó que no se trataba de un chisme, y que día a día Amilcar salía del trabajo con esta chica y se iban juntos en su carro.

Se tomó dos tazas de agua caliente, quizás para intentar sentirse lleno luego de ese pobre desayuno. Ya ponerse la corbata y el traje no tenía sentido alguno. ¿Para qué luchar, para qué levantarse cada mañana a repetir lo mismo? Ya sus motivos no existían; o al menos no en su vida. Lo único cierto y constante de su vida ahora era el alcohol, la impotencia, la ira que sentía hacia sí mismo.  

Terminó de amarrarse los zapatos y volvió a cepillarse los dientes, solo para asegurarse de que su boca no lo delatara con algún resto de alcohol del desayuno. Se miró en el espejo y reparó en cómo su vista se perdía entre mareos, intentando enfocar su reflejo. Y es que hasta cuando lograba hacerlo ya le resultaba imposible reconocerse. No era el Amilcar de hace meses, ese que se recordaba sus metas a diario, que lucía limpio y vivía con una llama en su interior que difícilmente alguien podría haber apagado.

La parada se encontraba vacía, apenas dos minutos atrás el autobús había pasado. Sería la tercera vez que llegaría tarde; aunque ya eso le daba igual en realidad. Luego de todo ese malentendido Amilcar decidió no llevar más el carro al trabajo; tal vez aún le quedaba un ápice de esperanza en el cual su esposa lograría entender su versión de los hechos y regresaría.

«Presta atención a los malditos autobuses, Amilcar», se repitió varias veces, transitando entre las olas de sus mareos y los recuerdos de las fotos de su hija, con la mirada perdida en la luz verde del semáforo. Sentía que su cuerpo no tenía peso, como si se tratara de un globo al que la brisa podría arrastrar en cualquier momento y hacerlo desaparecer en el cielo. Su mano decidió rendirse y soltó el maletín negro que aguantaba ya temblando. 

Comenzó a repasar su vista por el edificio de ladrillos plantado al frente de la parada, al otro lado de la calle. Pudo ver en el segundo piso a una pareja charlando en el balcón, mientras sostenían una taza. Sonrió recordando que solía hacer lo mismo con su mujer, como ritual previo a la ducha de la mañana antes de ir al trabajo. Cayó en cuenta de que se trataba de una sonrisa imbécil, incoherente; también de que esa pequeña alegría traída por el recuerdo le resultaría dañina. Pasó a otra ventana. Rememoró cómo, cuando era adolescente, disfrutaba el espiar escondido por un un resquicio de la persiana de su cuarto. Inventarle historias a esos rostros lejanos que veía día a día, calcularles edades, ponerles subtítulos a sus diálogos mudos. 

Volvió a concentrarse en seguir cazando pequeñas historias en ese gran cosmos rojo que tenía ante él. A lo mejor, en el fondo, sí quería más de esa alegría hiriente y dañina; más de esa sonrisa incoherente. Y paseando por ventanas cerradas y apartamentos ya sin vida llegó a unas débiles luces azules que palpitaban desde la mitad de este gran universo de ladrillos. El sol las sometía casi en su totalidad, pero todavía era posible ser testigo de su protesta. Y Amilcar cayó en cuenta de que esa tenía que ser la navidad más triste y llena de soledad de su vida.

De repente una mano comenzó a pegar repetidas veces sobre el vidrio donde rebotaban los pequeños zumbidos azules. Amilcar se quitó los lentes y estrujó sus ojos, tan solo para asegurarse de que su embriaguez de costumbre no estuviese jugando con su cerebro. Pero no, él estaba en lo correcto, con claridad se podía ver la palma de una mano puesta sobre la esquina del gran panel de vidrio.

Un pequeño cuerpo apareció tras el vidrio. Se trataba de un niño, Amilcar no tenía duda de ello. Fue inevitable no dejar su imaginación volar y ser una diana de sus asociaciones. Sintió ganas de llorar, al pensar que ese pequeño podía ser su bella y desconocida hija, ocupando el cuarto que había pintado y preparado para ella. Sus risas, sus llantos, sus primeras palabras; a lo mejor jamás conocería sus sonidos teniéndola en sus brazos. Era padre, pero no lo era al mismo tiempo. Y es que, ¿cómo él pudiese decir que era papá, sin siquiera haber cargado a su hija una vez, sin conocer al menos a qué olía ella?   

