La ley del monte

postmalibu copia

Maneja su Malibú rojo del 79. Un cassette de Vicente Fernández va sonando en el reproductor. Un sol de mediodía forma en el interior del carro una niebla pegajosa y tibia que le hace desear una siesta en el asiento de atrás. Pero hay responsabilidades de las que uno no puede escapar. Conduce ahora recostando sus escuálidos antebrazos en el volante, para así poder quitar el papel de aluminio que esconde la mitad de una canilla rellena de jamón y mantequilla.

Se mira en el retrovisor para chequear que el efecto de la gelatina no se estuviese perdiendo con el sudor. Y no, su peinado hacia atrás se mantiene intacto. Se regala una sonrisa y descubre un pedazo de pan justo en el hueco donde se supone que uno de sus colmillos debería estar, así que se mete la uña larga del dedo meñique y luego le pasa la lengua para no perder nada de comida. Suena «La ley del monte». Le sube volumen y comienza a cantarla a todo pulmón, superponiéndose a la voz del cantante. Su codo es ahora una quilla que reposa asomada por la ventana y va cortando el viento con armonía.

Parece que esta calle le gusta, así que va bajando la marcha y comienza a orillar su carro con parsimonia. Le baja el volumen a la canción, pero de forma progresiva, no le gusta cuando el silencio invade de golpe su cabeza al apagar el carro. Saca los lentes de sol de la guantera y se pasa un pañuelo por la frente y el cuello. Se echa una última ojeada en el retrovisor, acaricia su bigote con delicadeza y se da una señal de aprobación.

Mueve a un lado el caucho de repuesto desinflado que tiene en la maleta y alcanza su caja de herramientas de plástico. La abre y va sacando, uno a uno, todos los destornilladores disponibles en ella, poniéndolos por orden de tamaño sobre un periódico lleno de grasa que sirve de alfombra. Tamborilea sus dedos en un costado oxidado de la carrocería, mientras evalúa cuál sería la decisión acertada. Se inclina por uno mediano, de estrías, con mango antirresbalante de franjas amarillas y negras que le vendría perfecto para mejorar el agarre con esas manos tan sudadas. Lo toma con firmeza, simula estar sacándole un tornillo al aire. Se lo mete en el bolsillo de atrás del pantalón y pone el resto de vuelta a la caja. Enciende un cigarrillo y se sienta en el capó del carro; si algo le ha enseñado la experiencia, es que ser paciente y saber leer el entorno es la clave para un trabajo impecable. Y a él le gustan las cosas bien hechas.

Ha pasado un poco más de una hora. Se rasca el oído con la llave del carro y aprovecha para sacar el cerumen que tenía acumulado. Le encanta olerlo y aplastarlo entre la yema de sus dedos. Una lejana risa de mujeres interrumpe su aseo personal. Se pone la mano de visera y enfoca su vista, como si fuese el capitán de un barco que no avistaba tierra desde hace semanas. Le gusta lo que ve aproximarse: dos mujeres gordas en falda ajustada caminan con lentitud mientras comen un helado. Él deduce que son empleadas de alguna empresa del área y vienen de almorzar alguna porquería de la zona industrial. Masajea su esponjoso bigote mientras cuenta mentalmente los segundos que faltan para que se crucen con él. Ya puede detallar sus cachetes acolchados y brillantes, también ser testigo del sufrimiento de los tacones por el sobrepeso de cada una. Él les saluda. Una de ellas le voltea los ojos y da una lamida a su barquilla de mantecado; la otra, sonríe con picardía y asiente, usando de abanico una mano para echarse aire.

