Archivo de la ‘2012’ Categoría

Diplomado…

Jueves, Abril 19th, 2012

En el 2003 me inscribí en un curso de contabilidad en el Centro Contable Venezolano, en Chacaito. En esos años yo estudiaba de lunes a jueves administración de empresas en la universidad, así que agarré el turno de los sábados a las 8:00 a.m. para que no me chocara con ninguna materia. Yo sabía muy bien el peo en que me estaba metiendo con ese horario, pero ni recuerdo qué me dije para mojonearme, convencerme y hacer esa estupidez. La primera clase de contabilidad di un impecable concierto de bostezos; hasta el extraño chorrito de saliva que a veces sale involuntariamente cuando abres la boca como un caimán se lo disparé en la nuca al que tenía adelante. El sábado siguiente iría preparado, así que me acosté la noche anterior como a las 9:00 p.m. Desperté activado, tomé un buen desayuno y un baño de agua fría para ir bien despierto. A media mañana ya andaba con dolor de cabeza, sueño y no entendía un carajo. Comencé a odiar profundamente la contabilidad. Esa tarde salí muy obstinado; recuerdo que todo el regreso a casa escuché Slipknot a todo volumen. Eso tenía cambiar, debía hacer algo.

Y lo hice, el sábado siguiente cuando sonó la alarma, tan solo desperté, la desactivé y seguí durmiendo hasta las once de la mañana. Más nunca volví a ese castigo. Así de radical e irracional fui.

Doy este preámbulo para que ustedes se hagan una idea de lo delicado del asunto. Y es ahí, en esa intocabilidad sacrosanta que tienen los fines de semana para mí, donde radica la importancia de dejar registro escrito de este acontecimiento irrepetible y único en la historia: renuncié a mi libertad durante 22 sábados, y esta vez no me rendí en el camino. He culminado satisfactoriamente el diplomado de gerencia en seguros que estaba haciendo los sábados, con horario de 8: 30 a.m. a 4:45 p.m., y que comencé el mes de septiembre de 2011.

El diplomado vino en combo, con papas y refresco grande: talleres, exámenes, estudiar al caletre, exposiciones, trabajos, interrogatorios y, lo más extremo y desgastante, pararme esos 22 sábados a las 5:45 a.m. Recuerdo un sábado en el que Elena y yo a las 8:45 p.m. ya estábamos acostados durmiendo. Todos los sábados en la noche pasaron a ser curas de sueño. Se podrán imaginar cómo llegaba de las clases. Gracias por tu paciencia y apoyo, Elena, compartiré mi aumento de sueldo contigo de alguna forma, ya verás. (más…)

Defendiendo la revolución…

Jueves, Abril 12th, 2012

Imagen de previsualización de YouTube

─¡Las manos arriba, escuálido de mierda!

─¡Coño, pana, no me mates! Toma, llévate mi celular, la cartera, los zapatos…

─¿Creíste que podrías frenar esta revolución? ¿Creíste que podrían volver a dominar a nuestro pueblo valiente?

─No, chica, tan solo vengo de trabajar, no voy pendiente de nada de… ¡Epa!, ya va… ¿Tú no eres la chama del video chavista que anda rodando por ahí?

─¡Oligarca majunche, no nos deten…!

─¡Sí, pana, tú eres la del video! ¡Qué bolas, chama, te vi hace poco por Youtube! ¿De pana te metiste en este peo? ¿Estás loca? Pensé que eras una actriz que andaba pelando bolas y que por necesidad aceptaste hacer esa ridiculez.

─¡A esta revolución no la para nadie!

─Y no eres fea, chama… ¿Por qué coño eres chavista? ¿Andas en drogas?

─¡Esta revolución está armada y no vacilará para…!

─Ah, ya entiendo, supongo que aplicaste lo de que “en tierra de ciegos el tuerto es rey”, ¿no? Me imagino que tienes una clara ventaja sobre la población femenina chavista.

─¡La oposición quiere quitarnos nuestras misiones!

─No, vale. Aunque puedo quitarte otras cosas…

─Capriles es un majunche, tiene rabo ‘e cochino, tiene orejas ‘e cochi…

─Ya va, cálmate. Ven, dame esa arma, corazón, no puedes ni con su peso.

─Sabemos lo que son, sabemos lo que le hicieron a nuestra patria bella…

─Ok, listo. Sin arma luces mucho mejor, ¿lo ves? Verga, apestas a cigarro, corazón, tienes aliento de borrachito apostador de caballos; pensaba que en el video te pusieron fumando para lucir un poco intelectual y filosófica, tú sabes, quedaba perfecto mientras mirabas al infinito.

