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La felicidad te mata

Lunes, Enero 25th, 2016

Y entonces nos encontramos en plena sobremesa, tomándonos un café y hablando de trivialidades de nuestras vidas. Y mientras la escucho, tengo mi mano acariciando su nuca, con su cabello reposando en el dorso de mi mano. En cada sorbo que ella da, acudo con rapidez a quitarle con un beso la espuma restante del capuchino en sus labios. Ella ríe cada vez que lo hago y sus ojos brillan y me muestran su mejor cara. Esa donde se ponen de acuerdo su cabello, sus labios, sus ojos; esa en la que la inclinación de la cara es la ideal y todo ocurre con armonía en el mismo segundo. Como si ella lo supiese, como si ella lo hubiese practicado por días frente a un espejo y sabe cuándo debe hacer que todo eso ocurra.

Cinco minutos después le digo al oído que quiero que nos vayamos a casa para hacer el amor. Luego le paso la lengua por la oreja y finalizo con un suave mordisco al lóbulo. Pago la cuenta, y estoy tan contento que decido dejarle propina al mesonero. Él me sonríe y se queda viendo con admiración. O puede ser algo de envidia. Pero no porque desee tener mi vida o mi novia: quiere es mi felicidad.

Y no puedo ayudarlo, la verdad es que no hay secreto. Muchos te dirán que sí, y buscarán venderte libros y te recomendarán frases para que te repitas mientras te enjabonas; otros, te mandarán enlaces con charlas de Ted para que te sientas motivado y le encuentres algo de sentido a la vida. Pero no es así de fácil.

Y nos montamos en el carro, entre risas y algunas metidas de mano. Ella sigue dándome de la magia que ocurre en su cara, y aquí es cuando mi sueño se convierte en pesadilla:

Estamos parados en un semáforo, esperando nuestra luz para atravesar la oscuridad y llegar a casa. De pronto aparecen dos motos a nuestros costados, golpeando con la cacha de una pistola el vidrio de mi lado. Yo bajo el vidrio y les digo que se lleven el celular, pero los parrilleros lo que quieren es montarse con nosotros en el carro y hacernos compañía en nuestra velada. La escena siguiente es que nos tienen en el asiento de atrás, con un cable de red abrazando nuestras manos y piernas. Inmovilizado, solo veo la cara de ella y siento una profunda tristeza. Ella llora y sospecha que estamos jodidos. Y lo estamos, en el sueño nos matan al rato porque llaman a nuestras familias y no se logra reunir ni el 5% de lo que exigen. (más…)