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El otro día me encontré un celular…

Viernes, enero 13th, 2012

No es la primera vez que ocurre. Debuté en el 2008, con un HTC Touch que pedía a gritos ser adoptado por alguien de generoso corazón.

Siempre he estado en contra de estos amables padres adoptivos, considero que integran un cúmulo  de codicia y viveza criolla que contamina a ese modelo de sociedad justa, enteramente racional y perfecta, que sólo es posible en el cerebro de algún tonto idealista. Yo soy un tonto de ésos.

Aunque no, en esa época era más bien un pobre desgraciado que llevaba un año desempleado, con deudas galopantes y un inútil título de licenciado que hacía el ridículo en la gaveta.

No hablaré güevonadas, en mi cerebro desesperado de aquellos tiempos difíciles, logré ver correcto lo incorrecto. Como aquel dilema moral que acorraló a Antonio Ricci en “El ladrón de bicicletas”, que luego de sentenciar el que alguien haya robado su bicicleta (la que representaba su única fuente de ingresos), procedió a racionalizar la situación, decidiendo así robar una bicicleta para poder seguir trabajando.

Yo no montaba bicicleta, ni tampoco vivía en una Italia posguerra, pero vaya que sí andaba pelando bolas como ese jodido protagonista. Así, pues, vi ese HTC huérfano en el piso de un estacionamiento de centro comercial, mirándome con ojos de lamento e incertidumbre por su futuro. Eché un vistazo a mi alrededor y no había nadie preocupado ni con ojos nerviosos por haber perdido un celular que representaba en esa época más de cuatro salarios mínimos. Hice con naturalidad el legendario movimiento cliché de amarrarse las trenzas -que estaban amarradas, cabe señalar-; acto seguido el celular reposaba en mi bolsillo. Caminé apresuradamente, la adrenalina me saboteaba y confirmaba lo novato que era para estas cosas. El dueño comenzó a llamar a su celular, y decenas de repiques con vibraciones causaron una absurda erección que me acompañó en todo el trayecto a mi casa. Al menos eso calmó un poco mi nerviosismo.

Finalmente llegué a casa. Google y Mercadolibre confirmaban mis sospechas: era un celular de cuna de oro, de alta alcurnia, de buena familia; era arrogante y oneroso. En otras palabras, era el elemento que representaba mi aguinaldo en ese lúgubre diciembre de austeridad y fracaso; pero antes tenía que hallar alguna forma de desbloquear el inútil aparato, de lo contrario sería imposible venderlo de forma legal y poco sospechosa.

Luego de varios días, ubiqué un técnico de celulares por Mercadolibre. Me sentí tranquilo, el chamo garantizaba su trabajo, y me aseguró que ya había desbloqueado varias veces ese mismo modelo de HTC. Me cobraría 200 Bs. por el trabajo sucio. Acordamos vernos en el McDonald´s de Parque Carabobo, él se debía llevar el celular dos días para poder trabajar en el desbloqueo. Lo guardó en un bolso en el que reposaban decenas de huérfanos de otras marcas. Ésa fue la última vez que vi al pequeño HTC, el hijo de puta técnico me robó. Más nunca supe de él.

La segunda vez fue en las escaleras del C.C. City Market. Se trataba de un Motorola K1 color negro. Pero en esta ocasión estaba preparado, no me dejaría seducir tan fácilmente, ya el ridículo vivido con el HTC había bastado para reflexionar sobre ciertas cosas. Además, si mi misión en la vida era ser recordado como el güevón que murió de hambre porque nadie quiso darle empleo, pues bienvenido esto, aceptaba con humildad el honorable reconocimiento. (más…)