─Con discursos de progreso no podrán engañar al pueblo…

─Ok. Ahora que hablas de progreso… ¿Será que me dejas progresar contigo y permites que te quite esa ridícula chaquetica de militar criollo?

─Todo 11 tiene su 13…

─Tomaré eso como un sí… Eso, quédate tranquilita mientras te desabotono esta porquería.

─¡Patria, socialis…!

─Oye, pero hecha la pendeja tienes tus teticas, vale… Déjame quitarte este trapito negro también, amor, que se ve caluroso.

─Nuestro gran Simón Bolívar dijo que… (más…)

Desaparecido

Sábado, Marzo 17th, 2012



Ya el desayuno estaba servido en la misma baldosa de todos los días. Su madre se encontraba de buen humor, así que lo levantó echándole agua fría, mientras le regalaba dos patadas en la cara con la suela de sus sandalias. Él despertó gritando y lanzando manotazos torpes al aire, como ya era costumbre. Ella dio un paso atrás, miró la comida de su hijo y la pisó.

Esto no siempre fue así, hubo una época en la que comió sentado en la mesa. Pero era muy niño en aquel tiempo, y todavía nadie en la casa había notado algo raro. A los cinco años fue el primer incidente: Ramiro comía una arepa frita con mantequilla; de repente, su mirada se perdió en un pequeño brillo escoltado por el blanco manchado de la pared, se babeó y sin motivo alguno agarró un salero de cristal y se lo lanzó a su mamá en la cabeza. Nueve puntos le agarraron a la señora.

Ningún miembro de la familia se opuso en lo decidido por el padre: el niño debía ser amarrado con un mecate a la pata de una cama sin colchón. Bañarlo y alimentarlo sería una obligación que todos se turnarían.

Ramiro fue creciendo y convirtiéndose en una persona más agresiva; ni la ropa se dejaba cambiar ya. A su tía Ángela en una oportunidad le enterró las uñas en el ojo derecho, logrando vaciarlo. El humor vítreo que sacó se lo tragó. A raíz de esto todos acordaron únicamente alimentarlo una vez al día, y que él se las arreglara para vivir entre su excremento y orine.

Pasaron dos horas y Ramiro se tranquilizó. Extendió su escuálido brazo y tomó su comida del día, la de siempre: dos rebanadas de pan Bimbo mojadas en salsa de tomate. Con esta dieta ya se mantenía en 46 kilos; lo mínimo necesario para mantener a alguien con vida si vive arrastrado en un piso lleno de mierda. Reposando la comida, jugando en un mundo ajeno a la realidad, Ramiro logró luego de varias décadas de manoteos zafarse de la vieja cuerda que le compró su madre. En cuanto se percató de su libertad, intentó despegarse del piso, pero sus piernas estaban un poco atrofiadas por la inactividad a las que fueron sometidas. Gateando llegó a la sala de la casa, siendo cautivado de inmediato por los nuevos adornos de cristal adquiridos durante su largo cautiverio. Tomó una escoba recostada del sofá, se apoyó en ella y logró ponerse de pie, mientras un hilo de baba de salsa de tomate se columpiaba de lado a lado en su labio.

Ramiro agarró con tonta felicidad el florero más grande del comedor y lentamente se dirigió al cuarto de su madre, la cual dormía su siesta de costumbre. Soltó la escoba, tomó con las dos manos el florero, lo alzó lo más alto que pudo y se dejó caer en dirección a su madre, estrellando el inútil adorno en el cráneo de su progenitora. De inmediato fue seducido por el color rojo de la sangre que brotaba, así que buscó restos de pan que quedaron en su habitación para mojarlos e intensificar el sabor de la salsa de tomate. Pudo terminarse su desayuno. (más…)

“Abuelita del cielo”: mi carta postulada este 2012

Sábado, Febrero 25th, 2012

Llegó nuevamente el prestigioso, reconocido y letrado concurso “Cartas de amor”, de Montblanc. En el 2011 fui derrotado, amigos, ustedes muy bien lo saben. Sin embargo, también les señalé en un post que regresaría, que no me quedaría tirado en el campo de batalla escupiendo sangre mientras agonizo. Pues aquí estoy, rodilla en tierra, con mi escrito listo, ya postulado. Es el escrito que les presenté en aquel post amargo, en el cual lloramos juntos y lamentamos mi fracaso en esa participación. Obviamente, merecía perder; era inmaduro, torpe con las palabras, tosco al plasmar mis ideas: ¿qué es eso de querer cogerme a un cerebro? Solo a mí se me ocurre semejante cochinada.

