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El otro día fui a sacarme el pasaporte…

Jueves, octubre 20th, 2011

Supongo que me dejé llevar por ese terror psicológico al que uno es sometido por amigos y familiares: “Debes tener tu pasaporte vigente, marico, uno nunca sabe si revienta un peo y debas salir corriendo de aquí”. Eso nunca lo he entendido, ya que si me veo en esa hipotética situación, es seguro que tardaré más en conseguir el dinero para comprar el pasaje que sacándome el jodido pasaporte. “Ya uno es viejo, ya uno tiene que morir aquí; en cambio tú eres joven, inteligente y profesional, no mereces pudrirte en el comunismo, así que si este loco termina de joder al país, agarras tus tres peroles y te vas”. Supongo que se refieren a que agarre mi LCD de 32”, el Ps3 y las cornetas Bosé. El peo es que no sé en donde coño enchufaré todo eso. Me veo deambulando por las calles, empujando un carrito de supermercado con mis tres corotos más preciados metidos ahí, buscando algún tomacorriente abandonado de columna de plaza. Sí, al menos me divertiré en esos momentos, seré un indigente feliz disfrutando de sus juegos bélicos favoritos.

Además, ¿adónde iré? ¿A trabajar en qué? ¿Vendiendo artesanía en la rambla de Barcelona? ¿Escondiéndome de los “Mossos d’Esquadra” para que no me deporten? ¿Echando mamertos bolivarianos en el Mercadillo de Camden en Londres? ¿O limpiando retretes sin guantes en algún elegante café de París? No, que va, no lo creo.

Consideré más bien que era importante sacarlo para irme de viaje con mi novia y poder comprar cosas electrónicas baratas y luego presumir ante la sociedad. Sí, ustedes saben, como esas personas que restregan su Ipod comprado en 130$ a alguien que lo compró aquí en 2.500 Bs. Uno siempre consigue a algún güevón de esos jactándose de sus acertadas compras en el exterior, indicando indirectamente al oyente que es un perdedor por no viajar. “Marico, y tú pagaste 3.500 Bs. por el Playstation 3? Yo lo compré en 245$ y me trajo cinco juegos”. Sí, pendejo, lo compré en 3.500 Bs. porque vivo en esta aldea inflacionaria y no tengo dólares para comprarlo afuera.

Y así fue, cómo con la ilusión de averiguar qué se sentía fanfarronear como un idiota, me metí en la página del SAIME a pedir mi cita. A las pocas horas me llegó un correo indicando que en cuatro días me dirigiera a la oficina. Y eso hice.

─Hola, buenas tardes, me indicaron que mi cita es a las 3:30 p.m. ─dije a un vigilante que portaba una barriga que pronto obsequiará un ataque cardíaco a su portador.

─Te llaman por tu número ─señaló, al tiempo que me entregaba una pequeña lámina de cartón con un “43” grabado en color rojo.

Hay algarabía. Una señora comparte con los demás de la cola una triste historia de todo lo que ha tenido que hacer para obtener su pasaporte, ya que vino de Barlovento sin cédula ni cita. Hay un perro callejero que luce un par de heridas frescas en su cuello. Está en la cola, seguro es mascota de algún indigente que quiere llevárselo de viaje con sus papeles en regla.

─¡Cuarenta y tres! ─gritó el intento de vigilante con obesidad mórbida que en pocos días morirá al frente de un plato de mondongo preparado por la comadre.

─Soy yo, señor.

─Pase con la muchacha de allá.

Me acerco a un escritorio protegido por una morena que mira su reloj con desprecio, como si éste le dio una noticia no grata. (más…)