Por el rabillo del ojo confirma que ya pasaron y le han dado la espalda. Echa un bostezo, estira sus brazos hasta que le crujen los codos y luego se baja del capó. Da tres largas zancadas y aterriza agarrando por el cabello a una de las chicas, tira con fuerza de su cola de caballo y la lanza de nalgas al piso; se lleva la mano a su bolsillo trasero, encuentra el mango del destornillador, lo toma y, con un movimiento certero, entierra su punta cromada en el ojo izquierdo de ella. Se lo deja enterrado. La otra gorda está gritando y comienza a correr en un intento de escape. Corre sin mucho esfuerzo y le mete el pie por detrás a su grueso tobillo, cayendo tendida sobre sus tetas en la acera, con la barquilla estrellada en la cara. «¡Coño, gorda, sí que la has embarrado!», le dice mientras suelta una carcajada. Toma el tacón que se le ha salido, lo huele, inhalando tanto como sus pulmones le permiten; voltea de una patada en la barriga a la chica, luego le aprisiona sus brazos con su larga mano, tomándolos por las muñecas, se sienta sobre su barriga, como si la fuese a cabalgar, toma con firmeza el tacón y con él le perfora el ojo izquierdo, para luego dejarlo ahí sepultado. Ambas gordas gritan, él les manda a callar mientras ríe. Desentierra su destornillador del ojo de la primera chica, limpia la sangre de la punta y el vástago en la camisa de su uniforme y luego toma la barquilla que quedó sobre el pecho de ella; se monta en el carro mientras lengüetea el helado, enciende el motor, sube el volumen de la canción y se aleja de la escena mientras ve por el retrovisor cómo las compañeras se quedan en el piso moviendo sus extremidades con desespero. Son dos cucarachas con falda que se mueven inquietas sobre su exoesqueleto sin posibilidad de voltearse, y eso le causa gracia.

Prende su celular para revisar los mensajes que llegaron mientras descansaba. Escoge al que se le tapó la cañería. Se revisa la ropa y se pone serio, ya es momento de regresar al trabajo y hacer algo de dinero antes de que se vaya la tarde. En menos de una hora la cañería ha sido destapada. 

Una botella de whiskey barato para celebrar que ha llegado el final de otro día. No le gusta conducir de noche, así que antes de que muera la tarde ya está estacionando su carro. Agarra un vaso de plástico, le pone cinco cubos de hielo y los pone a gritar ahogándolos en el licor. Se quita los pantalones, la camisa, se tira en el sofá para relajarse y ver el juego de béisbol en la televisión. Se emborracha y se queda dormido, pero luego la baba en su pecho le hace cosquillas y lo despierta a medianoche. Va al baño, orina y se lava las manos. Mira su reflejo en el espejo mientras se peina el mostacho. Sonríe y bosteza.

Se sienta en el borde de la cama, toma la libreta y marca dos líneas que completan otro cuadrito más. Programa la alarma en su pequeño radio despertador, estira la cinta elástica y se quita el parche negro que esconde el terror de su ojo izquierdo; lo pone sobre la mesa de noche y apaga la pequeña lámpara a su lado. Mañana será otro día de trabajo.

Gabriel Núñez

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  • Isabel

    No sé por qué pero de un momenyo a otro tus escritos dejaron de sorprenderme… ultimamentr me encuentro terminando de leer “a las patadas” solo porque “ya empece”… saludos…

    • Conidayvuelta

      Es válido, los héroes no son para toda la vida; no pasa nada. Saludos.

  • Chamo, que fino seria tener tus escritos en un libro.

  • Jose

    Mi papá tenía un malibu clasico del 79 color rojo y en carreteras largas hacía sonar su cassette de Vicente Fernandez, impelable la “Ley del monte” y otros clasicos como “Por el amor a mi madre voy a dejar la parranda”

  • Carol Ruiz

    A mi me gusta mucho lo que escribes y tambien opino que deberias hacer un libro con ellos. Eres muy talentoso siempre te he leido. Abrazos y mucho exito eres un bueno en esto se te quiere desde la distancia. De tu Arte a mi Arte. “Carol Ruiz”

  • Elissé Barroso

    No parece escrito por ti Gabo. A mi parecer le faltó el factor sorpresa, ese “plot twist” completamente inesperado que tienen tus relatos… También me impactó saber que ya te fuiste del país nuevamente, Venezuela no sabe retenerte jajaja Espero que estés en Chile aún el año que viene y conocerte. Éxitos!

  • Elissé Barroso

    No parece escrito por ti Gabo. A mi parecer le faltó el factor sorpresa, ese “plot twist” completamente inesperado que tienen tus relatos… También me impactó saber que ya te fuiste del país nuevamente, Venezuela no sabe retenerte jajaja Espero que estés en Chile aún el año que viene y conocerte. Éxitos!

  • erikasaray

    Creo que Londres te inspiraba mas para escribir que Santiago. Tranquilo… Vendran relatos mejore. Un abrazo

    • Conidayvuelta

      En honor a la verdad, fue escrito en Caracas en marzo y publicado acá en Santiago. Abrazo de vuelta.

  • Kathe

    Medio flojo, no estoy acostumbrada a este tipo de escritos por acá, igual se te aprecia mucho y me gusta tu trabajo, saludos :).