Solo quiero gritar su nombre

mayo 24th, 2019

Me perseguía. Era como una pesadez en el pecho que me obligaba a no quedarme quieta. Entonces movía la cabeza de un lado a otro, como esquivando algo que se dirigía hacia mí y no terminaba de llegarme a la cara. Las manos me comenzaban a sudar. Era un sudor muy frío. Yo me las secaba pasándolas por el pecho y, haciendo un esfuerzo por actuar de manera natural, me aseguraba de sentir todavía el bulto del celular.

Me lo había traído Samuel, mi muchacho, mi hijo adorado, en la última visita que me había hecho seis meses atrás. «Es inteligente, mamá, de última generación. Te enseñaré a usarlo para que podamos hablar todas las noches por Skype», me dijo, mientras me daba un beso en la frente y se reía al verme volteando el teléfono para investigar en dónde tenía las teclas ese aparato tan grande.  

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La vida no es así de fácil

mayo 24th, 2019

Raúl estaba en lo cierto: el patio del salón de fiesta era un charco de sangre en el que se confundían las prendas de Daniela y sus órganos blandos. La vaina era un completo desastre, y el calor de mierda de ese mediodía lo hacía aún más desagradable.

Él sabía de mi historia con ella, así que en el mensaje me advirtió que ni por el carajo fuese a asomar mi cabeza por ese lado de la cuadra, ya que todas las amigas de ella estaban conglomeradas en la puerta del edificio y ya mi nombre había sido traído a colación.

Y no es mi culpa, en serio.

Aquella noche nos estábamos colando en una fiesta en La Urbina. Yo me encontraba un tanto borracho y, apenas entré, un rostro que nunca había visto me agarró del brazo y me dijo que pasaría la noche bailando conmigo. Peor borrachera debió haber sido la de ella, de tan solo pensar que yo era capaz de bailar más de dos canciones seguidas.

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Lo que pude aportar

mayo 24th, 2019

Ése es el título de mi libro.

En él cuento, sin reserva alguna, todo lo que he vivido desde que me fui de Venezuela.

Comencé a escribir su primer capítulo esa primera noche que pasé en Londres, mientras lloraba recordando el estado en el cual había dejado a mis padres en el aeropuerto. Me propuse cargar siempre encima un pequeño bloc de notas para no perder registro alguno. Las efímeras alegrías, las largas tristezas. La calma, la plenitud; el caos, la desesperación. Todo sería llevado al papel.

Al cabo de dos años me parecía que estaba creando una detallada y completa bitácora personal; y, sin quererlo, mis apuntes respondían a reiteradas dudas de personas que deseaban emigrar, así que mis anotaciones mostraban cierto potencial de guía práctica para cualquier emigrante.

Pero luego decidí que el libro no iba a ver la luz jamás.

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Ella está divina

mayo 24th, 2019

I

—Siento que a veces exageras y eres como un niño que sólo quiere atención —dijo Emilia, al tiempo que me bajaba el cierre del pantalón y escarbaba entre mis bolas para dar con mi pene—. Lo tienes todo, gordo, no puedes ser tan descarado: carro, apartamento, eres ingeniero, tienes dinero por coñazo, un buen trabajo. En cambio otras nos partimos el culo puteando para tener al menos un cuarto de lo que tú tienes, llegando de madrugada, llenas de…

—¿Estás viendo, Emilia? A ella no la nombras. ¿No es que lo tengo todo, pues?

—Aquí vienes de nuevo… Está bien, Carlos, no es tan bonita como antes, no te la coges como antes, y no estás enamorado como antes; pero, coño, ¿no vienes y tiras conmigo cada vez que te da la gana?

—¿Y es que acaso eso es lo que yo quería que ocurriese? —respondí, mientras me amasaba las sienes y la miraba sin simpatía.

Realmente nunca fui un hombre de putas. Solía ir a batitubos al menos una vez al mes con mi mejor amigo, pero sólo cuando me encontraba soltero. No sé, me relajaba tomar un buen ron teniendo una buena hembra que me meneara a centímetros su sexo, arrojándome a la cara el olor a talco y perfume barato de bebé de sus nalgas y tetas. Pero nunca les acepté la invitación a un baile privado; menos a echarles un polvo. Luego, si estaba en alguna relación, suspendía estas salidas o tentaciones.

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Un hombre. Un mango. Un perro

mayo 24th, 2019

─Carlos, con todo el dolor de mi alma, debo pedirte que me entregues tu carné y uniforme.

Así fue como me recibió en su oficina. No dormí nada la noche anterior. Ya tenía más de doce horas echado en la cama viendo el techo, repitiendo en mi cabeza todo lo que ocurrió. Pero desde hace años soy un tipo de metas, de objetivos, de visualizaciones. De otra forma no funciono. Así que no iba a rendirme por un altercado que posiblemente me estaba haciendo ver todo de una manera dramática y exagerada. Me dejé de mariqueras y tomé una ducha. Debía verlo como un día de trabajo cualquiera. Me puse la ropa y salí a cumplir mi turno que comenzaba a media tarde. Al llegar me dijeron que debía pasar por su oficina.

