Traducción

Como esa persona con carencia de meticulosidad, pero con un gran exceso de confianza en los demás. Siempre ha querido saber cómo se escribe su nombre en chino. Dice que se ve agradable, interesante, misterioso, y un tanto espiritual. Un día, en un restaurante chino con registro de sanidad de dudosa autenticidad, abrazaba con sus dedos grasientos a una lumpia sudada y desnuda, y repentinamente recordó esta inquietud que lo ha acompañado por años. Decide llamar al mesonero, que estaba aterrizando un moco en la parte externa del bolsillo de su pantalón. Con gran emoción y ansiedad comparte la trivial duda con su recién contratado asesor en escritura asiática; éste, entrecierra más todavía sus entrecerrados ojos, viendo en silencio a los comensales. Al cabo de un minuto asiente con la cabeza, saca un bolígrafo y agarra una servilleta de la mesa.

Un mes después, la persona lucirá con orgullo su nuevo tatuaje inmortalizado en el antebrazo izquierdo. Ahora tiene ínfulas de monje Shaolin caraqueño, es comprensible, su autoestima ha sido reforzada por unos cuantos trazos de tinta. Tiene ese toque de misterio, y a las mujeres les encanta absurdamente ese peo, si no escondes nada o no tienes adicciones, entonces eres un perdedor, un gallo. Desde ese día sus estadísticas se dispararon, nunca la sábana de su cama había olido tanto a vagina y sudor de nalgas desgastadas.

Al poco tiempo comienza a percatarse de algo: los chinos que lo ven en la calle lo miran burlonamente, mientras cuchichean entre ellos. Él no se deja montar la pata así, y menos creyéndose karateca con su nuevo tatuaje: los empuja y les pregunta el motivo de la risa. En todas esas ocasiones probó el sabor del piso, nunca obtuvo una respuesta verbal. No importa si un asiático es flacuchento, déjalo tranquilo, todos saben pelear alguna vaina con nombre confuso, y eso es algo que nos ha enseñado claramente el cine.

Un día apareció un traidor, un chino que decidió romper el silencio. Uno de pocos que se empatucó con el criollismo venezolano y fue absorbido por el lado oscuro de los burdeles y las putas universitarias con culos grandes y tetas con sabor. El chino le tendió la mano, lo levantó del piso, y mirándolo con compasión, le señaló que su tatuaje decía “Putita de los chinos”.

La persona se lo operará, intentando borrar todo rastro de ese farsante anuncio, profesión impuesta que él nunca ha ejercido. Como la mala leche es su compañera eterna, luego de quitarse las vendas se enterará que formó una cicatriz queloide, dejando al descubierto las misma líneas del tatuaje, pero esta vez con una rosada cicatriz, en vez de tinta, y trayendo un claro mensaje divino y milenario: su destino es ser la mejor puta para nuestros inmigrantes asiáticos.

Desde ese día no ha vuelto a confiar más en un chino. Manifiesta que son una cultura demasiada hermética, como un Tupperware; también peculiar, como esas ventas a domicilio de pantaletas con orine de niñas asiáticas, y viejos que se masturban mientras las huelen con desesperación. Lo importante es que nunca es tarde para cambiar de oficio; tampoco necesario confiar en el que te vaya a coger.

Gabriel Núñez

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