Todas estas divagaciones fueron truncadas de golpe, cuando el vidrio comenzó a moverse y la minúscula mano continuó empujando por el borde de este. Amilcar repasó todo el área de la ventana, esperando ver alguna figura que acompañara al niño. Pero no encontró a nadie, solo podía ver los movimientos lentos del niño que ya dejaban mostrar la totalidad de su cuerpo.

Amilcar comenzó a mover los brazos con desesperación, intentando atraer la atención del niño, que miraba sereno, desde allá arriba, lo que ocurría a sus pies. Los carros, los autobuses, las cornetas; todo enmudecía los gritos de Amilcar. Pero, ya cuando se rendía y se secaba el sudor de la cara con la manga del saco, logró establecer contacto visual con el niño, que reía y le saludaba mientras se agarraba del marco dorado de la ventana.

Amilcar clavó sus ojos en él y, como si estuviera regañando a esa hija que nunca ha podido ni podrá regañar, le ordenó repetidas veces con la mano que regresara al interior del apartamento y se alejara de ahí de inmediato. Pero el niño solo movía su mano con tranquilidad, mientras saludaba y sonreía.

Amilcar contó los pisos. Se trataba del piso siete. Sin esperar a que el semáforo se pusiera en rojo cruzó la calle corriendo, al tiempo que los carros frenaban o hacían acrobacias para no arrollarlo. Tenía sentido su plan, ya que era probable que la persona que cuidaba del niño se hubiese distraído, dejándolo solo en la sala. Tocó repetidas veces el 71, el 72, el 73 y el 74. Nadie respondió.

«¡Carajo, contesten esta mierda!», gritó al intercomunicador, mientras le propinaba varios puñetazos y presionaba los botones de otros pisos. Amilcar desistió y regresó a la parada. Al subir la mirada vio que el niño seguía en la misma posición, pero esta vez miraba a lo lejos, con los ojos cerrados e intentando tocar algo en el aire con su mano. Lo perdería. Sí, ese era el pensamiento de Amilcar ante esa escena. Y llegado ese punto, la única cosa que podía hacer era lo que ya hacía: llorar y seguirle rogando que retrocediera, que dejara de formar parte de su escena, que dejara de hacerle sentir padre.

III

Eva prendió el equipo reproductor y apretó el botón para reproducir el disco de Mozart para bebés que ya siempre permanecía descansando en la bandeja del aparato. Lo había comprado a las pocas semanas de nacido su hijo. Leyó en un número de la revista Selecciones que el ponerle música del compositor a un bebé favorecía el aprendizaje del lenguaje y desarrollo de las capacidades cognitivas. Varias amigas de ella le compartieron que, además de las ventajas que había ya leído, notaron que sus hijos presentaban menos pataletas y conductas irritantes. Los notaban más calmados y silenciosos.

A ella la primera canción no le gustaba mucho, le parecía algo triste. Las cuatro veces que la había oído completa había terminado llorando. Por lo tanto ella concluyó que si dejaba sonar esa canción pudiese estar más bien formando a un bebé con tendencia a la depresión, como ya ella lo era. Así que la saltó y pasó a la segunda: Le nozze di Figaro. Le parecía movida, alegre, y que ponía de buen humor a su hijo.

Los cambios fueron notorios para ella a las pocas semanas. Era un hecho que su hijo se veía más calmado y cada día lloraba menos cuando llegaba la hora de dejarlo solo en el corral para ir a hacer sus compras y diligencias.  

Al salir embarazada Eva dejó su trabajo y vio, de alguna forma, asesinados su carrera y éxito profesional que estaba alcanzando; también le pareció que su entorno y grupo de amigos cambiaron su forma de verla y tratarla. Pero la sociedad es muy vasta; ellos son muchos, en cambio su esposo es uno. Toda su frustración la canalizó hacia él, haciendo que, más temprano que tarde, la relación se desplomara como un delicado castillo de naipes y su esposo decidiera dejarla.

Ya le había dado su desayuno, ahora solo quería asegurarse de dejarlo bien hidratado para que se quedara descansando tranquilo mientras ella iba a comprar algunas cosas para preparar en el almuerzo. Tomó sus peluches preferidos y los metió en el corral para que jugara con ellos y no se sintiera solo.

Eva le dio la bendición desde lejos a su hijo, tomó las llaves y se marchó.

