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Lo que pude aportar

Sábado, Julio 18th, 2015

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Ése es el título de mi libro.

En él cuento, sin reserva alguna, todo lo que he vivido desde que me fui de Venezuela.

Comencé a escribir su primer capítulo esa primera noche que pasé en Londres, mientras lloraba recordando el estado en el cual había dejado a mis padres en el aeropuerto. Me propuse cargar siempre encima un pequeño bloc de notas para no perder registro alguno. Las efímeras alegrías, las largas tristezas. La calma, la plenitud; el caos, la desesperación. Todo sería llevado al papel.

Al cabo de dos años me parecía que estaba creando una detallada y completa bitácora personal; y, sin quererlo, mis apuntes respondían a reiteradas dudas de personas que deseaban emigrar, así que mis anotaciones mostraban cierto potencial de guía práctica para cualquier emigrante.

Pero luego decidí que el libro no iba a ver la luz jamás.

Regresaba de pasar vacaciones en Venezuela con mi familia. Salía de la estación y el peso de la maleta se había duplicado. O no, más bien creo que yo tenía la mitad de mis fuerzas. Caminaba a casa y ya sabía lo que encontraría… O lo que no encontraría: a ella.

Abrir la puerta y ver ese cuadro es desolador y amargo. Tiré a un lado la maleta e hice un recorrido por el pequeño apartamento, viendo las mitades vacías de todos los muebles que solíamos compartir. Los portarretratos que encerraban a nuestras fotos juntos, fueron dejados estratégicamente en la sala, uno al lado del otro, como suerte de comité de bienvenida. El eco molesto de un baño deshuesado era lo único que acompañaba a una minúscula panela de jabón que estaba seca y quebrada en el lavamanos. Un papel cagado y débil sobresalía como flor marchita de la papelera. Así que era imperante hacer algo de aseo: tomé una bolsa de Tesco y barrí con la mano todos los pequeños portarretratos que llevaban en su estómago personas con emociones y sentimientos que algún día existieron. Uno a uno iban desplomándose en la bolsa, haciéndose espacio entre ellos, y teniendo más que presente que su misión en la casa había terminado. El papel cagado y el jabón los dejé, sería estúpido acentuar aún más el eco incómodo que ya reinaba.

Me senté en el sofá y tomé el celular para chequear mi saldo bancario. La aplicación estaba consciente de la mala noticia que traería, así que se retrasaba, fingiendo que cargaba algún proceso. Dos años en Londres y mi saldo era de 342 libras. Y una espera de 23 días para llegar al día de cobro de mi sueldo. Siempre he pensado que lo mejor que se puede hacer cuando se tiene un problema grande, y se está a punto de perder la cabeza, es dormir. Así que me quité la ropa y eso hice. (más…)