Te extraño, Teresa

Coño, amor, han sido semanas difíciles sin ti, no me hagas esta mierda. Ni siquiera sé preparar pasta, he rebajado veinte kilos. Sí, soy un inútil, lo acepto, pero creo que luego de ocho años de casados merezco al menos que me escuches. Todo lo que ocurrió en esa cena en casa de tu abuela tiene una explicación, pienso que podemos arreglarnos y ser felices como antes. Tú también la has cagado conmigo, y yo me he hecho la vista gorda. Seguro estás sorprendida, haciéndote la mosquita muerta. Pues quita la cara de pendeja, sé que tú también me has jodido. No me olvido de esa noche que saliste con las puticas de tus amiguitas: llegaste borracha y hedionda a desinfectante de motel. Casi inconsciente de tanto alcohol te llevé hasta la cama, te quité la ropa y te dejé desnuda, mientras te olfateaba todo el cuerpo, siendo una suerte de perro sabueso. Olías a motelito barato, de eso estaba seguro. Y es que hasta para montarme los cuernos eras tacaña y torpe. No quise quedarme con conjeturas solamente, tenía que comprobar tu vagabundería. Me lo saqué, y lanzando un escupitajo en tu vagina, procedí a meterlo sabiendo que encontraría la prueba del delito. Como si fuese una pala, me dediqué a excavar en tu hoyo adulterado y maloliente, cuidándome de acabar, enfocándome en mi labor de detective. Y encontré la prueba: al sacar mi pene, su cabeza vino empegostada del semen del infeliz que te había cogido luego de esa noche de tragos. Lo agarré y lo guardé en un frasquito, aquí lo tengo, por si tienes dudas. Sabes bien que eso no ocurrió una sola vez. No, aquí tengo escondidos tantos frasquitos que pudiese jugar a ser un boticario del semen.

Sí, gran vaina, me encontraste follándome a tu abuela. Más bien tu madre y tú deberían darme las gracias, inmenso favor que le hice a esa vieja, a la pobre los ojos se le volteaban con cada estocada que le daba. Tu abuelo debió haber sido no sólo mocho del brazo izquierdo, también del pene, porque esa concha arrugada llevaba como dos décadas en huelga de hambre, ella misma me lo dijo. Considéralo como un detalle que le regalo a tu abuelita, una atención, de ésas que me reclamabas no tener nunca con nadie de tu familia.

¿Que si me gustan las viejas? Pues no. No me gustan, y si es tu abuela mucho menos. Ya la tiene seca, y fría también. Se lo puedes meter cien veces y es incapaz de entrar en calor la muy idiota. Pero no todo es malo, al César lo que es del César: su boca es tremenda arma; su lengua, una alfombra con “Welcome” escrito, recibiendo con suavidad y ligereza al pene que se atreva a pisarla. Y eso fue lo que ocurrió, ¿qué quieres que te diga?  Eres mala con el sexo oral, Teresa, muy mala. Raspas la cabeza del pene con tus dientes, tienes una torpeza bucal impresionante. Te lo repetí cientos de veces: “amor, cuidado con los dientes, la cabeza es delicada”, pero tú ni media bola le paraste a mis consejos. ¿Qué coño tiene de complicado entender que la cabeza del pene reúne innumerables terminaciones nerviosas y eso lo hace jodidamente sensible? ¿Te lo debo escribir en una pizarra acrílica acaso? ¿Voy comprando los marcadores?

Tú te lo buscaste, Teresa, lo siento. Esa noche yo salía del baño, estaba orinando ese coñazo de cerveza que me había bebido contigo luego de cenar. Al pasar por la habitación de tu abuela la sorprendí desnuda, poniéndose una bata para echarse a dormir. Ella se dio cuenta, tapándose enseguida los conatos de tetas que le colgaban. Le dije que lo sentía, que no diría nada. Ella peló los ojos y tan sólo dijo: “si no dirás nada, entonces cierra la boca y pasa”.

La vieja era lista, sabía que si comenzaba abriéndome las piernas y dejándose follar, yo huiría despavorido. Así que me bajó los pantalones y me empujó a la cama. Acto seguido se sacó la plancha de su boca, quedando totalmente desdentada y con un hilo de baba guindando. Me dio asco, te confieso, pero he aprendido que uno debe darle siempre una oportunidad al prójimo, así como yo te la di cuando saqué cientos de litros de semen de tus paredes vaginales.

Sólo cerré los ojos y dejé que las huesudas manos arrugadas de tu abuela demostraran que las jodidas canas sirven para algo; que me enseñara cómo es un mamerto chapado a la antigua, cómo es un sexo oral de la Caracas de ayer, en televisión blanco y negro. Las encías desnudas proporcionaban un cosquilleo de proporciones bíblicas en mi pene; además, creo que el Parkinson de la doñita ayudó a una acertada estimulación manual mientras se devoraba mi pedazo. Luego vino la pesadilla de penetrarla, pero no me quejo, de alguna forma le pagaría la buena cepillada de dientes que se dio con mi pene; o mejor dicho, cepillada de encías. Un favor se paga con otro favor.

Así fue como resultó que tu abuelita servía para algo más que para hacer crucigramas de periódicos y ver “Aló Ciudadano”. Creo que estamos a mano, corazón, perdono tus infidelidades, y pienso que deberías perdonar esta pequeña aventurilla con tu abuela, al fin y al cabo, te amo y lo sabes bien.

Si no deseas perdonarme, no hagas mucho lío de ello: por aquí tengo anotado el número de tu abuela.

Besos, Teresa.

Gabriel Núñez

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