─No me haga eso, jefe. Se lo suplico, usted me conoce muy bien, sabe que…

─Carlos. Me duele hacer esto ─dijo mientras se rascaba la barba─, estoy consciente de que eres uno de los mejores recursos de la organización; pero quiero que entiendas que hago esto para protegerte. ¿O es que acaso quieres ir preso? ¿Cómo coño de la madre se te ocurre venir a trabajar? Tengo a toda la policía metiendo sus malditas narices en esta mierda desde ayer, oliéndome los peos. Lo más conveniente para ti y la organización es que te saquemos del mapa. Huye de la ciudad, yo diré que no sabemos nada de ti.

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Deseos

mayo 24th, 2019

I

Nuevamente el frío del piso era el colchón en el que amanecían las nalgas desnudas de Laura.

Desorientada, y con un fuerte dolor de cabeza, se puso boca abajo y comenzó a arrastrarse por el piso de su habitación. Intentó ponerse de pie, pero esta difícil maniobra para un organismo como el de ella tan sólo la hizo vomitarse encima. Luego de cinco minutos de insistencia, logró finalmente incorporarse a su desaliñada cama.

Era un despertar típico de día viernes, que confirmaba claramente a las compañeras de cuarto de Laura que ésta volvió a sus andanzas preferidas de los jueves, en los que regresaba casi sin ropa, muy hedionda a sexo, drogada, con unos peculiares pegostes en su larga cabellera negra, formados por semen que su cliente más poderoso le había obsequiado al acabar sobre el cabello.

─Laura, amiga… ¿Saldrás a desayunar? ─preguntaba alguien al otro lado de la puerta.

─No, marica, por Dios, ya puedo oler ese cochino pescado que andan preparando.

─Ok, amiga, avísanos si necesitas algo.

“Ojalá estas taradas no comieran pescado todas las mañanas” ─se dijo, mientras pasaba una almohada por su boca y sus senos, retirando así el vómito que comenzaba a secarse sobre su demacrada piel blanca.

Laura extendió su mano, recogiendo de un extremo de la cama una pantaleta roja que protegía entre sus fibras toda la ganancia de su noche de arduo trabajo. Finalmente una sonrisa se formaba en su rostro, al tiempo que tomaba todo el dinero y lo metía bajo su colchón infestado de ácaros. Se sentó en el borde de la cama, agarró su laptop y la puso en sus piernas. Tomó una sábana que tenía días sin ser tomada en cuenta, para luego vaciar el contenido aguado de su nariz en ella.

De nuevo Laura era asaltada por sus recuerdos, en los que llovían imágenes de polvorientos momentos en Caracas, donde logró ser totalmente feliz con sus amigos y familiares. Esta felicidad comenzó a extinguirse desde el momento en que Laura cumplió su sueño de hacerse abogada, egresando summa cum laude de la Universidad Central de Venezuela. No sirvió de mucho la honorable distinción, ya que tardó casi un año en conseguir empleo. Optimista, luchadora y profeta de la racionalizadora frase “El tiempo de Dios es perfecto”, asistía a su trabajo con la mejor disposición, a fin de cuentas, ella sabía que en poco tiempo comenzaría a ascender y ganar lo que merecía por sus conocimientos. Se equivocó, dos años después seguía ganando lo mismo, un poco más de salario mínimo.

Laura se autoflagelaba en las noches, viendo en Facebook como todos sus compañeros de universidad exponían sus fotos empapadas de playas, discotecas, entornos europeos, ropa de marca, buen gusto y prestigio. Hasta el peor estudiante del salón había conseguido un buen puesto en una empresa reconocida. Laura comenzó a ser absorbida por la envidia, el resentimiento, el odio, la infelicidad. Cerró su cuenta en la red social; también cambió su número celular.

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Te extraño, Teresa

mayo 24th, 2019

Coño, amor, han sido semanas difíciles sin ti, no me hagas esta mierda. Ni siquiera sé preparar pasta, he rebajado veinte kilos. Sí, soy un inútil, lo acepto, pero creo que luego de ocho años de casados merezco al menos que me escuches. Todo lo que ocurrió en esa cena en casa de tu abuela tiene una explicación, pienso que podemos arreglarnos y ser felices como antes. Tú también la has cagado conmigo, y yo me he hecho la vista gorda. Seguro estás sorprendida, haciéndote la mosquita muerta. Pues quita la cara de pendeja, sé que tú también me has jodido. No me olvido de esa noche que saliste con las puticas de tus amiguitas: llegaste borracha y hedionda a desinfectante de motel. Casi inconsciente de tanto alcohol te llevé hasta la cama, te quité la ropa y te dejé desnuda, mientras te olfateaba todo el cuerpo, siendo una suerte de perro sabueso. Olías a motelito barato, de eso estaba seguro. Y es que hasta para montarme los cuernos eras tacaña y torpe. No quise quedarme con conjeturas solamente, tenía que comprobar tu vagabundería. Me lo saqué, y lanzando un escupitajo en tu vagina, procedí a meterlo sabiendo que encontraría la prueba del delito. Como si fuese una pala, me dediqué a excavar en tu hoyo adulterado y maloliente, cuidándome de acabar, enfocándome en mi labor de detective. Y encontré la prueba: al sacar mi pene, su cabeza vino empegostada del semen del infeliz que te había cogido luego de esa noche de tragos. Lo agarré y lo guardé en un frasquito, aquí lo tengo, por si tienes dudas. Sabes bien que eso no ocurrió una sola vez. No, aquí tengo escondidos tantos frasquitos que pudiese jugar a ser un boticario del semen.

