Afrodescendiente…
Miércoles, mayo 18th, 2011Más nunca me atreví a dar un beso afrodescendiente. Y es que la única vez que intenté dar uno, resultó ser una batalla en la cual, antes de comenzar, mi olfato ya se veía obligado a deponer sus armas.
Ahí estaba ella, ejecutando con gracia un doggystyle sobre la cama, abriendo su culo de par en par, pidiéndome con un lenguaje sucio que se lo besara y lamiera. Tenía unas buenas nalgas bronceadas y limpias; además, cuando uno todavía no ha acabado y mantiene el semen bien guardado en los sacos escrotales, hay más disposición y emoción para acceder a ese tipo de peticiones y aventuras. Le agarré cada nalga con firmeza y, con algo de recelo, fui acercando mi boca al pequeño volcán afrodescendiente a escala que me esperaba: unos agresivos vapores azotaron a mi nariz, haciendo que por algunos segundos me visitara una gran desorientación. Era ese mismo olor a mierda caliente y fresca que percatas en algunas aceras adornadas por pañales sucios abandonados sin dolientes. Me retiré, me puse los pantalones y me fui, pero no sin antes hacerle una recomendación: “Mira, chama, observa el papel toilet con suma atención cuando te estés limpiando el trasero; suelta el Blackberry y concéntrate: debes darte hasta que el papel salga impecable, blanco absolutamente; hasta que el túnel carpiano te duela de tanto pasar el papel por tu agujero afrodescediente. Hazlo, y cuando no huelas a mierda, me llamas”. Me terminó.
A los pocos meses conocí a Alexandra. De buena familia, elegante; siempre con excelente olor. No me pedía que le lamiera nada, y eso era un punto a favor. La relación se puso afrodescendiente fue cuando una noche, en pleno acto sexual, me pidió que se lo metiera por detrás. Tuve un poco de desconfianza, pero tenía un condón puesto, así que no había nada que temer. Además, lo importante era mantener alejada mi nariz y boca de esa área, no vaya a joderse el encanto del noviazgo.
La tomé por la cintura, y con la mano izquierda le indicaba a mi pene cual era el nuevo objetivo en la diana, en donde debía clavarse con total precisión. Lo metí. No, más bien lo intenté meter. Era como intentar guardar un televisor en un morral. Ella me gritaba que lo metiera; yo le indicaba que eso intentaba hacer. Fui acuñando como pude mi glande en su hoyo; el resto del pene no pudo entrar. Comencé a meter y sacar lo poco que cabía: entraba la cabeza del avestruz, pero no el cuello. Al parecer a ella le estaba gustando el conato de experiencia anal.
Siento algo caliente y pastoso en mi pene. Saco lo poco que estuvo enterrado: el condón se rompió por tanto estrés al que fue sometido. Su ano era una suerte de máquina de helados de chocolate: todo el glande estaba cubierto por un afrodescendiente topping de mierda, y el mismo soltaba una pestilencia que daba fe de su frescura y alta pureza. Comencé a gritarle, al tiempo que iba corriendo al baño con mi nuevo helado caliente entre las piernas. (más…)


