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“Abuelita del cielo”: mi carta postulada este 2012…

Sábado, febrero 25th, 2012

Llegó nuevamente el prestigioso, reconocido y letrado concurso “Cartas de amor”, de Montblanc. En el 2011 fui derrotado, amigos, ustedes muy bien lo saben. Sin embargo, también les señalé en un post que regresaría, que no me quedaría tirado en el campo de batalla escupiendo sangre mientras agonizo. Pues aquí estoy, rodilla en tierra, con mi escrito listo, ya postulado. Es el escrito que les presenté en aquel post amargo, en el cual lloramos juntos y lamentamos mi fracaso en esa participación. Obviamente, merecía perder; era inmaduro, torpe con las palabras, tosco al plasmar mis ideas: ¿qué es eso de querer cogerme a un cerebro? Solo a mí se me ocurre semejante cochinada.

Pero bueno, ya basta de recordar el pasado. Hoy postulé mi carta en el afamado concurso y, lleno de mucha emoción, quiero compartirla con ustedes. Quiero que juntos vivamos este momento, ya que, estoy convencido de que el triunfo será nuestro. Aunque antes la carta debe ser aceptada por el meticuloso jurado. No hay razón para preocuparse, ¿no?

Abuelita del cielo

Querida abuelita Carmencita:

Hoy se cumplen dos años de tu triste partida. Te mentiría si dijera que no me haces falta, pues el vacío que has dejado en mi corazoncito es inmenso. Ya tengo ocho añitos. Bueno, qué tontita soy, obviamente sabes la edad que tengo, ya que estás muerta y desde allá, en el cielito al lado de Papá Dios, me estás viendo en todo momento.

Hoy me senté en tu mecedora toda la tarde, abuelita. Lloré un poquito, pero me trajo muchos recuerdos bonitos de cuando me sentabas en tus piernas y me enseñabas a leer y escribir. Gracias a todas esas enseñanzas, hoy es posible que te escriba esta cartica, abuelita linda. Quiero aprovechar la ocasión para compartirte un secreto: creo que estoy enamorada. Sí, abuelita, sé que debes haber pegado un grito enorme que despertó a los angelitos allá arriba, pero es algo que no sé cómo explicar. Lo conocí en mi escuelita, su nombre es Gabriel. Le dicen “El Benjamin Button”, aparentemente porque no envejece; y bueno, lo creo, ya que tiene una cara de bebé hermosa, abuelita, es lisa y parece como si llevara talco en ella de lo suave que es. Cuando se pone  a mi lado siento maripositas alborotadas en mi estómago; bueno, también un poco más abajito, como si me estuviese orinando, abuelita. Me robó un besito la semana pasada en el recreo, me asusté cuando lo hizo, pero me gustó mucho el sabor a dulce de su saliva. Al terminar de besarme me metió su lengua en la oreja, profundamente, por cierto. Le di las gracias, tú siempre me dijiste que es importante tener aseados los oídos, para evitar infecciones y demás. (más…)

Divagaciones financieras – Parte I

Jueves, febrero 16th, 2012

Hubo una alegre época en la que podía almorzar unas tres veces por semana en la calle. Sí, recuerdo con nostalgia que podía comer en abundancia por solo 40 Bs.; con postre incluido, debo destacar. Días en los que sacaba 100 Bs. del cajero automático y tenía el privilegio de pensar en cuáles cosas los gastaría; días en los que podía pensar en plural. Pero en pocos meses ese almuerzo me costó 70 Bs., sin incluir el postre. Medio año después la cuenta marcaba 90 Bs., y ahí supe que todo se me había ido de las manos. Los almuerzos en la calle quedarían solamente para los días viernes.

Está bien, usemos la racionalización más escuchada en las oficinas: “no, mi pana, yo traigo mi lonchera con comidita de casa porque debo bajar de peso, comer en la calle es dañino, así me dice la jeva”. No, idiota, te diré la verdad: todos traemos esta puta loncherita es porque somos pelabolas y ninguno de nosotros aguanta la mecha de comer todos los días en la calle. Mejor dicho, ninguno de nuestros bolsillos.

Ahora que hablo de comer saludable y dañino, recuerdo a un profesor que tuve en primaria. Él decía algo muy lógico: «la salud es una condición que se tiene o no se tiene; por tanto, resulta estúpido hablar de “mala salud” o “buena salud”». Es decir, que si tomamos a una caraja con obesidad mórbida, es idiota decir que ella goza de mala salud; no tiene salud y punto, está a pocos días de morir por una arteria tapada. En el velorio será difícil que escuches: «qué extraño que todo haya ocurrido tan de repente, amiga; es decir, todos sabemos que ella estaba “mal saludable”, que comía pollo en Arturo’s todos los días; que nadie se la cogía en décadas porque le hacía sentir a los hombres que tenían el pene chiquito al ver que no le llegaban ni a un cuarto de vagina por la barrera adiposa antisexo que le colgaba; que debía cambiar de colchón mensualmente porque jodía hasta los ortopédicos; pero considero que no debía morir así, marica…». ¿Te quedó claro? O estás saludable, o no lo estás. Pero no puedes tener una jodida “mala salud”, porque, definitivamente, eso significa que no tienes salud.