IV

Abrió los ojos. Sus rodillas se movieron hacia delante, haciendo de soporte para que él se levantara. Ya puesto en pie, Christian se giró lentamente y, fingiendo ver un punto cualquiera del muro, estableció la ubicación de cada uno de los guardias: el dinosaurio en la esquina izquierda, fumando un cigarrillo y viendo hacia el cielo; la esponja, en la derecha, sonriendo y quitándose con la uña restos de comida depositados en uno de sus dos únicos dientes; el perro, a un lado del oficial Barney, rascándose con la pata, como ya era usual.

Christian aprovechó este momento perfecto de distracción. Sacó su chupón sin hacer mucho ruido y lo lanzó para que pegara contra el muro, justo detrás del morado oficial. El ruido alertó a todos, haciéndolos girar para intentar encontrar la amenaza.

Pero la real amenaza estaba era a sus espaldas. Christian tomó con sus dos manos la cola del oficial Barney y tiró de ella como si fuese un gran látigo, lanzando por los aires al animal, quien finalizó su vuelo estrellando su cara contra el piso del patio. El perro enseguida dejó de rascarse y brincó en dirección a Christian, con el hocico abierto apuntando a su cuello; Christian, consciente de este ataque venidero, solo se dejó caer en sus rodillas y levantó la mano derecha, cerrándola de manera firme justo cuando la cola del animal volaba sobre él. Tiró de inmediato de esta, y cuando la fétida bestia iba directo al suelo, Christian lo impidió; no para perdonarle la vida, sino al contrario, para atajar con la otra mano su cuello y partirlo de un brusco movimiento de muñeca.

Bob no podía creer lo que veían sus ojos: el indefenso prisionero al que tanto habían disminuido acababa de destruir el rostro de su mejor amigo y asesinado al perro con sus propias manos. Al ver la mirada de Christian, supo que su destino no sería diferente. Un peligroso pie de once centímetros se elevó con rapidez, levantando arena del patio en su recorrido y terminando su recorrido con una fulminante patada en la larga nariz del oficial, que la arrancó de raíz y la envió al otro extremo del recinto.

Christian mantuvo la guardia en alto y echó un lento vistazo a su alrededor, disfrutando el cuadro que se le presentaba, el cual era total responsabilidad de él. Miró su cronómetro. Tomó el borde de la manga de su franela sucia y secó el sudor que le corría por la cara. El mundo era un mejor lugar sin esos tres imbéciles, de eso él no tenía la menor duda.  

Pero incluso muertos les sería de utilidad. Christian arrastró por la cola al perro y, luego de hacer un rápido cálculo mental mientras miraba hacia la parte más alta del muro, lo mandó a volar al borde de este, justo donde se encontraba el cercado de alambre de púas. Los cuerpos de Barney y Bob los apiló en la esquina.

Christian se detuvo para respirar un poco, no acostumbraba agitarse de esa manera. Algo caliente y espeso se le vino a la boca y le infló los cachetes; apuntó a los cuerpos sin vida de los guardias y les escupió. Se trataba de un poco de avena que le habían dado en el desayuno. Estiró su franela y se limpió la baba espesa que le colgaba de la comisura de los labios.

Esquivó con sus pies el buche y procedió a trepar la pequeña pila de cuerpos; luego se puso de puntillas y pegó un brinco, alcanzando el borde. Ayudándose con los pies, pudo escalar lo que quedaba y burlar el cerco, gateando sobre el cuerpo desangrado del perro. Alcanzar el otro lado no era asunto de preocupación para Christian: ajustó su pañal y se dejó caer de nalgas, si algo debía agradecer a todo este tiempo en prisión era su enorme tolerancia al dolor.

Volvió a mirar su cronómetro. Sin perder tiempo Christian siguió adelante, en dirección al gran mueble marrón de cuero que llegó a ver cuando se le eran permitidos paseos supervisados en las cercanías del centro penitenciario. Recostó su pecho de la acolchada superficie y comenzó a escalar el mueble, siguiendo el débil haz de luz que se colaba y caía sobre este.

