Divagaciones financieras

Hubo una alegre época en la que podía almorzar unas tres veces por semana en la calle. Sí, recuerdo con nostalgia que podía comer en abundancia por solo 40 Bs.; con postre incluido, debo destacar. Días en los que sacaba 100 Bs. del cajero automático y tenía el privilegio de pensar en cuáles cosas los gastaría; días en los que podía pensar en plural. Pero en pocos meses ese almuerzo me costó 70 Bs., sin incluir el postre. Medio año después la cuenta marcaba 90 Bs., y ahí supe que todo se me había ido de las manos. Los almuerzos en la calle quedarían solamente para los días viernes.

Está bien, usemos la racionalización más escuchada en las oficinas: “no, mi pana, yo traigo mi lonchera con comidita de casa porque debo bajar de peso, comer en la calle es dañino, así me dice la jeva”. No, idiota, te diré la verdad: todos traemos esta puta loncherita es porque somos pelabolas y ninguno de nosotros aguanta la mecha de comer todos los días en la calle. Mejor dicho, ninguno de nuestros bolsillos.

Ahora que hablo de comer saludable y dañino, recuerdo a un profesor que tuve en primaria. Él decía algo muy lógico: «la salud es una condición que se tiene o no se tiene; por tanto, resulta estúpido hablar de “mala salud” o “buena salud”». Es decir, que si tomamos a una caraja con obesidad mórbida, es idiota decir que ella goza de mala salud; no tiene salud y punto, está a pocos días de morir por una arteria tapada. En el velorio será difícil que escuches: «qué extraño que todo haya ocurrido tan de repente, amiga; es decir, todos sabemos que ella estaba “mal saludable”, que comía pollo en Arturo’s todos los días; que nadie se la cogía en décadas porque le hacía sentir a los hombres que tenían el pene chiquito al ver que no le llegaban ni a un cuarto de vagina por la barrera adiposa antisexo que le colgaba; que debía cambiar de colchón mensualmente porque jodía hasta los ortopédicos; pero considero que no debía morir así, marica…». ¿Te quedó claro? O estás saludable, o no lo estás. Pero no puedes tener una jodida “mala salud”, porque, definitivamente, eso significa que no tienes salud.

Sigo llevando la loncherita, que cada día cuesta más llevarla de paseo por Petare, Chacao, La Castellana y La California. Sí, es una inútil turista de plástico. Los días viernes decido comer afuera e intoxicarme un poco con los alimentos vencidos que estén disponibles en los locales de la zona. Lo normal, pues.

Siempre me ha resultado incómodo cuando llega la hora de pagar y el mesonero espera una propina. Es como darle propina a un barbero porque no me trasquiló el pelo. Como cuando tenía carro y lo llevaba al autolavado: “pana, te lo dejaré limpiecito pa’ que me lances una bombita”. O como si contratara a una puta, pero aparte de los 1.000 Bs. que me cobró, debo darle propina por la buena mamada que me dio. No tiene sentido esto, yo pago por un servicio que, inherente a él, debe venir el que sea bueno, de calidad; no tiene lógica que pague por algo y luego deba premiar una buena conducta. “Muy bien hecho, Jazmine, no me cortaste el glande con tus frenillos, toma cien bolívares extras por saber ejecutar una correcta mamada”. “Gracias, mi pana, por lavar el carro bien y echarle espumita a los cauchos, mereces una propina de 50 Bs., que se adiciona a lo que ya le pagué a tu jefe por el servicio que deberías prestar con calidad”.  ¿O es que acaso pagamos para recibir un mal servicio y estamos supeditados a dar propina para transformarlo en óptimo?

Si pido comida a domicilio, debo dar propina. Si como en un restaurante, debo dar propina. Si voy a la barbería, debo dar propina. Si voy al abasto y meten mis compras en una bolsa, debo dar propina. Si cargan mis maletas en un hotel cuando viajo, debo dar propina. Si pido un vaso de agua en la barra de un restaurante, debo dar propina. Si quiero que alguna diligencia gubernamental salga exitosa en el primer intento, debo dar propina. Vayan a cagar, en serio. Quisiera yo que los clientes me dieran una propina cada vez que joden al teléfono y yo les atiendo bien. Pero no pasa nada. Si atiendo mal, me botan; si atiendo bien, pues ellos no se quejan y entonces gano el derecho de seguir en la empresa. Es simple.

Este es el mundo al revés, no hay duda. “Dame plata y te atiendo excelente la próxima vez que vuelvas; no me des un coño y me masturbaré en tu comida”. En algunos pocos países la propina es una ofensa, ya que consideran que basta con que pagues tu cuenta; el buen servicio y atención es obligación de ellos y no permiten que envicies y dañes con dinero a los empleados para que sean atentos. En el resto del mundo, pues es una herramienta excelente para abaratar los costos de sueldos del personal: te pago sueldo mínimo, pero lo que hagas en propinas es tuyo. No te pago un coño, pero te doy el derecho de quedarte con todas las suculentas propinas. Te pago un sueldo superior al mínimo, ya que le clavo una propina obligada de 10% a los comensales en la cuenta, y adicionalmente te doy el derecho de quedarte con la propina voluntaria que te dejen.

