Mi pequeño parásito…
Lunes, julio 12th, 2010Tener a un ser vivo dentro de tu cuerpo. Titánico argumento usado por la mujer durante décadas de existencia en discusiones, tumbando por completo los intentos de demostración de fuerza y tolerancia al dolor del sexo masculino. Nos hacen ver como niñas desnutridas y lloronas, pidiendo a gritos que nos pongan una curita rosada por una cortada en el dedo. Demandante tarea, situación extrema que pone a prueba la capacidad contráctil de todas las fibras musculares que habitan en el cuerpo. Sensación de pesadez, de invasión, de movimientos torpes en cámara lenta. Globos oculares que se asoman enrojecidos, sudados de lágrimas, clamando por piedad al aire, ya que, tu dolor no podrá ser suavizado por nadie.
Puedo entenderlas claramente. No porque lo imagine, o porque vea la roncha que pasan cuando deben asistirlas hasta para despegar del suelo un pie aplastado por un muslo con diámetro superior a los de un tronco. Las comprendo, les doy una palmada en la espalda de apoyo y solidaridad, tan sólo, porque dentro de mí, crece un hermoso, saludable y misterioso ser vivo. Una diminuta criatura con simpáticos movimientos ameboides, como si fuese una medusa en el mar intestinal de mi cuerpo. Es una ameba, un pequeño organismo unicelular que se pegó como una sanguijuela en mi intestino, haciendo de las suyas con muchas travesuras, alegrándome la vida, regalándome su sonrisa, su compañía incondicional a todo momento.
Es un parásito malcriado, fanfarrón y dominante, con movimientos sensuales y sugerentes. Camina en mi interior libremente, a su antojo. Gracias a su citoplasma extendido pasea en busca de nutrientes, robándome comida, debilitándome. Es un ladrón que no sufre del remordimiento, no siente una pizca de lástima ni respeto hacia su dueño, yo, su padre indirecto. Abraza en su vacuola digestiva lo que le provoca, tiene una dieta bastante amplia; sin embargo, ha dado muestras de inclinarse alegremente por la comida picante y las papas fritas de McDonald’s bien saladas. (más…)






