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Solo quiero gritar su nombre

Sábado, Diciembre 5th, 2015

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Me perseguía. Era como una pesadez en el pecho que me obligaba a no quedarme quieta. Entonces movía la cabeza de un lado a otro, como esquivando algo que se dirigía hacia mí y no terminaba de llegarme a la cara. Las manos me comenzaban a sudar. Era un sudor muy frío. Yo me las secaba pasándolas por el pecho y, haciendo un esfuerzo por actuar de manera natural, me aseguraba de sentir todavía el bulto del celular.

Me lo había traído Samuel, mi muchacho, mi hijo adorado, en la última visita que me había hecho seis meses atrás. «Es inteligente, mamá, de última generación. Te enseñaré a usarlo para que podamos hablar todas las noches por Skype», me dijo, mientras me daba un beso en la frente y se reía al verme volteando el teléfono para investigar en dónde tenía las teclas ese aparato tan grande.  

Y aprendí que estos teléfonos no las tienen; o al menos no como botones. A los tres días Samuel se metió al baño y me mandó a ir a mi cuarto con el teléfono en la mano. El rostro de mi hijo apareció en la mitad de la pantalla, acompañado por un gracioso sonido. Comencé a hablarle pero la música no se callaba y no podía oír nada del otro lado. Entonces Samuel entró y me explicó cómo debía desplazar el dedo en la pantalla para escucharlo. Al tercer intento lo logré. No solo podía oír a mi hijo: lo podía ver; él estaba ahí, al lado de los adornos del baño de la casa. Recuerdo que corrí a abrazarlo mientras gritaba su nombre por todo el pasillo.

—Cuídalo mucho, mami, y mosca con dejarlo por ahí tirado, que esta vaina vale aquí como treinta salarios mínimos —me dijo mi niño al oído, mientras me abrazaba, justo antes de montarse en el taxi para irse a Maiquetía a tomar su vuelo.

Treinta salarios mínimos…, ¿ustedes saben lo que es eso? Yo no entiendo cómo se llegó a esa locura en el país, en serio que no. Y mi Samuel me daba ese bendito aparato…, ¡qué nervios, Dios santo querido!

Mi Ramón, que Dios me lo tenga en la gloria, antes de venir a la cama siempre pegaba la llave detrás de la puerta y la giraba para dejarla descansar a lo horizontal; decía que de esa manera no podrían tumbarla al meter del otro lado alguna herramienta o llave maestra si intentaban meterse a la casa. Nos encantaba estar en casa, nos sentíamos protegidos. Y pues eso hacía. Ya encerrada y viendo que estaba sola en nuestro pequeño hogar, sacaba el celular de mi sostén. (más…)