Así que me obligan a ser un comensal errante de los viernes: termino mi comida, pago la cuenta, no dejo propina y huyo. No sé, me parece lo más correcto; la carga del empleado es del dueño del local, no mía. De lo contrario, ¿cuánto me costaría realmente el almuerzo? ¿Cuánto me costaría la mamada casual de la puta con frenillos? ¿Cuánto costaría lavar un carro en el autolavado? Con el corte de cabello sí estoy jodido, no quisiera agotar las barberías de Caracas y terminar en algún antro en el que me corten las patillas con un cuchillo de cocina.

Ser mesonero de un restaurante bueno siempre será más productivo que trabajar en una oficina, sentado al frente de una computadora, con una hoja de Excel abierta. Y es que tenemos ese concepto erróneo del encorbatado hombre de negocios que le da órdenes a un pobre mesonero esclavo que no tuvo oportunidades en la vida y sufre mucho. Nada más alejado de la realidad, pues en casi la totalidad de los casos, el verdadero hombre de negocios resulta ser el mesonero. Ya quisiera yo producir en un día lo que ellos producen.

He visto propinas de hasta 500 Bs. en El Alazán, restaurante ubicado en La Castellana. Es que por suerte para los mesoneros, no todos los comensales son tan calculadores, observadores y miserables como yo. Más bien en ese momento crucial, en el que la cuenta reposa sobre la mesa, se despierta una pequeña neurosis machista ególatra. No quieres quedar ante tu fémina y amigos empresarios como un limpio y tacaño que no es capaz de dejar una humilde propina a un inocente mesonero; así que soltarás unos buenos billetes para que tus acompañantes se sorprendan de tu supuesto éxito. Y si perteneces a esos “nuevos ricos” que se la pasan con la cara roja vasodilatada de tanto jalar caña, pues la situación favorecerá más todavía al subestimado empleado. Por suerte, mi novia sabe muy bien que soy un hijo de puta; por suerte, mis pocos amigos son igual de miserables y pelabolas que yo. Y no soy nuevo rico, más bien soy viejo pobre. Soy limpio desde 1983.

No sé ustedes, pero yo esos 500 Bs. no los hago ni siquiera en tres días de trabajo. Y tomo 500 Bs. para no ser tan severo conmigo en esta humillación pública. Supongamos que el mesonero atiende veinte mesas en un día, y digamos que solamente le dejan 70 Bs. por mesa. Multipliquen… Deprimente el resultado, ¿no?

Esto me invita a reconsiderar mi proyecto de vida -si es que tengo algún proyecto-. También corrobora que mi título de licenciado es el objeto más inútil jamás creado por el hombre. Bueno, realmente no es el único; no debo dejar por fuera a todos esos títulos ociosos venezolanos abandonados en gavetas, mientras que sus dueños conducen taxis y ven cómo aplican la ingeniería, arquitectura, contaduría y derecho en las carreritas que hacen a diario. Mi solidaridad con ellos… y mi admiración también. Lanzarse cinco años de estudios universitarios, ejercer y ver cómo el sueldo se escurre entre los dedos, para luego renunciar y pasarte por el orto el implacable juicio que te hará tu familia, merece mi respeto. Pero es que los entiendo perfectamente, manejando un taxi pueden sacar hasta cinco veces el sueldo que le pagaban en la reconocida empresa que dejaron. Aunque no alcanzan todavía a las ganancias de los mesoneros. Mal por ellos.

Otro oficio que es un tiro al piso es ser camionetero por puesto. Tengo un conocido que su padre tiene una unidad, la cual le produce diariamente 1.200 Bs. Un chofer de camioneta gana más que tres gerentes juntos de la empresa en la que trabajo. Lo malo es que sus pulmones no sirven para una mierda luego, la gasolina y el smog se encargan diligentemente de ello. Además, con el malandraje y tráfico del país, para conducir una, debes ser un hijo de puta al volante. Si quieres hacer plata no debes tener respeto por leyes ni vida humana alguna. Es jodido.

Hablando de putas, si eres mujer y estás cansada de ese sueldito paupérrimo que te paga la empresa de la cual eres esclava, esta información es para ti: una puta barata independiente de sexycaracas.com, cobra 800 Bs. la hora. Supongamos que es una puta floja y perezosa, y únicamente le interesa echar tres polvos al día. Los fines de semana quiere librarlos y así hacerse las uñas acrílicas y compartir con su novio serio y estable; el legal, el Juan Chichero, el que batirá la chicha de media población masculina del país. Daría un total de quince polvos a la semana, sesenta al mes: 48.000 Bs., dinero contante y sonante. Lo estás pensando, ¿no? Tranquila, tómate tu tiempo, todavía le queda vida útil a tu cuerpo; solo es cuestión de decidirte y ponerlo a facturar.

Al final, todos los caminos se encuentran y nos escupen una clara conclusión: todas las mujeres que están pasando roncha deben considerar meterse a putas independientes; y nosotros, los hombres, debemos ser mesoneros de algún buen restaurante. Ahí está la plata, hay que dejarse de pendejadas e ilusiones de títulos universitarios rimbombantes.

Gabriel Núñez

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