Pero bueno, ya basta de recordar el pasado. Hoy postulé mi carta en el afamado concurso y, lleno de mucha emoción, quiero compartirla con ustedes. Quiero que juntos vivamos este momento, ya que, estoy convencido de que el triunfo será nuestro. Aunque antes la carta debe ser aceptada por el meticuloso jurado. No hay razón para preocuparse, ¿no?

Abuelita del cielo

Querida abuelita Carmencita:

Hoy se cumplen dos años de tu triste partida. Te mentiría si dijera que no me haces falta, pues el vacío que has dejado en mi corazoncito es inmenso. Ya tengo ocho añitos. Bueno, qué tontita soy, obviamente sabes la edad que tengo, ya que estás muerta y desde allá, en el cielito al lado de Papá Dios, me estás viendo en todo momento.

Hoy me senté en tu mecedora toda la tarde, abuelita. Lloré un poquito, pero me trajo muchos recuerdos bonitos de cuando me sentabas en tus piernas y me enseñabas a leer y escribir. Gracias a todas esas enseñanzas, hoy es posible que te escriba esta cartica, abuelita linda. Quiero aprovechar la ocasión para compartirte un secreto: creo que estoy enamorada. Sí, abuelita, sé que debes haber pegado un grito enorme que despertó a los angelitos allá arriba, pero es algo que no sé cómo explicar. Lo conocí en mi escuelita, su nombre es Gabriel. Le dicen “El Benjamin Button”, aparentemente porque no envejece; y bueno, lo creo, ya que tiene una cara de bebé hermosa, abuelita, es lisa y parece como si llevara talco en ella de lo suave que es. Cuando se pone  a mi lado siento maripositas alborotadas en mi estómago; bueno, también un poco más abajito, como si me estuviese orinando, abuelita. Me robó un besito la semana pasada en el recreo, me asusté cuando lo hizo, pero me gustó mucho el sabor a dulce de su saliva. Al terminar de besarme me metió su lengua en la oreja, profundamente, por cierto. Le di las gracias, tú siempre me dijiste que es importante tener aseados los oídos, para evitar infecciones y demás. (más…)

Divagaciones financieras – Parte I

Jueves, Febrero 16th, 2012

Hubo una alegre época en la que podía almorzar unas tres veces por semana en la calle. Sí, recuerdo con nostalgia que podía comer en abundancia por solo 40 Bs.; con postre incluido, debo destacar. Días en los que sacaba 100 Bs. del cajero automático y tenía el privilegio de pensar en cuáles cosas los gastaría; días en los que podía pensar en plural. Pero en pocos meses ese almuerzo me costó 70 Bs., sin incluir el postre. Medio año después la cuenta marcaba 90 Bs., y ahí supe que todo se me había ido de las manos. Los almuerzos en la calle quedarían solamente para los días viernes.

Está bien, usemos la racionalización más escuchada en las oficinas: “no, mi pana, yo traigo mi lonchera con comidita de casa porque debo bajar de peso, comer en la calle es dañino, así me dice la jeva”. No, idiota, te diré la verdad: todos traemos esta puta loncherita es porque somos pelabolas y ninguno de nosotros aguanta la mecha de comer todos los días en la calle. Mejor dicho, ninguno de nuestros bolsillos.

Ahora que hablo de comer saludable y dañino, recuerdo a un profesor que tuve en primaria. Él decía algo muy lógico: «la salud es una condición que se tiene o no se tiene; por tanto, resulta estúpido hablar de “mala salud” o “buena salud”». Es decir, que si tomamos a una caraja con obesidad mórbida, es idiota decir que ella goza de mala salud; no tiene salud y punto, está a pocos días de morir por una arteria tapada. En el velorio será difícil que escuches: «qué extraño que todo haya ocurrido tan de repente, amiga; es decir, todos sabemos que ella estaba “mal saludable”, que comía pollo en Arturo’s todos los días; que nadie se la cogía en décadas porque le hacía sentir a los hombres que tenían el pene chiquito al ver que no le llegaban ni a un cuarto de vagina por la barrera adiposa antisexo que le colgaba; que debía cambiar de colchón mensualmente porque jodía hasta los ortopédicos; pero considero que no debía morir así, marica…». ¿Te quedó claro? O estás saludable, o no lo estás. Pero no puedes tener una jodida “mala salud”, porque, definitivamente, eso significa que no tienes salud.