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Quiero copular con tu cerebro

mayo 24th, 2019

Luego de pasar los mejores meses de mi vida a tu lado, quisiera hacerte una confesión. Sé que no es factible lo que planteo en la misma, pero al menos te comunico mi anhelo: quiero copular con tu cerebro.

Me he enamorado de tu cerebro. He sido seducido por tu inteligencia. Tu pensamiento me ha demostrado lo que es estar realmente atraído a una mujer. Puedes engordar si te da la gana. Adorna con estrías tus nalgas, cubre de celulitis tus piernas, conviértete en una foca marina; todo eso me importa un carajo ya, igual seguiré adicto a ti.

Quiero dejar de masturbarme imaginando cuántas conexiones sinápticas tienes. No quiero más de eso, debo pasar a la acción. Primero, recorreré con mis dedos tus circunvoluciones cerebrales; esperaré a que esté bien lubricado con tus neurotransmisores, ya que, no quiero que sienta dolor alguno. Luego, tomaré el cerebro entre mis manos, y dando intensos besos al lóbulo frontal pretendo ir conociendo tus componentes conductuales y emocionales, soportando agradables descargas eléctricas en mi lengua de tus actividades sinápticas. Al mismo tiempo, iré acariciando con mis dedos tu lóbulo occipital, como si de tu abundante cabellera se tratase. Haré trampa, de vez en cuando abriré un ojo para admirar la belleza de todo el encéfalo respondiendo ante mis traviesos estímulos.

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101 cosas que debes hacer en Venezuela antes de morir

mayo 24th, 2019

Para nadie es un secreto que Venezuela fue bendecida de una riqueza y majestuosidad única. Como habitantes, lo tenemos presente; pero muchas veces son tantas las opciones y hermosas vivencias que este bello país está dispuesto a regalarte, que a veces, hasta teniendo toda una vida viviendo en él desconoces muchos nuevos y especiales momentos que están a tu entera disposición. Hoy, nosotros, Gabriel Núñez y Luis Acuña, queremos regalarte una valiosa guía para que disfrutes lo mejor que tiene Venezuela preparado para ti.

¿Aceptas el reto? ¡Pues atrévete a cumplir esta guía y compartirla con tus amigos! ¡Qué viva Venezuela!

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No tenemos Juez Dredd

mayo 24th, 2019

Tengo una teoría dantesca y pesimista sobre el futuro del país: Venezuela es líder Maltín en embarazo adolescente. Estos embarazos son mayoría aplastante en pequeñinas de pocos recursos y con poca educación, que fueron llenadas de amor en algún matiné de changa tuki o en alguna esquina oscura cercana a la cantina del liceo. El problema viene con el entorno en el que ese desafortunado ser vendrá al mundo: leche materna con sabor a ron, almohada de cocaína, eructos de anís del papá y par de pistolas escondidas debajo de la cuna. Escorias adolescentes que juegan a ser padres.

Y entonces viene la escena escalofriante, en la que todas las personas de bien serán arrinconadas: cientos de miles terminan emigrando, tan sólo buscando poder resguardar la vida propia y la de su familia; todos los demás que deciden quedarse son exterminados sistemáticamente, sin importar ninguna pendejada política. Esto no es nuevo, ya esto ocurre. El peo es que estas nuevas camadas vienen con todo, ya dispuestas a los 11 años a perseguir sus sueños, comprar armas a los policías y ser los más guapos del barrio. No hay ningún ápice de piedad, se tocan el mostachito amarillo y matan así sea por un celular Huawei. Serán mayoría, acéptalo. Dominarán todo el territorio y no te quedará otra opción que vivir en cautiverio para bajar las probabilidades de tu asesinato. Ya el número de muertos que llevan a los doce años es similar al número de carajitas que se cogen sin protección alguna. Son conejos malandros que tiran y se multiplican sin conciencia alguna. Se repite el jodido ciclo. Pequeñas llagas que en este mismo momento están recibiendo su primera pistola y ya salivan por matar al primer pendejo que lleve un iPhone en la calle.

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