Divagaciones financieras – Parte I
Jueves, febrero 16th, 2012Hubo una alegre época en la que podía almorzar unas tres veces por semana en la calle. Sí, recuerdo con nostalgia que podía comer en abundancia por solo 40 Bs.; con postre incluido, debo destacar. Días en los que sacaba 100 Bs. del cajero automático y tenía el privilegio de pensar en cuáles cosas los gastaría; días en los que podía pensar en plural. Pero en pocos meses ese almuerzo me costó 70 Bs., sin incluir el postre. Medio año después la cuenta marcaba 90 Bs., y ahí supe que todo se me había ido de las manos. Los almuerzos en la calle quedarían solamente para los días viernes.
Está bien, usemos la racionalización más escuchada en las oficinas: “no, mi pana, yo traigo mi lonchera con comidita de casa porque debo bajar de peso, comer en la calle es dañino, así me dice la jeva”. No, idiota, te diré la verdad: todos traemos esta puta loncherita es porque somos pelabolas y ninguno de nosotros aguanta la mecha de comer todos los días en la calle. Mejor dicho, ninguno de nuestros bolsillos.
Ahora que hablo de comer saludable y dañino, recuerdo a un profesor que tuve en primaria. Él decía algo muy lógico: «la salud es una condición que se tiene o no se tiene; por tanto, resulta estúpido hablar de “mala salud” o “buena salud”». Es decir, que si tomamos a una caraja con obesidad mórbida, es idiota decir que ella goza de mala salud; no tiene salud y punto, está a pocos días de morir por una arteria tapada. En el velorio será difícil que escuches: «qué extraño que todo haya ocurrido tan de repente, amiga; es decir, todos sabemos que ella estaba “mal saludable”, que comía pollo en Arturo’s todos los días; que nadie se la cogía en décadas porque le hacía sentir a los hombres que tenían el pene chiquito al ver que no le llegaban ni a un cuarto de vagina por la barrera adiposa antisexo que le colgaba; que debía cambiar de colchón mensualmente porque jodía hasta los ortopédicos; pero considero que no debía morir así, marica…». ¿Te quedó claro? O estás saludable, o no lo estás. Pero no puedes tener una jodida “mala salud”, porque, definitivamente, eso significa que no tienes salud.
Sigo llevando la loncherita, que cada día cuesta más llevarla de paseo por Petare, Chacao, La Castellana y La California. Sí, es una inútil turista de plástico. Los días viernes decido comer afuera e intoxicarme un poco con los alimentos vencidos que estén disponibles en los locales de la zona. Lo normal, pues.
Siempre me ha resultado incómodo cuando llega la hora de pagar y el mesonero espera una propina. Es como darle propina a un barbero porque no me trasquiló el pelo. Como cuando tenía carro y lo llevaba al autolavado: “pana, te lo dejaré limpiecito pa’ que me lances una bombita”. O como si contratara a una puta, pero aparte de los 1.000 Bs. que me cobró, debo darle propina por la buena mamada que me dio. No tiene sentido esto, yo pago por un servicio que, inherente a él, debe venir el que sea bueno, de calidad; no tiene lógica que pague por algo y luego deba premiar una buena conducta. “Muy bien hecho, Jazmine, no me cortaste el glande con tus frenillos, toma cien bolívares extras por saber ejecutar una correcta mamada”. “Gracias, mi pana, por lavar el carro bien y echarle espumita a los cauchos, mereces una propina de 50 Bs., que se adiciona a lo que ya le pagué a tu jefe por el servicio que deberías prestar con calidad”. ¿O es que acaso pagamos para recibir un mal servicio y estamos supeditados a dar propina para transformarlo en óptimo?
Si pido comida a domicilio, debo dar propina. Si como en un restaurante, debo dar propina. Si voy a la barbería, debo dar propina. Si voy al abasto y meten mis compras en una bolsa, debo dar propina. Si cargan mis maletas en un hotel cuando viajo, debo dar propina. Si pido un vaso de agua en la barra de un restaurante, debo dar propina. Si quiero que alguna diligencia gubernamental salga exitosa en el primer intento, debo dar propina. Vayan a cagar, en serio. Quisiera yo que los clientes me dieran una propina cada vez que joden al teléfono y yo les atiendo bien. Pero no pasa nada. Si atiendo mal, me botan; si atiendo bien, pues ellos no se quejan y entonces gano el derecho de seguir en la empresa. Es simple. (más…)