Sigo llevando la loncherita, que cada día cuesta más llevarla de paseo por Petare, Chacao, La Castellana y La California. Sí, es una inútil turista de plástico. Los días viernes decido comer afuera e intoxicarme un poco con los alimentos vencidos que estén disponibles en los locales de la zona. Lo normal, pues.

Siempre me ha resultado incómodo cuando llega la hora de pagar y el mesonero espera una propina. Es como darle propina a un barbero porque no me trasquiló el pelo. Como cuando tenía carro y lo llevaba al autolavado: “pana, te lo dejaré limpiecito pa’ que me lances una bombita”. O como si contratara a una puta, pero aparte de los 1.000 Bs. que me cobró, debo darle propina por la buena mamada que me dio. No tiene sentido esto, yo pago por un servicio que, inherente a él, debe venir el que sea bueno, de calidad; no tiene lógica que pague por algo y luego deba premiar una buena conducta. “Muy bien hecho, Jazmine, no me cortaste el glande con tus frenillos, toma cien bolívares extras por saber ejecutar una correcta mamada”. “Gracias, mi pana, por lavar el carro bien y echarle espumita a los cauchos, mereces una propina de 50 Bs., que se adiciona a lo que ya le pagué a tu jefe por el servicio que deberías prestar con calidad”.  ¿O es que acaso pagamos para recibir un mal servicio y estamos supeditados a dar propina para transformarlo en óptimo?

Si pido comida a domicilio, debo dar propina. Si como en un restaurante, debo dar propina. Si voy a la barbería, debo dar propina. Si voy al abasto y meten mis compras en una bolsa, debo dar propina. Si cargan mis maletas en un hotel cuando viajo, debo dar propina. Si pido un vaso de agua en la barra de un restaurante, debo dar propina. Si quiero que alguna diligencia gubernamental salga exitosa en el primer intento, debo dar propina. Vayan a cagar, en serio. Quisiera yo que los clientes me dieran una propina cada vez que joden al teléfono y yo les atiendo bien. Pero no pasa nada. Si atiendo mal, me botan; si atiendo bien, pues ellos no se quejan y entonces gano el derecho de seguir en la empresa. Es simple. (más…)

La empresa odia el sarcasmo…

Miércoles, Febrero 1st, 2012

Debes guardar silencio, Gabriel, eso de protestar y reclamar tus derechos es muy de Globovisión, muy de abuela reclamando en Locatel que le subieron el precio a las pastillas de la tensión. Es mal visto por los que tienen el poder, ¿por qué te cuesta tanto entenderlo? Deberías tenerlo más que claro, creo que ya Chávez te ha dado suficiente tiempo para que te sitúes en el perímetro y comprendas en dónde vives. Nada debería sorprenderte a estas alturas.

Pero sí, me sorprendió que hace dos semanas no hubo agua potable durante cinco días en la oficina. Yo sospecho que se trataba de un experimento de la empresa, en el que estudiaban cómo influye la humillación del empleado en su desempeño laboral. Desde mi óptica, el experimento arrojaba un claro resultado negativo de malestar en los empleados; sin embargo, creo que a la empresa le agradó este efecto y decidió llevar su estudio a un nivel superior.

Así que, la semana pasada nos dejaron sin papel sanitario. Días difíciles en los que las mujeres caminaban lento, con dificultad, con ligera separación de piernas. Muchos machistas especularon que se podía tratar de sexo rudo propinado por sus parejas en las noches, pero esta hipótesis perdió toda credibilidad la tarde en la que encontré la papelera del baño colmada de servilletas baratas de cocina llenas de sangre: sí, mis compañeras se estaban volviendo mierda la vagina cada vez que iban a orinar.

Imagino el clítoris de ellas hinchado, irritado, con múltiples llagas que no paraban de pulular sangre. Algunas me confesaron que no sabían si se les había ido la regla o se trataba todavía de los daños vaginales causados por la suerte de lija limpiadora. También está el lamentable caso de nuestro mensajero, José, un pobre señor de más de cincuenta años que salió de emergencia en una pequeña ambulancia de Rescarven: tenía la higiénica costumbre de limpiarse la punta del pene luego de orinar; al parecer se desgarró el frenillo con la servilleta. Esperemos que no tengan que amputarle el pene.

