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Deseos…

Viernes, agosto 5th, 2011

I

Nuevamente el frío del piso era el colchón en el que amanecían las nalgas desnudas de Laura.

Desorientada, y con un fuerte dolor de cabeza, se puso boca abajo y comenzó a arrastrarse por el piso de su habitación. Intentó ponerse de pie, pero esta difícil maniobra para un organismo como el de ella tan sólo la hizo vomitarse encima. Luego de cinco minutos de insistencia, logró finalmente incorporarse a su desaliñada cama.

Era un despertar típico de día viernes, que confirmaba claramente a las compañeras de cuarto de Laura que ésta volvió a sus andanzas preferidas de los jueves, en los que regresaba casi sin ropa, muy hedionda a sexo, drogada, con unos peculiares pegostes en su larga cabellera negra, formados por semen que su cliente más poderoso le había obsequiado al acabar sobre el cabello.

─Laura, amiga… ¿Saldrás a desayunar? ─preguntaba alguien al otro lado de la puerta.

─No, marica, por Dios, ya puedo oler ese cochino pescado que andan preparando.

─Ok, amiga, avísanos si necesitas algo.

“Ojalá estas taradas no comieran pescado todas las mañanas” ─se dijo, mientras pasaba una almohada por su boca y sus senos, retirando así el vómito que comenzaba a secarse sobre su demacrada piel blanca.

Laura extendió su mano, recogiendo de un extremo de la cama una pantaleta roja que protegía entre sus fibras toda la ganancia de su noche de arduo trabajo. Finalmente una sonrisa se formaba en su rostro, al tiempo que tomaba todo el dinero y lo metía bajo su colchón infestado de ácaros. Se sentó en el borde de la cama, agarró su laptop y la puso en sus piernas. Tomó una sábana que tenía días sin ser tomada en cuenta, para luego vaciar el contenido aguado de su nariz en ella.

De nuevo Laura era asaltada por sus recuerdos, en los que llovían imágenes de polvorientos momentos en Caracas, donde logró ser totalmente feliz con sus amigos y familiares. Esta felicidad comenzó a extinguirse desde el momento en que Laura cumplió su sueño de hacerse abogada, egresando summa cum laude de la Universidad Central de Venezuela. No sirvió de mucho la honorable distinción, ya que tardó casi un año en conseguir empleo. Optimista, luchadora y profeta de la racionalizadora frase “El tiempo de Dios es perfecto”, asistía a su trabajo con la mejor disposición, a fin de cuentas, ella sabía que en poco tiempo comenzaría a ascender y ganar lo que merecía por sus conocimientos. Se equivocó, dos años después seguía ganando lo mismo, un poco más de salario mínimo.

Laura se autoflagelaba en las noches, viendo en Facebook como todos sus compañeros de universidad exponían sus fotos empapadas de playas, discotecas, entornos europeos, ropa de marca, buen gusto y prestigio. Hasta el peor estudiante del salón había conseguido un buen puesto en una empresa reconocida. Laura comenzó a ser absorbida por la envidia, el resentimiento, el odio, la infelicidad. Cerró su cuenta en la red social; también cambió su número celular. (más…)