Luego de cinco minutos de arduo ascenso, Christian logró conseguir la cima. Tan solo un gran muro de vidrio lo separaba de ser un hombre libre. Golpeó repetidas veces con la palma de la mano la estructura, como si buscara estudiar su peso y decidir qué sería más fácil, si partirlo o hacerlo desplazar. Fue honesto consigo mismo: quebrarlo le resultaría imposible. Colocó sus manos en el borde del vidrio, chocando con la luz que lograba entrar por un resquicio. Puso sus pies descalzos sobre el espaldar del mueble y, dejando caer todo el peso de su cuerpo, empujó el vidrio con todas sus fuerzas. Cada centímetro que se iba moviendo del vidrio, Christian aprovechaba para inhalar y dar de nuevo todo lo que tenía en sus músculos. En pocos minutos esta delgada línea de luz que venía del exterior se convirtió en un océano amarillo en el cual Christian volvía a bañarse.

Y todo lo que recordaba haber compartido con su papá estaba todavía ahí afuera, presente. Era como si se le estuviese regalando una gigante maqueta de lo que sería la libertad. Los carros y motos se movían de un lado a otro, pero sin que nadie los tomara por el techo, como él solía hacer cuando jugaba con su padre; las personas trotaban, caminaban, se abrazaban y besaban; nubes negras se movían abajo, mientras que las blancas hacían lo mismo pero arriba y sin desvanecerse. Si concentraba sus oídos en el exterior, haciendo caso omiso a la horrible música que salía del cielo de la prisión, Christian podía oír cornetas, risas, canciones, voces de personas que disfrutaban de su libertad, y no de opresores ni de animales agresores.

Christian paseaba su vista sobre todas estas personas en miniatura que hacían diversas actividades, cuando reparó que un hombre moreno le saludaba y decía cosas inaudibles. La emoción de Christian no hizo más que crecer, ¡menos de cinco minutos viendo esta hermosa maqueta y ya otros, allá afuera, le demostraban cariño! Christian le devolvió el saludo y le agradeció el gesto. El señor de traje gris y corbata graciosa color mostaza no dejaba de saludarle y darle la bienvenida a un mundo nuevo, pero ahora, manteniendo esos saludos, cruzaba la calle y se perdía de la vista de Christian.

Un ruido horrible interrumpió todo este gran momento de Christian, haciéndole caer en cuenta de lo mucho que se había distraído. «¡Tiene que ser la alarma, alguien tiene que haber avisado y la han activado!», se dijo Christian. En cualquier momento irían por él, eso era un hecho. Volteó para ver la prisión en la que vivió por poco más de año y medio. Lograba ver al perro colgado del cerco, babeando sangre, tal cual como lo había dejado, y eso le hizo caer en cuenta, por primera vez, de que se había convertido en un asesino. Pero ese era el precio de su libertad, y no tenía remordimiento alguno de haberlo pagado.

Dejó todo ese pasado atrás y volvió a encarar el nuevo mundo que aguardaba por él. Cerró los ojos y respiró a qué olía esta nueva vida, mientras extendía su mano, como si hubiese logrado hacer del olor algo tangible y pudiera acariciarlo, sentirlo. Abrió sus ojos y lo primero que encontró fue al hombre de la corbata divertida. Este le seguía saludando y animando para que ya dejara atrás todo ese sufrimiento y dolor.

Ya estaba listo para ser libre y conocer su nueva vida. Recordó el rostro de su padre y, sintiendo una emoción indescriptible, le sonrió a su pensamiento y le dijo que lo esperara allá afuera, para que le siguiera mostrando el mundo, pero esta vez sin que nadie les volviera a robar su tiempo juntos.

Christian volvió a hacer contacto visual con el simpático señor de la parada, le regaló una última sonrisa antes de su encuentro y le confirmó desde las alturas que lo haría. Lloró de emoción, secó el sudor de sus manos con el rostro sonriente del carro rojo de su franela, flexionó levemente sus rodillas y, sin quitar la vista a su nuevo amigo, saltó al vacío para ir a estrechar su mano y pedirle que le enseñara, junto con su padre, lo que era vivir en libertad.

Gabriel Núñez

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  • Escorpio17

    Excelente mi pana! Tienes un enfoque muy oscuro pero en lo absoluto convencional! Q siga fluyendo la inspiracion y narrativa! Saludos, seguire visitando este blog con frecuencia

    • Escorpio17

      En lo absoluto NADA convencional quise decir! Continua cosechandolo

    • Conidayvuelta

      Muchas gracias, pana, complacido de que disfrutes la lectura. ¡Saludos!