Sigo llevando la loncherita, que cada día cuesta más llevarla de paseo por Petare, Chacao, La Castellana y La California. Sí, es una inútil turista de plástico. Los días viernes decido comer afuera e intoxicarme un poco con los alimentos vencidos que estén disponibles en los locales de la zona. Lo normal, pues.

Siempre me ha resultado incómodo cuando llega la hora de pagar y el mesonero espera una propina. Es como darle propina a un barbero porque no me trasquiló el pelo. Como cuando tenía carro y lo llevaba al autolavado: “pana, te lo dejaré limpiecito pa’ que me lances una bombita”. O como si contratara a una puta, pero aparte de los 1.000 Bs. que me cobró, debo darle propina por la buena mamada que me dio. No tiene sentido esto, yo pago por un servicio que, inherente a él, debe venir el que sea bueno, de calidad; no tiene lógica que pague por algo y luego deba premiar una buena conducta. “Muy bien hecho, Jazmine, no me cortaste el glande con tus frenillos, toma cien bolívares extras por saber ejecutar una correcta mamada”. “Gracias, mi pana, por lavar el carro bien y echarle espumita a los cauchos, mereces una propina de 50 Bs., que se adiciona a lo que ya le pagué a tu jefe por el servicio que deberías prestar con calidad”.  ¿O es que acaso pagamos para recibir un mal servicio y estamos supeditados a dar propina para transformarlo en óptimo?

Si pido comida a domicilio, debo dar propina. Si como en un restaurante, debo dar propina. Si voy a la barbería, debo dar propina. Si voy al abasto y meten mis compras en una bolsa, debo dar propina. Si cargan mis maletas en un hotel cuando viajo, debo dar propina. Si pido un vaso de agua en la barra de un restaurante, debo dar propina. Si quiero que alguna diligencia gubernamental salga exitosa en el primer intento, debo dar propina. Vayan a cagar, en serio. Quisiera yo que los clientes me dieran una propina cada vez que joden al teléfono y yo les atiendo bien. Pero no pasa nada. Si atiendo mal, me botan; si atiendo bien, pues ellos no se quejan y entonces gano el derecho de seguir en la empresa. Es simple. (más…)

La empresa odia el sarcasmo…

Miércoles, febrero 1st, 2012

Debes guardar silencio, Gabriel, eso de protestar y reclamar tus derechos es muy de Globovisión, muy de abuela reclamando en Locatel que le subieron el precio a las pastillas de la tensión. Es mal visto por los que tienen el poder, ¿por qué te cuesta tanto entenderlo? Deberías tenerlo más que claro, creo que ya Chávez te ha dado suficiente tiempo para que te sitúes en el perímetro y comprendas en dónde vives. Nada debería sorprenderte a estas alturas.

Pero sí, me sorprendió que hace dos semanas no hubo agua potable durante cinco días en la oficina. Yo sospecho que se trataba de un experimento de la empresa, en el que estudiaban cómo influye la humillación del empleado en su desempeño laboral. Desde mi óptica, el experimento arrojaba un claro resultado negativo de malestar en los empleados; sin embargo, creo que a la empresa le agradó este efecto y decidió llevar su estudio a un nivel superior.

Así que, la semana pasada nos dejaron sin papel sanitario. Días difíciles en los que las mujeres caminaban lento, con dificultad, con ligera separación de piernas. Muchos machistas especularon que se podía tratar de sexo rudo propinado por sus parejas en las noches, pero esta hipótesis perdió toda credibilidad la tarde en la que encontré la papelera del baño colmada de servilletas baratas de cocina llenas de sangre: sí, mis compañeras se estaban volviendo mierda la vagina cada vez que iban a orinar.

Imagino el clítoris de ellas hinchado, irritado, con múltiples llagas que no paraban de pulular sangre. Algunas me confesaron que no sabían si se les había ido la regla o se trataba todavía de los daños vaginales causados por la suerte de lija limpiadora. También está el lamentable caso de nuestro mensajero, José, un pobre señor de más de cincuenta años que salió de emergencia en una pequeña ambulancia de Rescarven: tenía la higiénica costumbre de limpiarse la punta del pene luego de orinar; al parecer se desgarró el frenillo con la servilleta. Esperemos que no tengan que amputarle el pene.

Yo me mantenía al margen, pero una tarde tuve que cagar y pedí en la cocina algunas de estas servilletas. ¿El resultado? Pues un par de hemorroides se asomaron a saludar a los pocos segundos. Al llegar a casa dudé de mi sexo: el boxer blanco tenía un charquito de sangre, pensé que me había bajado mi primera menstruación. Me había puesto contento, lástima.

Amigos, al cuarto día sin papel no aguantamos, mis hemorroides y yo decidimos expresar nuestro descontento. Hay tres baños en la oficina, así que decidí poner en ellos los avisos que seguramente la empresa quería poner pero que no se atrevía por pena. Debo decirles que en mi trabajo somos como veinte personas, así que no fue muy difícil que pasaran por mi puesto preguntando si yo era el responsable, a lo cual respondí que sí con una retadora y elegante sonrisa. (más…)