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28 Razones por las que haber vivido en Venezuela marcará tu vida…

Martes, Octubre 28th, 2014

(Para que disfrutes la total experiencia 3D de este post, te recomiendo que antes eches un vistazo al post original que anda circulando por ahí: click acá).

Hace un tiempo, los venezolanos disfrutábamos de todas estas cosas sin problema, y aunque todavía están ahí para nosotros ojalá fuese tan fácil apreciarlas. Por eso, esperamos un cambio y así poder seguir viéndolas como siempre. Y mejor.

1. Porque conoces realmente qué es la compasión.

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Es normal que caminando al trabajo o la universidad te tropieces con alguien agonizando en la acera, o sencillamente ya está muerto porque fue tiroteado por algún paisano que se encaprichó con su celular o reloj. Te persignas. Sueltas una lágrima mientras te quitas el reloj y chequeas que el celular esté en silencio y lo escondes en tu ropa interior.

2. Porque si eres de Caracas humanizas y le asignas poderes sobrenaturales a  El Ávila.

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Para ti siempre será el gran pulmón vegetal de la ciudad, gigante observador y protector de sus ciudadanos, que sumergido en el silencio boscoso monitorea a diario decisiones, acciones y pensamientos de sus habitantes, ajustando, corrigiendo excesos, y manteniendo el balance justo de la ciudad para preservar su belleza y armonía.

3. Porque cuando estés lejos y extrañes lo que es mala atención y ser humillado como cliente, nadie te entenderá.

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Gabriel & Elena: 1er año en Londres

Viernes, Enero 17th, 2014

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Estoy en Notting Hill caminando sin rumbo. En el morral llevo una carpeta negra de cuero falso con más de quince currículos. También un pote agua. Esta caminata forma parte de una agenda diaria a cumplir, con la esperanza de encontrar un empleo y dejar de comer nuestros ahorros. No me gusta Notting Hill por culpa de Julia Roberts; todo lo que me recuerda a ella o alguna de sus películas me descompone. Sí, es una cagada.

Tenemos siete meses en Londres ya. No es mi mejor día. Tampoco el mejor mes. Decido hacer una pausa y sentarme en unos banquillos que rodean a un árbol. Es lo mejor, mi cara al preguntar por trabajo no es la más idónea. Veo pasar a centenares de turistas riendo, con sus cámaras colgando. Una pareja británica de avanzada edad se come un helado al frente de mí, ambos con una insolación típica de verano bastante respetable. Se dan el helado en la boca. Un pequeño niño asiático pasa corriendo espantando a las palomas. Me rodea felicidad, pero en este momento yo estoy hundido en la mierda. Saco la carpeta para apoyar y hacer anotaciones de esta basura de momento. También saco el celular y me tomo una selfie de recuerdo, pocas veces lograré sentirme como ahorita.

Es cuero falso, pero está intacta la carpeta. Me la compraron mis padres en Rattan, en nuestro primer viaje a Margarita. Tendría yo unos 13 años en esa época. Siempre la cuidé y reservé para usar en las diligencias que involucraran documentos a los cuales había que proteger con la vida. También la usaba a diario para visitar a las compañías de seguros y mandar señales correctas y acordes al traje y la corbata que vestía. Recuerdo esa noche perfectamente. No entendía bien lo que ocurría con Margarita, pero mis padres nos compraban zapatos, ropa y otros caprichos, destacando que la isla era mucho más barata que Caracas. Siempre me sorprendía la cantidad exagerada de bolsas de chucherías importadas que llevábamos de regreso a casa. O cuando mis padres iban al casino de noche y regresaban a casa felices por haber ganado y nos daban a cada uno algunos billetes para que gastáramos en lo que deseáramos.

Y viendo la carpeta comienzo a rememorar esos viajes familiares. Sin darme cuenta me encuentro llorando al frente de dos ancianos con quemaduras de segundo grado que muerden una barquilla. Todo es como una jodida pesadilla. Acudo a desempolvar todos los momentos geniales que tengo archivados en mi cabeza. Aparecen fragmentos en los que  están presentes mis padres, mis hermanas, Elena, mis dos mejores amigos, mi abuela fallecida, y mi sobrina, la cual ni sabe que existo. Y aquí estoy, llorando a pocos metros de donde estuvo Julia Roberts. Nada podía ser peor.

Tres palomas llegan y andan comiéndose un pan con hongos en el piso. A pocos centímetros de mí llega una que sólo tiene una pata. Va dando brincos para desplazarse, al tiempo que se estabiliza con las alas. Alguien trató en el pasado de ayudarle colocándole a lo mejor una suerte de miembro falso que hiciera de soporte, pero Londres se encargó de quitárselo con la fuerte brisa y ahora no es más que un teipe negro que le cubre y guinda, con pegostes de comida, el cuarto de muñón que le quedó de pierna. (más…)