Yo me mantenía al margen, pero una tarde tuve que cagar y pedí en la cocina algunas de estas servilletas. ¿El resultado? Pues un par de hemorroides se asomaron a saludar a los pocos segundos. Al llegar a casa dudé de mi sexo: el boxer blanco tenía un charquito de sangre, pensé que me había bajado mi primera menstruación. Me había puesto contento, lástima.

Amigos, al cuarto día sin papel no aguantamos, mis hemorroides y yo decidimos expresar nuestro descontento. Hay tres baños en la oficina, así que decidí poner en ellos los avisos que seguramente la empresa quería poner pero que no se atrevía por pena. Debo decirles que en mi trabajo somos como veinte personas, así que no fue muy difícil que pasaran por mi puesto preguntando si yo era el responsable, a lo cual respondí que sí con una retadora y elegante sonrisa. (más…)

El otro día me encontré un celular

Viernes, Enero 13th, 2012

No es la primera vez que ocurre. Debuté en el 2008, con un HTC Touch que pedía a gritos ser adoptado por alguien de generoso corazón.

Siempre he estado en contra de estos amables padres adoptivos, considero que integran un cúmulo  de codicia y viveza criolla que contamina a ese modelo de sociedad justa, enteramente racional y perfecta, que sólo es posible en el cerebro de algún tonto idealista. Yo soy un tonto de ésos.

Aunque no, en esa época era más bien un pobre desgraciado que llevaba un año desempleado, con deudas galopantes y un inútil título de licenciado que hacía el ridículo en la gaveta.

No hablaré güevonadas, en mi cerebro desesperado de aquellos tiempos difíciles, logré ver correcto lo incorrecto. Como aquel dilema moral que acorraló a Antonio Ricci en “El ladrón de bicicletas”, que luego de sentenciar el que alguien haya robado su bicicleta (la que representaba su única fuente de ingresos), procedió a racionalizar la situación, decidiendo así robar una bicicleta para poder seguir trabajando.

Yo no montaba bicicleta, ni tampoco vivía en una Italia posguerra, pero vaya que sí andaba pelando bolas como ese jodido protagonista. Así, pues, vi ese HTC huérfano en el piso de un estacionamiento de centro comercial, mirándome con ojos de lamento e incertidumbre por su futuro. Eché un vistazo a mi alrededor y no había nadie preocupado ni con ojos nerviosos por haber perdido un celular que representaba en esa época más de cuatro salarios mínimos. Hice con naturalidad el legendario movimiento cliché de amarrarse las trenzas -que estaban amarradas, cabe señalar-; acto seguido el celular reposaba en mi bolsillo. Caminé apresuradamente, la adrenalina me saboteaba y confirmaba lo novato que era para estas cosas. El dueño comenzó a llamar a su celular, y decenas de repiques con vibraciones causaron una absurda erección que me acompañó en todo el trayecto a mi casa. Al menos eso calmó un poco mi nerviosismo.

Finalmente llegué a casa. Google y Mercadolibre confirmaban mis sospechas: era un celular de cuna de oro, de alta alcurnia, de buena familia; era arrogante y oneroso. En otras palabras, era el elemento que representaba mi aguinaldo en ese lúgubre diciembre de austeridad y fracaso; pero antes tenía que hallar alguna forma de desbloquear el inútil aparato, de lo contrario sería imposible venderlo de forma legal y poco sospechosa.

Luego de varios días, ubiqué un técnico de celulares por Mercadolibre. Me sentí tranquilo, el chamo garantizaba su trabajo, y me aseguró que ya había desbloqueado varias veces ese mismo modelo de HTC. Me cobraría 200 Bs. por el trabajo sucio. Acordamos vernos en el McDonald´s de Parque Carabobo, él se debía llevar el celular dos días para poder trabajar en el desbloqueo. Lo guardó en un bolso en el que reposaban decenas de huérfanos de otras marcas. Ésa fue la última vez que vi al pequeño HTC, el hijo de puta técnico me robó. Más nunca supe de él.

La segunda vez fue en las escaleras del C.C. City Market. Se trataba de un Motorola K1 color negro. Pero en esta ocasión estaba preparado, no me dejaría seducir tan fácilmente, ya el ridículo vivido con el HTC había bastado para reflexionar sobre ciertas cosas. Además, si mi misión en la vida era ser recordado como el güevón que murió de hambre porque nadie quiso darle empleo, pues bienvenido esto, aceptaba con humildad el honorable reconocimiento. (más…)