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Andrea, la anoréxica…

Domingo, abril 3rd, 2011

Nunca me ha atraído la delgadez acentuada en una mujer. Necesito algo de carne, algo de kilos de más. Para mí interactuar carnalmente con una flaca es motivo de preocupación. Siento que se le quebrará un hueso en algún momento. Las veo frágiles, y de manipulación muy delicada. Me ocurre lo mismo cuando cargo a algún escuálido perro: lo elevo en mis brazos para jugar, y de repente, siento el crujir de sus huesos y articulaciones. No me gusta eso, decido regresarlo al piso enseguida por su seguridad y mi tranquilidad.

No malinterpreten mis palabras; he dicho que no me atraen las flacas, pero aclaro que tampoco lo hacen las obesas. Yo no me trago esas falacias lógicas criollas creadas convenientemente por ellas.  No. Eso de “las gordas somos felices” y “en donde hay grasa hay sabor”, pues no me lo creo. A más de una he visto deprimirse porque deben pasar de lado por el torniquete, su culo les impide pasar de otra forma. Otras pasan horas en las paradas, ya que ningún autobús quiere ocupar dos puestos por el precio de uno con semejante tamaño de nalgas.

Muchas de ellas señalan que en su cuerpo hay sabor y guaguancó, pero tengo mis dudas al respecto. En la calle se puede ver cómo estas sabrosuras tropicales se bajan nerviosas las camisas y franelas, escondiendo con recelo a sus condimentadas estrías. Luego, en la intimidad, quieren follar con la luz apagada, y por supuesto, ni se te ocurra tocarles un caucho o pliegue adiposo: te quitarán de inmediato la mano, se sentirán ofendidas y comenzarán a llorar en la oscuridad. Si fuiste cuidadoso y no cometiste imprudencia alguna, pues has llegado triunfalmente al coito. En esta etapa por lo general verás cómo se entregan al abandono en los brazos del colchón. Emularán a una foca y, echadas, sin ninguna consideración e intención de colaborar, aplaudirán y esperarán que tú hagas todo para así ellas poder ahorrar energía y no perder ni una aceitosa caloría. De esta manera, el plato que prometía mucho sabor, se ha quedado frío en la mesa, reinante de insipidez y aburrimiento culinario.

Me gustan las que están en el punto medio, con la cantidad adecuada de manteca. De esas que llaman “rellenitas”. De esas que te piden ayuda para poderse subir completo el jean porque se les trancó a media nalga. Eso me fascina. Ni hablar de los muslos y pantorrillas; esos ligeramente gorditos, carnosos, totalmente lisos. Sí, a esos así me encanta tocarlos; además, son una buena invitación para que  suba mis manos a par de corpulentos y bien alimentados labios vaginales. (más…)