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Mientras vomito…

Sábado, Mayo 5th, 2012

Logro salir del cuarto sin que Elena se levante. Me levanto la franela y la barriga está inflamada, su aspecto da risa. Repito desde hace horas el sabor de unas galletas María que me comí en la tarde en la oficina. Ocho láminas de manteca, para ser preciso. Me acosté sin cenar, con quebranto y escalofríos. Elena sí comió, ella está perfecta. Nos quedamos dormidos alrededor de las 10 p.m.

11:17 p.m. Aquí estoy, con diarrea y náuseas. No sé si permanecer sentado cagando o debería lanzarme una de contorsionista y mantener un pequeño giro al estilo de Regan en sus mejores segundos de El Exorcista. Sé que no puedo orinar y eyacular al mismo tiempo; pero… ¿será que el cuerpo humano es tan absurdo que podría antojarse de cagar y vomitar simultáneamente? No me extrañaría. Si anda con esta actitud infantil por comer unas galletas, pues podría esperar cualquier cosa.

Me siento, me levanto, me siento, me levanto. Es como un baile de merengue solitario. Llevo unas cinco cagadas y la barriga sigue con esta penosa facha. Parezco un jugador de sóftbol criollo, luego de su victoria y digna celebración cervecera.

Uno en estos momentos cae en un extraño retroceso de razonamiento y elaboración de ideas. Es como si el cerebro resultara perjudicado por estas aventuras estomacales. Pienso estupideces, ando más dormido que despierto, en una dura vigilia que espera un vómito inminente. Quiero vomitar, pero soy terrible induciendo esta acción. Recuerdo que justo hace unas horas estaba viendo un episodio de Tabú en Nat Geo, en el que hablaban de la exquisitez culinaria y peligro que representan el comer pez globo. La potente toxina de este pez se conoce como tetrodotoxina. Los japoneses alegan que además del placentero sabor del pez, la adrenalina que acompaña el comerlo es muy gratificante, ya que juegan ligeramente con la muerte. Desde que está reglamentada su preparación varios japoneses se han despedido con ese último gusto, aunque ya en la actualidad el número de muertes ha disminuido considerablemente. Todo depende de la meticulosidad y el conocimiento del chef a la hora de cortarlo, sacar el hígado, los órganos sexuales y el intestino, y raspar muy bien la piel (sitios donde se aloja la toxina). Pero nunca falta un chef agüevoneado que la cague y envenene a los comensales, pues.

Les digo todo esto porque mencionaron el caso de un pescador que se intoxicó con pez globo y enseguida ingirió petróleo, logrando inducir el vómito y salvar su vida. Petróleo, panas, petróleo. ¿Leyeron bien? Yo me intoxico y me enfermo con unas galletas; él salva su vida tomando petróleo. Tomaría petróleo en este momento, pero no me queda en la alacena. (más…)